martes, 23 de junio de 2015

Galehus (II)

Recuerdo con nostalgia los tiempos en los que solía pensar que mi ama tenía suerte con sus hogares. Está claro que la buena fortuna inmobiliaria no nos ha acompañado hasta Dinamarca; la muy perezosa debe de haberse quedado en el sur, que hace más calorcito.

Estos dos meses y medio han sido… peculiares, por llamarlos de algún modo. Al igual que con la primera casa de locos, he tardado mucho en decidir si merecía la pena hablar de ello o simplemente dejarlo pasar, pero en vista de la escalada del nivel de absurdo de las últimas jornadas he optado por dejar de resisitirme. Dado que contar todas nuestras aventuras en una única entrada resultaría larguísimo y tedioso, las he dividido por capítulos y las he agrupado bajo su propia pestaña (en la parte superior, a la derecha de Storie Veneziane), a la que se puede acceder también haciendo click aquí. Espero que disfruten ustedes leyendo nuestras peripecias en modo inversamente proporcional a lo que nosotros nos divertimos viviéndolas.

domingo, 17 de mayo de 2015

अलविदा मेरी दोस्त

Hoy no hablo yo. Esta noche le cedo la palabra a mi ama porque creo que ella lo necesita más que yo:

Te marchas, y está bien.
Tiene que estarlo.
Te vas porque ante ti se abren nuevos horizontes y futuros que no puedo menos que intuir brillantes. Te vas porque la vida está hecha de ciclos y tú estás a punto de comenzar uno nuevo. Marcharse con tan buenas razones debería ser motivo de alegría y de orgullo, así que por favor no me hagas demasiado caso si hoy ves que me falla un poco la sonrisa.  
Me acuerdo del momento exacto en el que decidí ser tu amiga. Sí, lo sé, tampoco hace tanto. Estábamos en el Statens Museum for Kunst, creo que delante de un van Dongen, y tú me contabas que no era sencillo intimar con los daneses. Llevaba solamente tres días en Copenhague, así que todavía ignoraba hasta qué punto aquello era cierto. Yo repliqué que, si querías, en lo que a mí respectaba tenías una amiga más. Lo decía totalmente en serio, aunque acabáramos de conocernos. A veces me asaltan destellos de lucidez que me permiten distinguir nítidamente quién merece mi lealtad.
Te marchas y tras de ti queda una estela. Odense. You and I de Ingrid Michaelson. Comida india y vieiras en un salón en el que suenan Copenhague y Tum hi ho. Una noche bailando todo lo que ni tú ni yo habíamos bailado en meses. Tabletas de chocolate. Confesiones al sol en una cafetería de Malmö. Chai lattes y cafés con sirope de avellana después de la piscina. Los burgueses de Calais. Slow. Cotilleos, risas, tonterías, mudanzas. Y charlas, charlas, charlas.
Te vas, sí, y has de saber que se te echará de menos. Se te extrañará con una añoranza silenciosa hecha de punzadas traicioneras de nostalgia, de esas que habitan tras las esquinas de las calles y se apostan entre tareas cotidianas e intrascendentes. Tienes miedo de que te olvide, dijiste. Cómo podría, te respondo, si cada rincón de esta gélida ciudad - que ha sido menos gélida gracias a ti - custodia un recuerdo tuyo. Qué ingenuo resulta tu temor si te paras a pensar que tú fuiste uno de los motivos por los que en lugar de limitarme a dos meses decidí quedarme seis. Copenhague no será la misma sin ti.
Yo no habría sido la misma sin ti.
Debes saber que tú me salvaste de la noche perpetua y del invierno interminable. Siempre te estaré agradecida por no dejarme sentirme sola ni desamparada, por no descartar la posibilidad de hacerme un hueco en tu vida simplemente por estar de paso, por enseñarme tu mundo y fiarte lo suficiente de mí como para dejarme formar parte de él. Tú, para mí, has sido un pequeño milagro. A menudo me pregunto qué méritos habré hecho en otra existencia para que en esta el universo sea tan generoso conmigo.
Te vas para volver a empezar y todo irá bien, lo presiento. Has nacido para ser feliz. De veras. Recuérdalo si alguna vez flaqueas, si te sientes sola o cuando estés cansada o estresada. Eres más inteligente, más bondadosa y mucho más fuerte de lo que tú misma crees, pero sobre todo no tienes ni la más remota idea de lo admirable que resultas por ello. Me siento muy honrada de poder considerarme tu amiga, y no pienso dejar de hacerlo por el mero hecho de que atravieses el finger de un aeropuerto. Todavía nos quedan chai lattes con Coldplay sonando de fondo.
Te marchas, en efecto, pero no te engañes: no te vas del todo. No hasta que yo me marche también.
(Y, a decir verdad, probablemente ni siquiera entonces).


