jueves, 7 de septiembre de 2017

Counting Blessings

–Tienes muchos amigos, ¿verdad? – Sonaba casi a reproche.

Ella dio un respingo y se detuvo un momento a recapacitar. Desde el otro lado de la habitación, yo casi podía escuchar sus pensamientos: ¿Qué quería decir esa pregunta? ¿Cuántos amigos son muchos? ¿Cómo se mide eso?

La amistad es una de esas virtudes de los humanos que los vuelve ligeramente más soportables. Hay algo de mágico en esos vínculos invisibles que unen a bípedos a través de la distancia y de las estaciones y que, pese a ambas, se mantienen inmutables. Creo que nunca dejaré de maravillarme de lo emocionante que resulta presenciar el reencuentro de dos personas que hace tiempo que no se ven y que, cinco minutos más tarde, parece que jamás llegaron a separarse. En este lustro que llevo observando a los simios, erráticos y volubles como son, he llegado a la conclusión de que cada uno de estos lazos constituye un pequeño milagro.

Sé que no es la primera vez que digo esto, pero mi dueña tiene suerte. Quizás bastante más de la que objetivamente se merece, simplemente porque me cuesta creer que se pueda concentrar tanta buena fortuna en el mismo individuo. Su camino, que en parte también es el de Sinnombre y el mío, ha estado siempre transitado por humanos extraordinarios de paciencia infinita. Lo sorprendente del asunto, que conste, no es que la gente buena exista, sino que, por algún motivo inexplicable, no salgan huyendo en dirección opuesta en cuanto conocen más a fondo a mi ama. Sí, sé que esta frase también es repetida, pero de veras que una cosa es aguantarla un ratito y otra muy distinta tenerla de compañera de piso.   

Ayer hizo exactamente un año desde que recibimos a nuestra primera visitante en lo que entonces aún prometía ser un refugio y finalmente acabó siendo un escenario de pesadilla. En estos doce meses hemos tenido el honor de dar la bienvenida a doce invitados (más otros seis en tránsito igualmente importantes) y, se mire por donde se mire, estoy absolutamente admirada de que tantos bípedos se hayan tomado la molestia de acercarse hasta esta esquinita remota de la isla para pasar un rato con nosotras. Cuando pienso que hay gente que se ha cruzado un océano o medio continente para arrancar dos años de nuestros respectivos calendarios, o gente que ha venido en pleno diciembre pese a que odia el frío y las nubes, o visitantes reincidentes, me planteo cómo bellotas podrá mi humana devolver alguna vez todo este cariño. Desde que se marchó vive permanentemente con la sensación de que no tiene tiempo suficiente para cuidar a todo el mundo del modo en que le gustaría, y empieza a ser recurrente el sentimiento de culpabilidad al descubrirse incapaz de recordar una fecha, un evento concreto o que a una de sus invitadas no le gusta el plátano. Sé que a veces la angustia la idea de que alguien considere que ha sido olvidado.

La sabiduría popular dice que quien mucho abarca, poco aprieta. Desconozco si esta máxima es aplicable a la capacidad humana para establecer relaciones profundas entre semejantes, pero me surge la duda de si ese sería el juicio implícito en la pregunta que le hicieron a mi dueña. En cualquier caso, resultaría absurdo instaurar cuotas: ¿cómo no intentar retener a todas aquellas personas que valen la pena?

Yo tampoco sé calcular si mi ama dista mucho de la mediana estadística en lo que respecta a atesorar amigos, pero querría pensar que no se trata tanto de valores cuantitativos como cualitativos. Sean muchos o pocos, estén lejos o vivan en el apartamento de abajo, lo fundamental es que entre todos van logrando mantenerla cuerda, y les estoy tremendamente agradecida por ello porque bastante rarita es ya sin tener que ponerle una camisa de fuerza. Así que gracias a todos los que han venido, gracias a todos los que están viniendo, gracias a todos los que vendrán. Gracias a todos los que ya están aquí, a los que se lo están pensando, y a los que no contemplan estarlo pero encuentran otros modos de materializarse. Pese a mi proverbial misantropía, reconozco que es bonito tener tu vida llena de pequeños milagros.

