sábado, 31 de octubre de 2015

Overraskelser

Retornar a un lugar en el que has pasado un tiempo es una experiencia extraña y, para mí, completamente nueva. Desde que conozco a mi humana hemos vivido en cuatro países y seis ciudades, pero yo no he vuelto a visitar ninguna de ellas, a excepción de Copenhague. Regresar a Dinamarca fue para mí parecido a intentar recordar un sueño: algo brumoso e impreciso. Reconocía calles o plazas, líneas de autobuses, letreros y hasta palabras (quién lo iba a decir) pero lo hacía desde el extrañamiento en lugar de desde la familiaridad. Hasta cierto punto, era como intentar evocar la vida de otro, una existencia ajena a nosotras.
Paralelamente, en el tiempo que llevo conviviendo con los homo sapiens he tenido oportunidad de observar la complejidad de las relaciones que establecen entre ellos, ya sea compartiendo el mismo apartamento o arrollándose los unos a los otros en las calles de una piscina (preferiblemente rectangular). Desde mi punto de vista de ardilla, ha sido la primera vez que he podido analizar cómo evolucionan las interacciones entre bípedos cuando uno de ellos desaparece del mapa durante unos meses.
El tiempo y la distancia son unos cedazos de extraordinaria eficacia que retienen aquellos núcleos más sólidos mientras permiten el paso de los más frágiles o livianos. Son, sin embargo, tamices de resultados imprevisibles, puesto que la solidez percibida y la solidez real no se corresponden obligatoriamente. Cuando uno trata con humanos siempre hay que dejar margen para las sorpresas. Inesperado fue el modo en el que algunos colegas recibieron a mi ama, dado que parecían alegrarse genuinamente de verla. Por el contrario, me resultó desconcertante constatar que, en ocasiones, compartir rutinas cotidianas durante una temporada no garantiza necesariamente un chai latte de puesta al día. Mi dueña, que está más fogueada en estas lides, me ha explicado que tras cada etapa siempre hay gente que se pierde por el camino. Un día escribiré un artículo científico en el que enuncie debidamente estos fenómenos; creo que los bautizaré como Principio de disparidad valorativa y Ley de inevitabilidad del olvido.
Así pues, y precisamente porque nunca hay que dar nada por sentado con estos simios sin pelo, es por lo que opino que hay algo de mágico (y conmovedor) en el hecho de que una persona se moleste en ir a recogernos al aeropuerto para que no estemos solas en una escala de ocho horas, o en que un amigo que ha pasado la noche sin dormir mientras regresaba de otro país se detenga en su casa el tiempo justo de darse una ducha porque no puede permitir que nos marchemos sin dar antes un paseo con nosotras. Que alguien se alegre de que a las tres sean las dos porque atrasar los relojes implica ganar una hora contigo, que te pregunten si has vuelto para quedarte o pretendan secuestrarte para que no te vayas, o simplemente que te topes con leche sin lactosa en la nevera para desayunar hacen que valgan la pena todos los aviones y todos los quilómetros.
Quizás, en definitiva, la sorpresa más grande de todas haya sido marcharnos con la sospecha de que esta historia todavía no ha terminado. Dinamarca tal vez nos deteste, pero algunos de sus habitantes se merecen que se le plante cara ocasionalmente.