You are leaving, and it is fine.
It must be.
You are leaving because you are headed towards new horizons and a future that I cannot help but foresee brilliant. You are leaving because life is made of cycles and you are about to start a new one. Leaving for such good reasons should be a cause of joy and pride, so please do not take me too seriously if my smile falters a little today.
I remember the exact moment when I decided to be your friend. Yes, I know, it was not so long ago. We were at the Statens Museum for Kunst, in front of a van Dongen I think, and you were telling me that it was not easy to get close to the Danes. I had only been in Copenhagen for three days, so I still ignored to what extent that was true. I replied that, if you wanted, as far as I was concerned you had found another friend. I totally meant it even if we had just met. Sometimes I have these flashes of lucidity that allow me to clearly distinguish who deserves my loyalty.
You are leaving and a trail extends behind you. Odense. You and I by Ingrid Michaelson. Indian food and scallops in a sitting room with Copenhagen and Tum hi ho playing. Dancing the night away, making up for all the dancing that neither you nor I had done in months. Chocolate bars. Sunny confessions in a cafe in Malmö. Chai lattes and coffees with hazelnut syrup after the pool. The Burghers of Calais. Slow. Gossip, laughter, silliness, relocations across town. And talking, talking, talking.
You are leaving, yes, and you should know that you will be missed. You will be missed with a silent longing made of treacherous pangs of nostalgia: those that lie behind street corners and crouch under daily and inconsequential tasks. You are afraid of being forgotten, you said. How could that be, I reply, when every corner of this icy city – that has been warmer thanks to you – holds a memory of you. What a naïve fear that is when you stop to think that you were one of the reasons why instead of just two I decided to stay six months. Copenhagen will not be the same without you.
I would not have been the same without you.
You must know that you saved me from perpetual nights and an endless winter. I will always be indebted to you for not letting me feel alone and helpless, for not ruling out the possibility of finding a spot for me in your life in spite of my transience, for showing me your world and trusting me enough to let me be a part of it. To me, you have been a small miracle. I often wonder what kind of merits I must have accomplished in my previous existence to deserve such generosity from the universe.
You are leaving to start over and everything will be fine, I feel it. You were born to be happy. Really. Remember this if you ever falter, if you feel lonely, tired, or stressed. You are smarter, kinder and way stronger than you credit yourself for, but most of all you have not the faintest idea of how admirable that makes you. I feel very honoured to consider myself your friend, and I will not stop doing so merely because you walk through the finger of an airport. There are still chai lattes with Coldplay playing in the background expecting us.
You are leaving, indeed, but do not fool yourself: You will not be completely gone. Not until I leave as well.

(And, to be honest, probably not even then).


domingo, 26 de abril de 2015

Roskilde

Sobre mediados de febrero anuncié que planeaba conseguirme un drakkar, pero el mercado de compra-venta de embarcaciones vikingas no es tan accesible para una ardilla como me imaginaba. Tras varios intentos infructuosos tuve que resignarme y darme por vencida. Mi ama, para consolarme, decidió llevarme de excursión. Así fue cómo aparecimos en Roskilde un sábado por la mañana.
“¿Por qué Roskilde?” quizás se pregunte alguien. Porque en Roskilde, además de una catedral gigantesca y probablemente la mayor concentración de aparcamientos por habitante de toda Dinamarca, hay un museo dedicado a un conjunto de embarcaciones vikingas hundidas en el fiordo hace siglos, además de un astillero tradicional en el que producen réplicas de esos y otros barcos de la época. Allí nos fuimos, a ver si por casualidad había alguna barquichuela tamaño roedor en la que dar una vueltecita.
Huelga decir que las ardillas de aquel entonces no debían de navegar demasiado. Mi dueña, por otro lado, me levantó el ánimo regalándome la oportunidad de reírme un poco de ella mientras se disfrazaba de vikinga y se sacaba fotos encaramada a una proa ficticia.