Feliz cumpleaños, visitante número 001.

martes, 29 de agosto de 2017

Peeping Tom

Mira por la cerradura. Del otro lado hay una luz cálida y amarilla penetrando sesgadamente por la ventana de doble hoja para reptar perezosamente por la madera del suelo. El cielo azul se refleja en el espejo del cuarto, que se obstina en imitar el brillo del sol. Desde fuera se cuelan algunos trinos de aves y risas de niños que, a veces, son intercambiables. El silencio del espacio se adapta y moldea a sus inflexiones, expandiéndose y contrayéndose para hacerles un hueco a su lado.

Sigue observando. La estancia está llena de tiempos felices: tres cuartos de hora de esperanza, cuatro minutos y cuarenta y dos segundos de alegría desbordante, hora y media de borboteo reconfortante que huele a refugio y a memorias, tardes que se vuelven noches de conversaciones frente a una taza humeante. Una humana y dos ardillas custodian y recopilan estos instantes para rellenar las bombonas de oxígeno con las que la primera logra respirar hondo del otro lado de las trece puertas que la separan del exterior.

A continuación fíjate más detenidamente: a nuestro alrededor flotan palabras. Etéreas, invaden el aire con la misma liviandad que si cabalgasen sobre pompas de jabón. Nos rozan la coronilla, la punta de las orejas y el extremo de la cola antes de desvanecerse en gotitas invisibles que dejan el eco de un perfume tras de sí. En ocasiones se nos posan sobre los hombros y los hocicos, pero enseguida se escabullen, juguetonas, si intentamos capturarlas. Si solamente tuviéramos una pluma lo suficientemente ligera para perseguirlas y un soporte al que fijarlas sin asfixiarlas... A las palabras, ¿sabes?, hay que cuidarlas sin intentar poseerlas. Son un poco felinas, así que son ellas las que te eligen y las que deciden cuál es el momento adecuado para tenderse a ronronear sobre tu regazo.

Aléjate del ojo de la cerradura, incorpórate y parpadea. ¿Lo ves ahora? Tu lógica te engaña; no vivimos solas. La soledad es un estado mental: no se convive con ella, sino que es ella quien habita y se alimenta de ti, si la dejas. Tras nuestra puerta de madera con números plateados cabe un universo densamente poblado. A fin de cuentas, donde sueñan tres, sueñan cuatro. Por eso, si quieres visitarnos, trae un candil encendido que disipe las nubes, un cazamariposas que enrede condicionales, una clepsidra que funcione con endorfinas… y zapatos de baile.


miércoles, 19 de julio de 2017

Antaeus

Ha llegado el momento. Es de nuevo esa época del año. Hay días en los que las mañanas amanecen soleadas, con cielos profundos que invitan a escrutar el horizonte en busca de presentimientos marinos y con ráfagas de viento templado que hablan con voz de gaviota. Días de atardeceres pausados y dilatados pintados de amarillo en los que la vida parece relajarse y respirar hondo mientras los rayos de luz se cuelan irregularmente entre el follaje a la orilla del río.

Es el momento de las intuiciones de alegrías inminentes, de las visiones en sueños, del anhelo de paisajes, brazos y sabores, de los gritos silenciosos que nos llaman a 2000 kilómetros de distancia y de los sedales invisibles que tiran de nosotras desde el extremo primigenio de la caña. Es la estación de las golondrinas que se lanzan en picado cual proyectiles emplumados y de las humanas disociadas que navegan por su rutina sin apenas rozar el suelo.