To be continued…

Tyveri

Hace unos meses analizamos las consecuencias de la aplicación del dicho “Para todo hay una primera vez” en el contexto de los alojamientos daneses. A juzgar por los acontecimientos del sábado pasado, diría que ha quedado patente que Dinamarca se ha erigido en paladín de las experiencias inéditas en lo que concierne a mi ama.
Pero empecemos por el principio: ¿qué hacíamos mi dueña y yo en Copenhague la semana pasada, especialmente en unas fechas en las que yo debería estar preparándome para mi hibernación anual? Pues principalmente intentar matar de un síncope al pobre bípedo ante cuya puerta nos presentamos de improviso el miércoles a golpe de las once de la noche. Toparse de pronto con la jeta de mi simia puede ser una vivencia terrorífica. Doy fe de ello, que veo con qué cara se levanta cada mañana.
El caso es que una vez superada la sorpresa inicial, y tras una agenda de lo más apretada en los días siguientes, el sábado por la noche me hallé de improviso yendo a cenar con mi ama, el citado bípedo y otras dos humanas más. Por una vez, y dado que todos los amigos de mi dueña me conocen, se me permitió participar del ágape sobre la mesa como uno más.
La velada transcurrió de modo festivo hasta el momento del pago. Al girarse para coger la cartera de su bolso, que pendía del extremo de la silla que ocupaba, mi ama se percató de que este estaba abierto. La cartera no estaba. Primero la invadió la incredulidad. Quizás no había mirado bien. A continuación un escalofrío le recorrió la espalda. ¡En la cartera estaban todos sus documentos!
Antes de que cundiera el pánico el amigo de mi ama encontró la cartera tirada en el suelo, bajo la silla. Mi humana respiró hondo. Se le debía de haber caído del bolso sin darse cuenta. Raro, pero plausible. La abrió. El DNI seguía en su interior. Las tarjetas de crédito también. Entonces le llamó la atención que una cremallera que siempre lleva cerrada estuviese abierta. Miró mejor. Todo su dinero se había evaporado. Solamente le quedaban 4€ en monedas.
Pese a que la cosa podría haber sido más grave (sin documentos no habríamos podido proseguir nuestro viaje al día siguiente), la fiesta se aguó un poco y mi dueña no pudo menos que sentirse frustrada y enfadada consigo misma durante el resto de la noche y buena parte del domingo. Por una vez que baja la guardia y prescinde de su ardilla defensiva, resulta que se convierte en objeto del robo más clásico del mundo.
Así pues, en efecto, Dinamarca es un flamante adalid de las primeras veces en diversas experiencias. Lo que ya se escapa completamente a mi comprensión es por qué bellotas nos tiene tanta manía.

