miércoles, 13 de junio de 2018

A Decalogue

Baila.

Baila a pesar de las coladas pendientes y los platos sin lavar.

Baila aunque te pesen los brazos y se te enreden las piernas.

Baila descalza y con el pelo revuelto, a tumba abierta y a pecho descubierto.

Baila con aquellos que comparten tu sofá y tus lágrimas, con quienes te cuidan cuando te rompes, con quienes te llevan a ver el mar. Baila con quien te echa de menos; con quien no te deja marchar sin presentar batalla.

Baila, sin parar, hasta que el dolor de pies no te permita distinguir el de las heridas. Baila hasta que dentro queden solamente sonrisas.

Baila, que en el polvo trazarás nuevas rutas repletas de arabescos.

Baila incluso en el silencio que precede a la siguiente canción.

Baila, porque cuando se baila no hay tiempo para el rencor.

Baila, porque bailar ya te salvó una vez.



martes, 22 de mayo de 2018

Aut tace aut loquere meliora silentio


En ocasiones las palabras se vuelven densas, pesadas, fangosas. Se acumulan cual incómoda mucosidad en el fondo del pecho, avanzando y retrocediendo por la laringe como una marea que quisiera desbordarse. Su propio espesor las arrastra hacia las profundidades del alma y las apila, una tras otra, hasta formar un coágulo ponzoñoso que interrumpe el flujo semántico. Las palabras, entonces, se solidifican.

Y llega el silencio.

No es un silencio amable, de esos nacidos del mutuo entendimiento más allá del lenguaje. No es tampoco un silencio elegido libremente en el que perderse tranquilamente con un libro una tarde de domingo. Es un silencio que se adhiere a las cuerdas vocales y al paladar, sibilino y sañudo en su persecución de la afonía. Es un silencio ácido que horada las entrañas.

El silencio llega, y engulle todo en su hipoacusia. Los sonidos se amortiguan, la vida se aleja, hasta que solo queda un vacío interior inmenso y abrumador, surcado de estalactitas y estalagmitas punzantes que lastiman al moverse. Palabras roncas y graves gotean pegajosas por las paredes y se deslizan por el suelo viscoso sin producir ningún ruido. Conversaciones enteras se desgranan y entrelazan las unas con las otras sin llegar jamás a ninguna conclusión. No hay cavidades ni huecos por los que escapar.

Es posible asfixiarse sin dejar de respirar. Basta con que las palabras se multipliquen exponencialmente y sin freno, como las burbujas de una pastilla efervescente, hasta que no quede espacio para nada más: solamente ellas y una muda prisión de desesperanza y soledad.

Palabras que matan.

Literalmente.