Queda todavía una semana hasta el próximo martes. Faltan siete días, ochenta largos acuáticos, veinticuatro kilómetros pedaleando, tres horas de autobús y dos horas y media de vuelo. Y todas estas cifras, absolutamente todas, son irrelevantes porque desde hace días el espíritu de mi ama está custodiando un pedacito del suelo de la plaza en la que no pudo estar el año pasado. Su presente le importa bastante menos que ese retazo de futuro que se perfila ante ella como una promesa de que su ciudad -su eje- aún la espera. Serán ese suelo y esa piedra los que la mantendrán en pie los próximos 365 días porque mi dueña, pese a que mida mucho menos que un gigante, merecería llamarse Anteo. 

jueves, 6 de julio de 2017

A Midsummer Night's Dream

El verano ha llegado a Norwich. O eso dicen porque, al menos nominalmente, en esta isla también cambian de estación traspasada la frontera del solsticio. Que la estación en cuestión se entere del cambio y actúe en consecuencia ya es harina de otro costal. Las temperaturas otoñales y la mojadura que se agarró mi dueña sobre su bici la semana pasada dan fe de que, como en tantas otras áreas, los isleños son expertos en marketing climatológico. Pero hoy no estoy aquí para hablar del tiempo. Por mucho que sea el deporte nacional británico hay temas mucho más interesantes que tratar como, por ejemplo, la luz.

Cuando estábamos en Dinamarca mi dueña dio por hecho que jamás viviría en un lugar tan al norte y, por ende, con una oscilación tan grande entre las horas de luz y las horas de oscuridad. Para marcar tal hecho, y a modo de despedida, en la noche más corta del año decidió permanecer despierta y dar la bienvenida al amanecer junto a la Sirenita a eso de las 4 y media de la mañana. 

Dos años median entre aquel solsticio y ahora y, como entonces, este junio mi ama intentó repetir la hazaña la víspera de San Juan para compensar el no tener una triste hoguera que llevarse a los pies. Fracasó. El agotamiento de la semana pudo con ella y claudicó a las tres de la mañana, tan solo hora y media antes del amanecer.

La cuestión es que mi humana, que creía que tal vez nunca tendría otra oportunidad de experimentar una noche tan corta, se equivocaba (para variar). Hoy, 6 de julio, la diferencia en cantidad de horas de luz entre Copenhague y Norwich es tan solo de 35 minutos. Menos mal que no se gana la vida como pitonisa...

Vivir dos inicios de verano en estas condiciones ambientales hace que esta ardilla se plantee ciertas cosas. Me parece que es la primera ocasión en mi vida de roedor que recibo la llegada del estío con cierta melancolía porque soy más consciente que antes de que a partir de ahora los días van a ir menguando velozmente hasta las largas noches de diciembre y enero. También siento como pocas veces la urgencia de aprovechar cada momento de luz porque lo percibo como un bien escaso y, pese a que no soy animal de zonas cálidas, confieso que yo también aguardo con impaciencia nuestro próximo regreso a la tierra natal de mi bípeda, donde las jornadas terminarán aún más tarde que aquí.

Esto me lleva, precisamente, al siguiente punto del orden del día: la distribución lumínica por horas. Como es bien sabido, la patria de mi dueña y esta isla se rigen por husos horarios distintos. En tiempos recientes ha habido cierta controversia respecto a este asunto puesto que, si nos atenemos a la geografía, ambas naciones deberían vivir en el mismo huso. Algunas voces peninsulares han propuesto adoptar el horario isleño en aras de una mayor armonía con los ciclos naturales del día y la noche con el objetivo de modificar ciertos hábitos de conducta nacionales.

Actualmente en Norwich amanece sobre las 4:30 de la mañana. Esto implica que hay luz desde muy temprano y, por segundo año consecutivo, los patrones de sueño de mi dueña (y los míos) están alterados aproximadamente desde marzo. Nos despertamos con mucha mayor frecuencia durante la noche y, cuando nuestro cerebro percibe que hay luz alrededor, nos impele a activarnos y a ponernos en pie aunque no hayamos descansado lo suficiente. Nunca la había visto llegar al trabajo veinte minutos antes de la hora simplemente porque se aburre en casa.