Sin embargo, lo más revelador de nuestra visita a Roskilde se hallaba en la catedral. La recorrimos de punta a punta, por arriba y por abajo, y cuando llegamos a la cabecera nos topamos con una lápida de color negro que sobresalía del pavimento. Mi humana, que llevaba una guía en la mano, me contó que, según la leyenda, bajo esa lápida maldita reposa un caballo infernal, dotado solamente de tres patas y de ojos rojos como ascuas, cuyo espíritu vaga todavía por las calles de la ciudad. Quien se lo encuentre está irremisiblemente perdido, y por eso en tiempos antiguos los habitantes de Roskilde escupían sobre el mármol cada vez que pasaban ante la sepultura.
Dejando de lado lo bonita y perfumada que debía de estar la piedra bajo su manto de escupitajos, no pude evitar compadecerme del noble cuadrúpedo, perdón, trípedo. No les bastaba con que el pobre animal tuviera serias dificultades motoras, sino que además de cojo, había que demonizarlo. Igual simplemente lo que pasó fue que el caballo tenía cuatro propietarios y que uno de ellos se enemistó con los otros tres, apoderándose de su sección correspondiente. Qué criatura en su sano juicio no se habría vuelto medio majara de dolor en semejante tesitura. Entonces tuve una epifanía: ¡apuesto a que la afición nacional a despiezar equinos procede de aquí! 

jueves, 23 de abril de 2015

To eventyr

Ella procedía de una ciudad surgida del oleaje causado por una piedra al caer sobre una balsa de agua. Pertenecía a una raza especial, emparentada con los faunos, dotada de enormes jorobas en las que poco a poco se iban acumulando las experiencias y los recuerdos. Los ancianos de su pueblo terminaban tan encorvados por el peso de la memoria y el volumen de sus jorobas que parecían gigantescos caracoles. La suya, aunque todavía pequeña, ya alcanzaba la altura de la base del cráneo y le molestaba un poco cuando se acostaba boca arriba en la cama.

Ella había nacido en un pequeño pueblo de china. Su vida no estaba destinada a ser fácil ni hermosa, ni siquiera valiosa. De hecho, apenas estaba previsto que tuviese infancia. Aprendió a limpiar, cocinar, coser y bordar desde detrás de una celosía, en un cuarto femenino donde también le enseñaron a plasmar emociones y secretos en los pliegues de un abanico de seda. Provenía de una región habitada por mujeres de andares frágiles, morosos y tambaleantes. Sus pies medían exactamente siete centímetros.

Compartían sus vidas, en silencio, con la comodidad que brindaba la intimidad de una habitación de paredes blancas, un salón vacío, un portal desierto. Se narraban mutuamente aventuras y desventuras, haciendo suyos padecimientos y sonrisas, reconociéndose en la voz de la otra como si se tratase de sí mismas.

No obstante, a pesar de su cercanía vivían en realidades distintas y en tiempos diferentes. El corcel tordo de la primera no tendría por qué haberse cruzado jamás con el palanquín de la segunda; los mundos, a veces, se entrecruzan sin venir a cuento. O, precisamente, viniendo. A cuento.

Porque en medio de ambas, bajo la luz crepuscular, se extendían finas láminas de celulosa surcadas de caracteres oscuros.


[¡Feliz día del libro!]



P.D. Si alguien se pregunta de qué bellotas estoy hablando en el segundo párrafo, puede averiguarlo aquí.