jueves, 17 de septiembre de 2015

Adeus

–Mxxxx, Mxxxx.
–Dime, abuela.
–Adiós, hija. Adiós.
El susurro rasgó el silencio ficticio de aquella habitación de hospital. En la oscuridad, la nieta se incorporó sobre la butaca como si acabara de atravesarla un rayo. ¿Adiós? Creyó no haber oído bien.
–Abuela, ¿cómo que adiós?
Quizás más bien deseara no haber oído bien.
–Es demasiado. No puedo más –logró descifrar entre bisbiseos apenas inteligibles.
–¿Qué es demasiado? ¿El dolor? ¿Te duele la pierna?
–No. Sí. No sé. Esto se acaba.
Un escalofrío le recorrió la espalda y el corazón comenzó a latirle más deprisa. Necesitaba un calmante. ¿No habían prometido ponérselo enseguida? Tenía que avisar a una enfermera. Hizo ademán de encaminarse hacia la puerta entreabierta. Se detuvo. Giró sobre sí misma. Miró a su alrededor, dudando ante la posibilidad de dejarla con su delirio. Qué solas estaban. Las ocupantes de las otras dos camas y la acompañante de una de ellas parecían dormir. Dio un paso atrás y se quedó de pie junto al lecho de la anciana, pasándole la mano derecha por la frente macilenta.
–Perdóname, hija, por todas las cosas malas que haya podido hacerte–murmuró esta a continuación –. Ruega a Dios por mí.
El pulso le tembló un poco. No estaba preparada para una disculpa de tal magnitud precisamente en aquel momento. “A buenas horas” se dijo con amargura mientras se le hacía un nudo en la garganta. Pese a su proverbial descreimiento, durante unos segundos sopesó la opción de desempolvar alguna de las oraciones del catecismo para cumplirle el gusto, pero de pronto se le ocurrió que a aquellas horas Dios no estaría despierto para recibir plegarias. Además, por qué demonios iba a prestarle atención a ella, visto que ni siquiera las empleadas del hospital parecían hacerle caso.
–Llama a tu madre.
–Abuela, está en casa durmiendo, ¿para qué quieres llamarla?
–Para despedirme.
La angustia pugnaba por escapársele por los ojos cuando respondió con quebrada ligereza:
–¡Ni de broma! Si la llamo a la 1 de la mañana para que te despidas por teléfono la que se muere del susto es ella.
–Despídeme de tus tíos –siguió la enferma tras una pausa, como si no la hubiera escuchado.
Entretanto, los pensamientos de su nieta se sucedían a toda velocidad: “¿Y si no es una crisis de ansiedad? ¿Y si esto va en serio y yo no estoy sabiendo reconocer la agonía? ¿Y si le estoy negando su última voluntad? ¿Y si se marcha y me quedo para siempre con el remordimiento de saber que no pudo decirle adiós a nadie?”. Tomó el móvil, indecisa, pero en lugar de llamar optó por enviar un mensaje implorando consejo porque necesitaba sentir que, más allá de los seres dormidos que la rodeaban y las enfermeras que la ignoraban, había alguien, en alguna parte, con quien compartir el miedo que la atenazaba. Tuvo suerte: hubo ojos que intentaron serenarla y que la hicieron sentirse menos desamparada.
–Esto es mucho, es mucho. Se escapa –. Dejó el teléfono inmediatamente sobre la mesilla.
–¿Qué es lo que se escapa, abuela?
–La vida –gimió esta.
Propulsada como un autómata, la nieta abandonó rápidamente la habitación y, casi sin voz, pidió a la primera auxiliar que encontró que le llevase un calmante a la paciente de la 413. Ella, que no era supersticiosa, había reparado enseguida en la presencia de aquel número trece que durante años había perseguido a sus bisabuelos y que ahora planeaba como una sombra sobre la vigilia de su única hija, ya nonagenaria.
La habitación seguía igual de inmóvil y queda cuando regresó acompañada de la auxiliar. Esta preguntó a la paciente cómo se encontraba y la segunda replicó con exclamaciones inconexas y ominosas. La auxiliar prometió regresar pronto con la medicación y abandonó silenciosamente el cuarto. La anciana, con el pelo revuelto empapado en sudor, el ceño fruncido y los labios apretados, parecía batirse contra algún enemigo encapsulado bajo sus párpados mientras no cesaba de emitir susurros incomprensibles. Su nieta acercó la oreja a su mejilla cerúlea y le pidió que repitiera lo que acababa de decir:
–Siento mucho que te haya tocado a ti estar hoy aquí. Yo no quería que vivieras esto.
–Abuela, no te vas a morir esta noche, ¿me oyes? No te voy a dejar.
Ella misma se daba cuenta de la futilidad de cada una de sus frases conforme las iba pronunciando. ¿Qué clase de prohibición, o de amenaza, supone denegarle a alguien la autorización para descansar en paz? Vista desde fuera, se reprochó su completa ridiculez y su absoluta insuficiencia. ¿Qué hacía allí, si claramente estaba fracasando en la misión de cuidar de otra persona?
–Yo no quiero que sufras –añadió la enferma.
A la desesperada, ella se oyó decir:
–Yo tampoco quiero sufrir, así que hagamos un trato: tú no te mueres y yo no sufro. ¿Te parece bien? –. Otra banalidad, a falta de algo mejor.
Una especie de suspiro angustiado surgió de la cama de al lado. Otra de las pacientes había despertado y llevaba unos minutos presenciando la escena con la misma mirada de impotencia con la que la nieta contemplaba a su abuela.
El silencio se abatió sobre ellas durante un rato, desprovistas como estaban de palabras con las que continuar la conversación. Ella buscaba frenéticamente excusas para renovar un intercambio verbal que mantuviese a la anciana consciente. Mientras, escrutaba en la penumbra el vaivén agitado de su pecho, sin apartar la vista por temor a que se detuviese de improviso. Cuando le entraban las dudas, entrelazaba sus propios dedos con los de la mano que yacía sobre las sábanas y los acariciaba hasta que lograba que reaccionasen al contacto. ¿Por qué no llegaba aquel maldito calmante?
Transcurrieron los minutos con una lentitud casi sádica. El bisbiseo constante de la enferma la desazonaba, pero era preferible a la nada porque suponía la prueba fehaciente de que todavía respiraba. Sentada lateralmente sobre la butaca, con el cuerpo apoyado en la barandilla de la cama y los brazos por almohada, la nieta descansó el mentón en una postura que le permitiese vigilar a la paciente. El sueño la acechaba, apostado en los rabillos de sus ojos, pero no quería dormirse.
Sabía que no podía ayudarla más pero, a pesar de todo, no podía evitar preguntarse si aquello era realmente cierto; tal vez estuviera pasando algo por alto, quizás se hubiera olvidado de algún detalle importante. Sabía también que la muerte venía sin manual de instrucciones, pero maldijo que no existieran cursillos o protocolos de actuación para acompañar a los que se están marchando.
Lo peor, sin embargo, era el miedo. Un miedo paralizante y brumoso compuesto de inexperiencia y desconcierto, pero también de culpabilidad. Tardó un tiempo y 3,5 carillas de cuaderno en descubrirlo. De pronto, mientras garabateaba pensamientos prácticamente a ciegas para evitar rendirse al sueño, acudieron las palabras exactas para expresar la inquietud, la congoja, la debilidad: “Perdóname, tú a mí, por no saber hacerlo mejor”.
Por fin, la enfermera apareció con la medicación. Ella devoró con la vista el frasquito transparente como si poseyera cualidades taumatúrgicas. Respiró hondo, repitiendo en voz alta y repitiéndose a sí misma que a partir de aquel momento todo iría mejor. Entonces miró el reloj: había transcurrido apenas media hora. Todavía quedaban seis horas hasta el alba.