martes, 19 de septiembre de 2017

Putting the kettle on

Había cuarenta minutos de caminata entre el punto de Brick Lane en el que se separó de sus amigos y el hogar de sus antiguos compañeros de piso. Cruzó Commercial Street, bordeó Spitalfields Market y enseguida llegó a Bishopsgate. Como cada sábado, las calles en torno a Liverpool Street bullían de gente.
Conforme avanzaba por el pavimento en dirección al río empezó a reparar en que su comportamiento no era el de siempre. Miraba a derecha e izquierda con más frecuencia de la habitual y se fijaba con mayor detenimiento en las personas que se paraban a su lado en los pasos de peatones. Bajando Leadenhall se planteó cruzar a la acera de la derecha porque así vería de frente a los coches que se aproximasen, pero se resistió a hacerlo. En un par de ocasiones calculó visualmente la trayectoria de camiones y furgonetas para instantáneamente reprenderse por su conducta. Por extraño que suene, era mucho más consciente que otras veces de que tenía una espalda.
Al llegar a London Bridge notó rápidamente la presencia de las barreras de contención a ambos lados de la calzada. Más allá, frente al acceso a Borough Market, había parejas de policías apostadas en cada esquina, enfundadas en chalecos reflectantes de color amarillo. En uno de los cruces se detuvo deliberadamente lo más lejos posible del ángulo de la encrucijada, y le pareció que el semáforo tardaba una eternidad en ponerse en verde. Un poco más adelante se cruzó con dos hombres andando en dirección contraria, uno de los cuales la decía al otro, en español y en referencia a las lecheras estacionadas al borde de la carretera: “sí, es que por aquí fueron los ataques”. Se dio cuenta entonces de que estaba apretando el paso, y no precisamente porque le preocupase llegar tarde a casa de sus amigos.
Aquella mañana, entre los puestos del mercado, había pensado en lo fácil que habría sido abrir fuego, o auto inmolarse, para provocar una carnicería. Habría bastado incluso con simular cualquiera de las dos cosas y probablemente la estampida de pánico se hubiese encargado de hacer el resto. Pero no pasó nada alarmante. Ni estallidos, ni ráfagas de metralleta, ni vehículos descontrolados. La vida siguió como de costumbre, como siempre debería ser, con su chai Masala y sus brownies.
Se había enterado de los sucesos del día anterior en Fulham a través del móvil. Por un instante sopesó cancelar el viaje, pero se dijo que aquel pensamiento no tenía sentido. Y no porque las estadísticas digan que es improbable que dos sucesos se repitan en un espacio de tiempo tan corto, ni porque sea más fácil que te atropelle un coche que que te hagan explotar indiscriminadamente, aunque también. Como muchas otras veces en el pasado, simplemente recordó aquel cuento que recoge Atxaga en Obabakoak y que indefectiblemente la hacía encogerse de hombros con resignación: si verdaderamente la aguardaban en Ispahán, entonces resultaba imposible escabullirse. Al fin y al cabo, pensó fugazmente, ella sería una baja relativamente intrascendente. Le confería una estoica serenidad el saberse eslabón único de una cadena truncada: si desapareciese podría hacerlo sin la angustia de dejar atrás huérfanos o herencias. Como mucho, alguien tendría que encargarse de vender su bicicleta. Hay una paz muy curiosa del otro lado de la aceptación de la insignificancia. 
Por otro lado, había algo en ella que la hacía rebelarse contra todo aquello. Quizás fuese su proverbial afán por llevar la contraria, pero no le gustaba aquella versión de sí misma que volvía la cabeza con desconfianza. No quería ser así. Quizás se permitiese cruzar los controles de seguridad de los aeropuertos con premura para sentirse más protegida parapetada tras el duty free, pero ciertamente no pensaba comenzar a elegir el lado de la acera en función del sentido del tráfico. Y desde luego no contemplaba exiliarse voluntariamente de una ciudad que, a todos los efectos, seguía sintiendo suya. Ya se la habían arrebatado en una ocasión por motivos distintos y, ahora que la había recuperado, no tenía intención de volver a perderla. Un letrero enorme con la leyenda "We *heart* Ldn", la sacudió de pies a cabeza, devolviéndole la mirada con ironía como si hubiera estado esperándola. Le recordó que no se trataba solo de Londres, sino de cualquier lugar porque la desazón viaja contigo en el equipaje, con o sin embarque prioritario. El terror no es una situación externa sino un estado mental infeccioso en el que se negaba a fijar residencia permanente. Por eso en aquel paseo londinense de sábado tarde había optado por no cruzar al lado opuesto, por obligarse a dejar de contar vehículos pesados, por detenerse a sacar una foto del Támesis en mitad de London Bridge y por forzarse a caminar un poquito más despacio: aquella era su forma, silenciosa e invisible, de plantar cara. 


domingo, 10 de septiembre de 2017

City of Stories

En Norvic hay piedra que se sonroja cuando hace calor y caliza con corazón de pedernal. Hay un antiguo futuro almirante que se granjeó una estatua pública por permanecer dos semanas (o dos meses, o dos años) en una escuela catedralicia, y leones asirios que velan la entrada de un edificio desde cuyo balcón Hitler habría querido lanzar una arenga.

Aquí los arbotantes decimonónicos devienen prótesis de titanio para caderas contemporáneas y los osos de peluche juegan al escondite en jardines secretos ocultos tras anodinos portones de madera. En la cuna de mujeres sociólogas, escritoras y abolicionistas todavía perviven señores que no pueden sentarse a la mesa sin bendecirla, ni levantarse sin brindar por la reina.

No son los únicos transeúntes de estos senderos de nostalgia. Las edades pasadas se tumban a descansar junto al río, puntuadas por utopías eléctricas en muros de ladrillo, fuentes secas y úes del revés. Del otro lado de la crecida de 1912, los extranjeros que con el tiempo dejaron de serlo custodiaban telares en buhardillas luminosas, destinados a ser inevitablemente reemplazados por fábricas de máquinas de coser que, a su vez, perderían sus chimeneas como si fuesen hojarasca otoñal. Con ellas se fueron los chales de lana y seda, hoy raros y valiosos, los zapateros remendones y las monarcas de luto consumidoras de bombasí.  