jueves, 16 de abril de 2015

Sij

Hará cosa de un mes, un domingo por la mañana, mi ama se levantó, me metió en su bolso y se fue a toda prisa a coger un tren. Pasé más de una hora revolviéndome en el interior de mi madriguera portátil intentando sin éxito volver a pillar el sueño y acordándome con mucho cariño de todo el árbol genealógico de mi propietaria. Hacía frío y llovía, así que las condiciones eran estupendas para irse de excursión.
Cuando me cansé de tanta premura y de tanto misterio emergí de las tinieblas por propia iniciativa y vi que me encontraba en un espacio enorme, con el suelo cubierto de esteras y totalmente desprovisto de mobiliario. Mi dueña llevaba el cabello oculto bajo una pashmina y estaba sentada en el suelo. A nuestro alrededor había otras muchas humanas ataviadas con colores vivos y en posiciones similares a la nuestra, mientras que del otro lado de un pasillo formado con una alfombra de otro color había bípedos de género masculino, algunos de ellos con barbas oscuras y cabellos también tapados por una especie de amasijos de tela enrollados alrededor de sus cabezas. Tanto los unos como las otras –mi ama incluida– estaban colocados en dirección a una estructura con cuatro patas y un techo, a modo de baldaquino o de templete, bajo el que se adivinaba un bulto escondido tras una tela bordada. Otro simio con un utensilio semejante a un plumero de fibras blancas se dedicaba a espantar algo invisible por encima del objeto –que resultó ser un libro– mientras algunos de sus compañeros, encaramados a un estrado, interpretaban una música repetitiva y constante en un idioma incomprensible pero que decididamente no era danés.
Este fue el asombroso panorama con el que me topé al asomar la cabeza por el borde de mi escondrijo. Mi dueña, con un rápido ademán, me sentenció de nuevo a la oscuridad sin darme tiempo a analizar lo que acababa de presenciar. Desde dentro del bolso evidentemente no podía ver nada (a veces me pregunto para qué bellotas me arrastrará a estas correrías si después no me deja participar en ellas), pero sí podía escuchar la música y algunas respuestas de la congregación. Mi ama me contaría más tarde que en un momento determinado cada recién llegado se aproximaba al templete, arrojaba algo en un recipiente a sus pies –un donativo–, se arrodillaba y rezaba unos instantes para luego ocupar su puesto junto al resto de fieles.
Al cabo de un rato noté que el bolso se movía y mi humana, disimuladamente, abrió una rendija y me entregó pedacitos de una pasta blandita de color ocre, de sabor dulce y levemente templada. Estaba rica, así que le lamí los dedos con fruición para que me diese más. Hubo una segunda entrega, aunque por lo que pude deducir la mayor parte se la regaló a uno de sus amigos.
Intuí que la ceremonia había concluido cuando percibí que mi bípeda descendía por las mismas escaleras por las que habíamos ascendido al llegar. A pesar de la prohibición de dejarme ver, volví a escudriñar el paisaje circundante cuando llegamos a la planta baja y noté que mi humana tomaba asiento.
Esta vez estábamos en un recinto más pequeño, con tiras de alfombras estrechas dispuestas a una distancia regular y ocupadas principalmente por las mismas personas que había en el piso de arriba. Por entre nosotros deambulaban diversos simios con las telas esas en la cabeza, repartiendo comida en unas bandejas. Se me hizo la boca agua imaginándome los bocados que mi dueña escamotearía para que los catase.
Esperé un ratito. Nada. Esperé otro ratito más. Nada de nada. Di unas cuantas patadas de frustración en el costado del bolso sin que mi bípeda correspondiese con movimiento alguno. Seguí esperando. Los sonidos de la sala se fueron diluyendo y amortiguando paulatinamente hasta que todo quedó en silencio. ¿Me habrían abandonado a mi suerte?
Cuando ya no pude contener mi curiosidad por más tiempo deslicé una de las garras por el resquicio de la cremallera, la abrí y volví a sacar la cabeza al exterior. Mi ama seguía sentada en el suelo y, a su izquierda, sus amigos todavía estaban terminando de comer. El resto de la gente había desparecido. En la pared de la derecha, la foto de un edificio grande y dorado en mitad de un lago presidía la estancia.
Mi dueña, que esta vez no me había visto, estaba dando cuenta de una manzana. Procurando pasar desapercibida, me escurrí por el hueco entre el bolso y su cuerpo hasta llegar al suelo y, con muy pocos miramientos, le di un mordisco exasperado y hambriento en una nalga. Que nadie se espante: llevaba vaqueros, así que no le hice ningún daño. El pinchazo fue suficiente como para lograr que se girase y se acordase de mi existencia. Me miró con cara de pocos amigos y me hizo un gesto con la cabeza para que regresase a mi lugar, pero antes de dejarme de nuevo a oscuras me dio un buen pedazo de pan de pita que había reservado para mí en una esquina de la bandeja.
Más tarde, después de salir de aquel sitio tan peculiar, mi simia y sus amigos humanos me llevarían a una cafetería muy acogedora donde podría hartarme de picotear frutos secos mientras ellos jugaban interminables partidas de parchís. Parece ser que eso de comer una ficha y contar veinte es una costumbre netamente española. ¿Será que en otros países se alimentan más a menudo y por eso lo celebran menos?
Así fue cómo Volunti, la ardilla pseudovikinga, asistió a su primera ceremonia sij. Confieso que lo poco que vi (y lo menos que entendí) me pareció muy curioso, especialmente lo de los penachos textiles. Seguro que a mí me quedarían genial. Un día de estos les voy a pedir a los amigos de mi ama que me enseñen a hacerme una maraña de esas.