De repente, un sonido grave suplantó a los murmullos anteriores en los labios de su abuela.

Qué estupidez que un ronquido consiga hacerte llorar.

viernes, 26 de junio de 2015

Mennesker

Gente que se va de viaje contigo sin apenas conocerte. Gente que te presta cocinas y lavadoras. Gente que te ayuda a mudarte, reiteradamente.
Gente que te descubre cafés y restaurantes. Gente que se deja invitar a casa a cenar cuando tus caseras no están. Gente que desafía los tópicos daneses y te invita a cenar con su familia. Gente que toma cafés con sirope de avellana mientras tú bebes un chai latte a cucharadas dos veces por semana, después de la piscina. Gente que comparte tu amor incondicional por la canela y el té.
Gente con curiosidad e interés por campos ajenos al suyo. Gente que te escucha pacientemente cuando te entusiasmas hablando de barcos meciéndose en olas nocturnas, condes sentenciados a prisiones perpetuas, mujeres con pies invisibles y besos de mármol blanco. Gente que se aprende Los burgueses de Calais de memoria y te permite que le plantees adivinanzas tridimensionales.
Gente que no sabe jugar al parchís contando veinte después de comerse una ficha. Gente que te enseña a jugar al backgammon, a Dixit, a Ticket to Ride y a Bohnanza. Gente que intenta explicarte el funcionamiento de un motor de dos (¿o cuatro?) tiempos cuando lo único que tú ves son las escamas verdes de la espina dorsal de un dragón gigante.
Gente con la que intercambiar canciones. Gente que se va contigo de picnic y acaba metida en el mar tiritando de frío. Gente que recuerda que eres intolerante a la lactosa cuando hace la compra. Gente que te trae galletas desde otro país porque hace mucho que no las comes. Gente que te ofrece su sofá cama para que no seas una sin techo. Gente que roba fruta de la oficina para ofrecértela de merienda. Gente que salta hogueras de San Juan contigo.
Gente que probablemente te habría ido a ver actuar si no se lo hubieses prohibido. Gente que intenta enseñarte a bailar algo que no implique hacer ochos en el suelo o en las paredes (y fracasa indefectiblemente). Gente que te pide que le enseñes a hacer esos mismos ochos frente a un espejo de su sala de estar.
Gente que te acompaña a casa, a pesar de vivir en dirección contraria, para seguir hablando un rato contigo. Gente a la que acompañarías a casa, a pesar de vivir en dirección contraria, para seguir hablando un rato con ella.
Gente que pega llaves de candados de bicicleta a los reversos de postales con tazas de té.
Gente que se percata de que necesitas disciplina y se pasa un festivo trabajando junto a ti en una cafetería mientras escribes. Gente que te cede ideas para cuentos. Gente que te regala cartas de despedida porque sabe que las palabras son uno de tus puntos débiles.
Gente que aparece por sorpresa en un aeropuerto para recogerte a las diez y media de un domingo.
Gente que se confabula contigo para orquestar una sorpresa de despedida para una amiga común. Gente que no se despide de ti porque pronto irá a verte. Gente que te dice adiós con un Bastet de escayola. Gente que, cuando se marcha, provoca accidentalmente que una ciudad entera deje de tener ninguna razón de ser.
Gente que te pregunta cuándo volverás, y que resulta ser la misma que solía preguntarte cuánto te quedarías. Gente que sugiere que alargues tu estancia, gente que te dice que te echará de menos, gente que te pide abiertamente que no te vayas. Gente que te llena los ojos de lágrimas por el mero hecho de que deseen que formes parte de su vida y que son los responsables directos de que dos meses se convirtiesen en seis.
Gente que te dice que trajiste el verano a Copenhague, a pesar de que llegases en mitad del invierno.
Gente para la que no tienes teclas suficientes con las que escribir algo medianamente coherente con lo que darles las gracias.