Bajo el cielo blanco, azotadas por vientos que traen lluvias intermitentes y cambios de estación, permanecen la tumba de un estafador que jamás florece y lápidas con permanentes de hiedra. Los nuevos tiempos se aprecian en los baños de señoras en clubes exclusivamente para caballeros. Las manos entran en calor con un té con leche y la realidad vuelve a imponerse paulatinamente.

Quién sabe si las peras del centro del laberinto del jardín del obispo llegarán a madurar alguna vez.


jueves, 7 de septiembre de 2017

Counting Blessings

–Tienes muchos amigos, ¿verdad? – Sonaba casi a reproche.

Ella dio un respingo y se detuvo un momento a recapacitar. Desde el otro lado de la habitación, yo casi podía escuchar sus pensamientos: ¿Qué quería decir esa pregunta? ¿Cuántos amigos son muchos? ¿Cómo se mide eso?

La amistad es una de esas virtudes de los humanos que los vuelve ligeramente más soportables. Hay algo de mágico en esos vínculos invisibles que unen a bípedos a través de la distancia y de las estaciones y que, pese a ambas, se mantienen inmutables. Creo que nunca dejaré de maravillarme de lo emocionante que resulta presenciar el reencuentro de dos personas que hace tiempo que no se ven y que, cinco minutos más tarde, parece que jamás llegaron a separarse. En este lustro que llevo observando a los simios, erráticos y volubles como son, he llegado a la conclusión de que cada uno de estos lazos constituye un pequeño milagro.

Sé que no es la primera vez que digo esto, pero mi dueña tiene suerte. Quizás bastante más de la que objetivamente se merece, simplemente porque me cuesta creer que se pueda concentrar tanta buena fortuna en el mismo individuo. Su camino, que en parte también es el de Sinnombre y el mío, ha estado siempre transitado por humanos extraordinarios de paciencia infinita. Lo sorprendente del asunto, que conste, no es que la gente buena exista, sino que, por algún motivo inexplicable, no salgan huyendo en dirección opuesta en cuanto conocen más a fondo a mi ama. Sí, sé que esta frase también es repetida, pero de veras que una cosa es aguantarla un ratito y otra muy distinta tenerla de compañera de piso.   

Ayer hizo exactamente un año desde que recibimos a nuestra primera visitante en lo que entonces aún prometía ser un refugio y finalmente acabó siendo un escenario de pesadilla. En estos doce meses hemos tenido el honor de dar la bienvenida a doce invitados (más otros seis en tránsito igualmente importantes) y, se mire por donde se mire, estoy absolutamente admirada de que tantos bípedos se hayan tomado la molestia de acercarse hasta esta esquinita remota de la isla para pasar un rato con nosotras. Cuando pienso que hay gente que se ha cruzado un océano o medio continente para arrancar dos años de nuestros respectivos calendarios, o gente que ha venido en pleno diciembre pese a que odia el frío y las nubes, o visitantes reincidentes, me planteo cómo bellotas podrá mi humana devolver alguna vez todo este cariño. Desde que se marchó vive permanentemente con la sensación de que no tiene tiempo suficiente para cuidar a todo el mundo del modo en que le gustaría, y empieza a ser recurrente el sentimiento de culpabilidad al descubrirse incapaz de recordar una fecha, un evento concreto o que a una de sus invitadas no le gusta el plátano. Sé que a veces la angustia la idea de que alguien considere que ha sido olvidado.

La sabiduría popular dice que quien mucho abarca, poco aprieta. Desconozco si esta máxima es aplicable a la capacidad humana para establecer relaciones profundas entre semejantes, pero me surge la duda de si ese sería el juicio implícito en la pregunta que le hicieron a mi dueña. En cualquier caso, resultaría absurdo instaurar cuotas: ¿cómo no intentar retener a todas aquellas personas que valen la pena?

Yo tampoco sé calcular si mi ama dista mucho de la mediana estadística en lo que respecta a atesorar amigos, pero querría pensar que no se trata tanto de valores cuantitativos como cualitativos. Sean muchos o pocos, estén lejos o vivan en el apartamento de abajo, lo fundamental es que entre todos van logrando mantenerla cuerda, y les estoy tremendamente agradecida por ello porque bastante rarita es ya sin tener que ponerle una camisa de fuerza. Así que gracias a todos los que han venido, gracias a todos los que están viniendo, gracias a todos los que vendrán. Gracias a todos los que ya están aquí, a los que se lo están pensando, y a los que no contemplan estarlo pero encuentran otros modos de materializarse. Pese a mi proverbial misantropía, reconozco que es bonito tener tu vida llena de pequeños milagros.