martes, 14 de abril de 2015

Bolig. The Sequel

Detrás de cuatro aviones, dos autobuses y una huelga de controladores aéreos franceses, Copenhague nos aguardaba el miércoles pasado bañada en sol. Parecía como si la primavera que nos despidió en la tierra de mi ama se hubiera venido con nosotros en las maletas.
Lamentablemente debía de tratarse de un espejismo porque, salvo que se hubiese colado en la bolsa de mano, dentro de mi Samsonite solamente había jerséis, pantalones y algún vestido; una selección que, visto lo visto, se sitúa entre el optimismo y la candidez. Dicho y hecho: el sol se esfumó el sábado con la misma rapidez con la que apareció, dejándonos de nuevo a la merced de cielos grises y bajo el acoso de un viento implacable que hace que mi ama parezca caminar a cámara lenta cuando atraviesa cualquier puente.
En fin, yo no venía aquí a hablar de meteorología, como hacen todo el rato mis primas británicas de Saint James’ Park. Quería anunciar que nos hallamos cómodamente instaladas en la que será, esperamos, nuestra residencia definitiva en Dinamarca hasta el final de nuestra estancia.
Estamos situadas en el cuarto piso de un edificio nuevo, en un barrio residencial y tranquilo. Tenemos el supermercado a la vuelta de la esquina a pesar de que mi dueña, como es tan rarita, tenga que ir a buscar su leche a otra tienda unas calles al norte. A nuestra espalda se encuentra uno de los canales principales y justo delante de nuestra ventana, que está orientada al amanecer, hay un parque enorme por donde los daneses corren, las bicicletas se deslizan y los equinos galopan (cuando los dejan – por cierto que de momento no he visto ninguno cortado por la mitad). Nuestra nueva casita está llena de ventanales y, por ende, de luz.
De ventanales, precisamente, es de lo que me gustaría hablar ahora. A lo largo de estos meses y en diferentes entradas he mencionado la vida danesa que se desarrolla tras los cristales de cada casa; de esa vida que uno puede permitirse envidiar circunstancialmente porque la ausencia de cortinas hace que pueda llegar a intuirse. La cortesía, por supuesto, impone no mirar, de modo que tanto mi humana como yo hemos desarrollado unas fantásticas dotes de ceguera selectiva para adaptarnos a las costumbres locales.
Sin embargo, debimos de regresar desentrenadas al término de nuestra semana de vacaciones. Al anochecer, después de deshacer las maletas y de instalarnos, decidimos ir a buscar esa leche que no encontramos. Para ello atravesamos el parquecillo que conecta los distintos edificios de la zona y, casualmente, levantamos la vista a derecha e izquierda hacia las ventanas iluminadas con la manifiesta intención de familiarizarnos con el entorno. El entorno optó entonces por materializarse en la forma de un vecino del bloque de enfrente paseándose desnudo por su sala de estar.  
Desde ese día, pueden ustedes imaginar lo entretenidas que estamos mi bípeda y yo cada vez que vamos a hacer la compra. Igualitas que estos seis sujetos.


Eso sí, el pijama nos lo ponemos a oscuras, por si las moscas. Nosotras tampoco tenemos cortinas.