jueves, 25 de junio de 2015

Eventyr

Érase una vez una ciudad. Se trataba de una de estas ciudades perezosas y letárgicas, que de tanto hibernar se habían vuelto completamente horizontales y planas. Su sol, en vez de vertical, se alzaba diagonal sobre calles empedradas, y cuando se ocultaba una luz lechosa y densa lo invadía todo.
Esta ciudad, además, tenía una peculiaridad que no muchas de sus hermanas compartían: su piel estaba agrietada y surcada por un sinfín de quebradas que, con los años, se habían ido llenando de agua. La ciudad había oído hablar de una de sus primas lejanas del sur, también anciana y arrugada, o de su medio hermana del norte, pero las imágenes que había visto de ambas le habían devuelto un reflejo con el que no se sentía en absoluto identificada.
La ciudad era distinta porque tenía un sueño. Era uno de esos sueños modestos, de los que uno arrulla por las noches antes de dormirse porque no se atreve a perseguirlos durante las horas de vigilia: quería aprender a silbar. Puede parecer un anhelo absurdo y, de hecho, la ciudad se avergonzaba un poco de perder el tiempo con semejantes quimeras. ¡Una ciudad silbando, valiente tontería! ¡Las ciudades no están para eso! Y, sin embargo, cada vez que el viento del norte venía a visitarla y se enredaba torpemente entre sus calles empedradas y sus surcos salados, la ciudad cerraba por un momento los ojos y se imaginaba a sí misma aprendiendo a domeñar aquellas ráfagas caprichosas que la sacudían sin orden ni concierto (nunca mejor dicho, por otro lado). Pero ¿cómo aprender? ¿Quién podría enseñarla? Que ella supiera, no existían manuales para los silbidos urbanos, de modo que se limitaba a pasar los largos meses de invierno sumida en sus ensoñaciones mientras la oscuridad velaba sus fantasías.
A veces la vida cambia de la noche a la mañana. En aquel caso, no obstante, cabe advertir que la noche era tan larga que su transición a la mañana duró unos cuantos meses. En ocasiones, también, las cosas cambian sin que uno sea consciente de que están cambiando. Sucede poquito a poco, con golpecitos pequeños que, de pronto, un día se descubren como virajes de timón que han alterado completamente el rumbo de las circunstancias.
A pesar de que la ciudad tenía mucha experiencia en lances náuticos (al fin y al cabo, el agua era una parte indisociable de ella), era bastante torpe en lo tocante al uso de sextantes y astrolabios. De esta forma no resulta sorprendente que se le fueran pasando, una por una, las indicaciones marcadas en las estrellas. Cabe añadir en su defensa que aquel invierno en concreto el cielo estaba cubierto tan a menudo que hacía muy difícil escudriñar el firmamento.
La primera señal fue un tamborileo constante y monocorde: taca-taca-taca-taca-taca. Procedía de las ruedas de sendas maletas, una grande y otra pequeña, al arrastrarse pesadamente por los pavimentos adoquinados que formaban su piel urbana. Cada traqueteo tenía un timbre distinto, acorde con los diversos tamaños de sus causantes. Inmersa como estaba en su letargo, la ciudad entreabrió un ojo, chistó a la recién llegada para que se callase y siguió durmiendo a plaza suelta.
Después vinieron las incidencias melódicas. Al más puro estilo blitzkrieg, la ciudad empezó a sentirse agitada en los momentos más inesperados por ondas sonoras procedentes de los rincones más variopintos: baladas en hindi, canciones españolas, percusiones orientales… Las guerrillas de redondas y corcheas se apostaban entre la niebla que rodeaba la torre del Rådhus, flotaban sobre sus grietas líquidas y se le colaban entre las dobles ventanas blancas de sus casas. ¡Menuda pesadez! ¡Así no había quien durmiera tranquilo! Como a moscas, la urbe las espantaba a base de farolazos o de estornudos, pero las muy recalcitrantes continuaban asediándola sin descanso.