Feliz cumpleaños, visitante número 001.

martes, 29 de agosto de 2017

Peeping Tom

Mira por la cerradura. Del otro lado hay una luz cálida y amarilla penetrando sesgadamente por la ventana de doble hoja para reptar perezosamente por la madera del suelo. El cielo azul se refleja en el espejo del cuarto, que se obstina en imitar el brillo del sol. Desde fuera se cuelan algunos trinos de aves y risas de niños que, a veces, son intercambiables. El silencio del espacio se adapta y moldea a sus inflexiones, expandiéndose y contrayéndose para hacerles un hueco a su lado.

Sigue observando. La estancia está llena de tiempos felices: tres cuartos de hora de esperanza, cuatro minutos y cuarenta y dos segundos de alegría desbordante, hora y media de borboteo reconfortante que huele a refugio y a memorias, tardes que se vuelven noches de conversaciones frente a una taza humeante. Una humana y dos ardillas custodian y recopilan estos instantes para rellenar las bombonas de oxígeno con las que la primera logra respirar hondo del otro lado de las trece puertas que la separan del exterior.

A continuación fíjate más detenidamente: a nuestro alrededor flotan palabras. Etéreas, invaden el aire con la misma liviandad que si cabalgasen sobre pompas de jabón. Nos rozan la coronilla, la punta de las orejas y el extremo de la cola antes de desvanecerse en gotitas invisibles que dejan el eco de un perfume tras de sí. En ocasiones se nos posan sobre los hombros y los hocicos, pero enseguida se escabullen, juguetonas, si intentamos capturarlas. Si solamente tuviéramos una pluma lo suficientemente ligera para perseguirlas y un soporte al que fijarlas sin asfixiarlas... A las palabras, ¿sabes?, hay que cuidarlas sin intentar poseerlas. Son un poco felinas, así que son ellas las que te eligen y las que deciden cuál es el momento adecuado para tenderse a ronronear sobre tu regazo.

Aléjate del ojo de la cerradura, incorpórate y parpadea. ¿Lo ves ahora? Tu lógica te engaña; no vivimos solas. La soledad es un estado mental: no se convive con ella, sino que es ella quien habita y se alimenta de ti, si la dejas. Tras nuestra puerta de madera con números plateados cabe un universo densamente poblado. A fin de cuentas, donde sueñan tres, sueñan cuatro. Por eso, si quieres visitarnos, trae un candil encendido que disipe las nubes, un cazamariposas que enrede condicionales, una clepsidra que funcione con endorfinas… y zapatos de baile.


miércoles, 19 de julio de 2017

Antaeus

Ha llegado el momento. Es de nuevo esa época del año. Hay días en los que las mañanas amanecen soleadas, con cielos profundos que invitan a escrutar el horizonte en busca de presentimientos marinos y con ráfagas de viento templado que hablan con voz de gaviota. Días de atardeceres pausados y dilatados pintados de amarillo en los que la vida parece relajarse y respirar hondo mientras los rayos de luz se cuelan irregularmente entre el follaje a la orilla del río.

Es el momento de las intuiciones de alegrías inminentes, de las visiones en sueños, del anhelo de paisajes, brazos y sabores, de los gritos silenciosos que nos llaman a 2000 kilómetros de distancia y de los sedales invisibles que tiran de nosotras desde el extremo primigenio de la caña. Es la estación de las golondrinas que se lanzan en picado cual proyectiles emplumados y de las humanas disociadas que navegan por su rutina sin apenas rozar el suelo.

Queda todavía una semana hasta el próximo martes. Faltan siete días, ochenta largos acuáticos, veinticuatro kilómetros pedaleando, tres horas de autobús y dos horas y media de vuelo. Y todas estas cifras, absolutamente todas, son irrelevantes porque desde hace días el espíritu de mi ama está custodiando un pedacito del suelo de la plaza en la que no pudo estar el año pasado. Su presente le importa bastante menos que ese retazo de futuro que se perfila ante ella como una promesa de que su ciudad -su eje- aún la espera. Serán ese suelo y esa piedra los que la mantendrán en pie los próximos 365 días porque mi dueña, pese a que mida mucho menos que un gigante, merecería llamarse Anteo