¡Queda oficialmente inaugurada la segunda parte de nuestro periplo danés!

miércoles, 25 de marzo de 2015

Bolig

Por si alguien pensaba que tras mudarnos al apartamento sin cocina ni plato de ducha nuestras aventuras inmobiliarias se habían apaciguado por una temporada, debo advertirle que se ha equivocado de medio a medio. Diría que más bien ha sido lo contrario.
Rebobinemos:
Cuando nos mudamos al piso anteriormente descrito, sabíamos que podíamos permanecer en él solamente hasta finales de febrero puesto que nuestra estancia terminaba el 28 de ese mes. Sin embargo, a menos de una quincena para cumplirse el término de la estancia, los planes cambiaron: nos quedábamos todo marzo. Y eso, por supuesto, volvía a generar un problema de alojamiento.
Se negoció la posibilidad de seguir en este piso, pero solamente resultaba factible quedarse hasta el día 6 y después del 16 de marzo hasta el 31, dado que en esos diez días intermedios la casa ya estaba comprometida para otros ocupantes. Sea. Mi dueña, por suerte para nosotras, recibió la generosa oferta por parte de una amiga de quedarse una semana en su casa, de la cual cuatro días los pasaríamos en cualquier caso fuera del país por motivos laborales.
Así pues, ni cortas ni perezosas, entre el 5 y el 6 movimos todas nuestras cosas por Copenhague adelante. Ese fue el día en el que mi ama se sintió la peor persona del mundo por ocupar con sus bártulos el espacio reservado para los cochecitos de bebé, lo que obligó a una frustrada madre a bajarse del autobús porque no había espacio suficiente para su carro y nuestras Samsonites.
El 7, tal y como estaba previsto, cogimos una maleta de mano y pusimos rumbo a Londres durante cuatro días. Esto también explica mi silencio durante parte del mes, no todo es culpa de la acaparadora de mi humana.
A nuestro regreso, el día 10, nos encontramos con un correo electrónico con novedades: los supuestos ocupantes del apartamento habían llegado, lo habían visto y habían decidido que no les gustaba, así que la casa volvía a estar libre si la queríamos. Esta vez, sin embargo, ya no podíamos quedarnos hasta el 31 sino hasta el 27 por la mañana, dado que a la semana siguiente eran las vacaciones de Pascua y la señora de la limpieza tenía que dejarlo todo listo antes de marcharse.
Por lo tanto, el 10 volvimos a recoger la llave, fuimos a por nuestras pertenencias y las trajimos una vez más, en un par de viajes de autobús, hasta el mismo punto de partida. Al final de esa jornada mi ama no tenía espalda y debo decir, con hondo pesar, que las ardillas no estamos nada bien dotadas para dar masajes de hombros y cuello.
Hoy hemos vuelto a mudar casi todo al piso de la amiga de mi ama, que tiene más paciencia que el santo Chop. Mañana llevaremos lo que queda y a última hora devolveremos la llave, esta vez definitivamente. Nos alojaremos con esta amable bípeda hasta que termine marzo, fecha en la que volveremos a casa.
Podría pensarse que con esta cuarta mudanza liquidamos el asunto, ¿verdad?
¡Error otra vez!
El lunes volvemos a mudarnos.
¿A dónde? ¿Por qué?
Resulta que el plan original ha vuelto a sufrir modificaciones, y ahora permaneceremos en Dinamarca hasta finales de junio. Lo bueno es que, si las cosas salen bien, no tendremos que volver a movernos en esos tres meses porque mi dueña se ha hartado de tanta ida y venida y se ha buscado una habitación en la que poder quedarse durante noventa días ininterrumpidos. Esa será la mudanza que nos toque el lunes, si bien no podremos tomar posesión de nuestro nuevo hogar hasta que regresemos a Copenhague tras las vacaciones.
Por si cinco mudanzas en tres meses pudieran antojarse asuntos de poca importancia, a lo León Felipe, permítaseme recordar que el apartamento en el que hemos pasado la mayor parte de estos dos meses no tiene lavadora. Eso implica que aproximadamente cada semana y media mi dueña se ha dedicado a meter su ropa sucia en una maleta de mano y a arrastrarla por la ciudad. Objetivo: lavarla en casas de amigos con secadoras. Sin ellos y sin su ayuda estos tres meses habrían sido bastante menos divertidos y considerablemente más penosos, así que tengo que agradecerles que no hayan permitido que mi dueña fuese hecha una zarrapastrosa por Dinamarca adelante ni haya tenido que dormir bajo ningún puente. Y eso que aquí, como en Venecia, hay unos cuantos.