Por fin, cuando los días comenzaron a crecer y la ciudad empezó a desperezarse y a sacudirse las telarañas que le habían ido creciendo sobre las barandillas, aparecieron los velocípedos. Los velocípedos se desplazaban sobre ella a una velocidad endemoniada, haciéndole cosquillas y provocando que de vez en cuando se le escapasen carcajadas similares al estallido de fuegos artificiales. Pero los velocípedos eran mucho más que plumeros de caucho o rascadores de espaldas: los velocípedos eran domadores de vientos. Cuando las ráfagas de aire del norte se deslizaban alocadamente por las calles de la ciudad, los velocípedos las atrapaban entre los radios de sus ruedas, las retorcían, les imprimían un movimiento giratorio y cuando estaban convenientemente mareadas las propulsaban hacia atrás para que quedasen prendidas de los filamentos del portabultos. De ese modo, los velocípedos llevaban tras de sí una larga estela de brisas y corrientes, céfiros y boreales, hasta el punto de que resultaba complicado establecer si su celeridad provenía de ellos mismos o del viento que soplaba por sus colas.
Lo más importante de todo, sin embargo, era que los velocípedos tenían tripulantes. Los tripulantes estaban acostumbrados al repiqueteo de su equipaje contra los suelos de otros lugares y, a fuerza de viajar, habían amoldado el ritmo de sus pasos al de la percusión de su bagaje. Las guerrillas musicales que tanto habían perturbado el sueño urbano de su nueva residencia no eran sino ellos mismos intercambiando frecuencias en las que reconocerse los unos a los otros como miembros de la misma colonia de aves migratorias. Eran algo así como los cantos de las ballenas.
Los tripulantes, además, sabían silbar. Sabían aspirar aquel aire frío y rebelde que tanto azotaba los costados de ladrillo de la cuarteada ciudad para devolverle de nuevo la libertad convertido en melodías. No se arredraban cuando este los vapuleaba, cuando les abofeteaba la cara al doblar una esquina ni cuando pasaba a su lado ululando sin control y amenazando con hacerlos caer al suelo. Resistían pacientemente, dividían cada torbellino en hebras y los convertían en canciones mansas y dóciles.
La ciudad los admiraba en silencio, similar al de las aguas tranquilas y esmeriladas de Islands Brygge al atardecer. Quizás también los envidiase un poco, quién sabe. Con las ciudades acuáticas uno nunca tiene claro a qué atenerse. El caso es que tal vez por timidez, o tal vez por orgullo, la ciudad se resistía a preguntarles cómo lo hacían.
Por suerte para ella, no le hizo falta: en ocasiones el universo conspira a tu favor. Aquella recién llegada de las maletas, la caminante intempestiva que la había despertado tan desconsideradamente un jueves de enero por la tarde, no dominaba las artes velocipédicas tan perfectamente como el resto de tripulantes. A lo mejor no las había aprendido de pequeña, o puede que sus aptitudes rodantes no fuesen tan buenas como las de sus congéneres. Probablemente nunca lo sepamos, si bien los motivos de su ignorancia no vienen al caso de esta historia.
Lo realmente relevante es que la recién llegada tuvo que aprender ella también a doblegar vientos, a combatir tempestades y a enfrentar muros de aire. Ella también tuvo que plantearse cómo malear un torbellino, cómo redondearlo y cómo domesticarlo para pasearlo tras ella por el borde de un lago o entre bosques habitados por ciervos blancos. Junto a ella, la ciudad observaba. Medía. Calculaba. Comprobaba que la agudeza o la gravedad de una nota dependían de la anchura del hueco por el que transitara, del caudal que lo atravesase y de la presión que adquiriera.
Hasta que un día, por fin, la ciudad empedrada y quebrada se dio cuenta de algo: silbar era mucho más sencillo de lo que creía. Ya tenía los huecos, los canales y los caudales; ahora solamente era cuestión de destreza. Ella, por sí misma, era un órgano horizontal.
La recién llegada, que ya no lo era tanto y que finalmente había aprendido a frenar con los pedales en los semáforos en rojo, se sorprendió un amanecer al escuchar un extraño trino de pájaros junto al Kastellet. No era capaz de reconocer a aquella especie. ¿De qué clase de ave se trataría? ¿Un gorrión, una garza, un cisne? La ciudad, mientras tanto, reía por lo bajo entre gorjeos.
La vida, en efecto, oculta giros inesperados: a partir de aquel momento su canto se quedaría enredado entre los cabellos broncíneos de una sirenita que, seis meses antes, había surcado los mares para ir a buscar a aquella torpe amazona de velocípedos que, por azares del destino, acabaría ayudándola a cumplir su sueño.


miércoles, 24 de junio de 2015

Efterlad

Los lugares se abandonan siempre dos veces.
Un lugar se abandona cuando uno dobla su ropa cuidadosamente, vacía la nevera, cierra la maleta y escucha por última vez el chasquido de la llave girando en la cerradura. En el caso de la que suscribe, estas actividades se reducen a ser encerrada en la oscuridad de una Samsonite durante varias horas.
Sin embargo, un lugar se abandona también cuando comienzan los recuentos de cosas que se han quedado sin hacer y de ocupaciones rutinarias que están a punto de dejar de serlo: todavía no he entrado en ese café, aún no he visitado ese museo, ya no me da tiempo a regresar a aquel parque, este es mi último largo en esta piscina. Los lugares se abandonan cuando se los deja tras la ventanilla de un avión, pero sobre todo cuando uno asume la inminente materialidad de esa ventanilla.
Si aceptamos ese desdoblamiento del abandono, entonces es justo decir que mi ama ya se ha ido parcialmente de Copenhague del mismo modo que, probablemente, todavía no se haya marchado del todo de Venecia. La duplicidad del abandono no implica necesariamente que estos tengan que producirse en un orden determinado, ni simultáneamente.
Según esto, mi dueña empezó a marcharse el domingo pasado. El 21 de junio marca el solsticio de verano, el cambio de estación, un nuevo ciclo. Es, también, una de las noches más cortas del año en unas latitudes en las que, ya de por sí, las noches estivales duran mucho menos que en cualquiera de los sitios en los que hayamos vivido antes. Por todo ello, mi humana decidió no dormir. En su lugar veló la oscuridad con los párpados abiertos en espera de que la luz llegase. Cuando por fin lo hizo, a las cuatro y media de la madrugada, se la encontró encaramada a una de las pendientes del Kastellet, cerca de La Sirenita, con los ojos llenos de telarañas, una cámara fotográfica (y una ardilla) en el bolso y un cuadernillo rojo entre las manos.
El cielo estaba encapotado, corría un vientecillo fresco y solamente se escuchaban los trinos de los pájaros y el rumor de las hojas de los árboles. No había nadie. Copenhague parecía congelada dentro del sueño del Maestro Hora mientras nosotras perseguíamos el caparazón de una Casiopea cuyas letras doradas estaban labradas en rayos de sol. Mi bípeda sonrió al pensar en la ironía de que su propia flor horaria se estuviese consumiendo en aquel preciso instante. Allí estábamos, la ciudad y nosotras, frente a frente tras estos seis meses de galimatías lingüísticos, mudanzas y chai lattes, sosteniéndonos la mirada y estrechándonos cordialmente las manos como buenas camaradas de armas. Y todo estaba bien. Copenhague asintió levemente. Podíamos irnos.
Regresamos a casa caminando sin prisa, recorriendo parsimoniosamente los escenarios principales de nuestra existencia danesa mientras el día continuaba clareando a nuestras espaldas. Con las puntas de los dedos, mi ama iba recogiendo uno por uno recuerdos desperdigados aquí y allá; no es de buena educación dejar tus memorias tiradas por ahí cuando te marchas. Además, ese será el último presente con el que nos obsequie Dinamarca. No todo van a ser galletas de mantequilla y rollos de canela.



martes, 23 de junio de 2015

Galehus (II)

Recuerdo con nostalgia los tiempos en los que solía pensar que mi ama tenía suerte con sus hogares. Está claro que la buena fortuna inmobiliaria no nos ha acompañado hasta Dinamarca; la muy perezosa debe de haberse quedado en el sur, que hace más calorcito.

Estos dos meses y medio han sido… peculiares, por llamarlos de algún modo. Al igual que con la primera casa de locos, he tardado mucho en decidir si merecía la pena hablar de ello o simplemente dejarlo pasar, pero en vista de la escalada del nivel de absurdo de las últimas jornadas he optado por dejar de resisitirme. Dado que contar todas nuestras aventuras en una única entrada resultaría larguísimo y tedioso, las he dividido por capítulos y las he agrupado bajo su propia pestaña (en la parte superior, a la derecha de Storie Veneziane), a la que se puede acceder también haciendo click aquí. Espero que disfruten ustedes leyendo nuestras peripecias en modo inversamente proporcional a lo que nosotros nos divertimos viviéndolas.