Lo más peliagudo de este asunto, al margen de que tengamos los biorritmos revolucionados, es el modo de vida isleño: transcurre completamente a espaldas de las fluctuaciones lumínicas. Esto implica que cuando un bípedo rosita abre su café en verano, a eso de las 10 de la mañana, ya lleva desperdiciadas cinco horas y media de día y cuando lo cierra para irse a su casa, sobre las 17, le quedan aún más de tres horas y media de luz. Por la tarde aún es factible que se salga a tomar algo en el jardín de algún pub, pero la absoluta inutilidad de las horas iniciales del día me resulta profundamente frustrante, especialmente sabiendo que tenemos entre garras un bien escaso.

Por todo esto, y tras darle muchas vueltas, he llegado a la siguiente conclusión: estoy de acuerdo con aquellos que sostienen que la patria de mi dueña y nuestra isla deberían estar en el mismo huso horario. No obstante, he aquí una propuesta innovadora: ¡hagamos que sea la isla la que adopte el huso continental! De ese modo en verano amanecerá a las 5:30 y anochecerá a las 22:30, todos dormiremos mejor y desperdiciaremos menos luz que nadie emplea provechosamente. A fin de cuentas, considerando que aquí lo del invierno no tiene mucho arreglo, por lo menos enmendemos el verano. A lo mejor, si empezamos por ahí, el día menos pensado la estación nos sorprende y por fin empieza a comportarse como tal.

miércoles, 21 de junio de 2017

Happy Unbirthday

Es curiosa la forma que tienen los simios de conmemorar el paso del tiempo. Celebran los aniversarios de los acontecimientos importantes de sus vidas como los nacimientos, las defunciones, los matrimonios, los primeros besos, las liberaciones de ejércitos enemigos o cualquier otra efeméride relevante que se les ocurra. Para una ardilla cuyas jornadas se desgranan siempre del mismo modo, la obsesión bípeda por las clepsidras ha sido siempre uno de los aspectos más complicados de entender.

Entre tanto monumento a la memoria privada y colectiva, hay un fenómeno que he observado repetidamente desde que me incorporé a las idas y venidas de mi ama: los dobles cumpleaños. Todo bípedo tiene una fecha de nacimiento oficial, esa que aparece meticulosamente registrada en sus partidas de bautismo, pasaportes y documentos de identidad. Algunos simios, no obstante, poseen también un fecha oficiosa. Mi dueña, sin ir más lejos, es una de ellas. Pero tal vez debería explicarme mejor.

Hay una pregunta que se repite con mucha frecuencia entre los simios migratorios, independientemente del país en el que vivan: “¿cuánto llevas aquí?/¿Cuándo llegaste?”. Quizás la única excepción a la regla, por el momento, sea Dinamarca, donde el interrogante se invierte y se transforma en “¿Cuánto tiempo piensas quedarte?”. Se trata de una curiosidad razonable porque es un modo de estimar el grado de adaptación al entorno o de inexperiencia de tu interlocutor. Lo que me llama poderosamente la atención son las tipologías de respuesta: la mayoría de las ocasiones se contesta con una fecha concreta (“Llegué el 14 de octubre de 2009”) o se expresa el tiempo que falta hasta llegar a dicha fecha (“El 31 de mayo hará dos años que me vine”). La precisión con la que se cita el dato resulta llamativa; solamente faltan la hora y el número de vuelo para poder reconstruir íntegramente el periplo de ida.  

Como tantos otro bípedos, la humana que custodio posee sus propias efemérides viajeras. Varias, de hecho, porque si se para a pensarlo todavía es capaz de recordar los días exactos en los que llegó a Nueva York, a Venecia o a Copenhague, y los días en los que se marchó. Así es como surgen los segundos cumpleaños de las personas: reiniciando tu vida una o varias veces.

Los humanos deslocalizados son unos excelentes contables de tiempo. Sospecho que dejar tu mundo atrás es un evento lo suficientemente destacado como para justificar que las cuentas se lleven al milímetro. De hecho, me pregunto hasta qué punto esas fechas no marcan el aterrizaje en una nueva realidad, sino la partida del hogar (señalan ambas cosas, desde luego, pero probablemente los porcentajes no sean equitativos). Intuyo, también, que no perder el hilo de la ausencia es una forma de mantener un vínculo mental con esa tierra que sigue latiendo del otro lado de la ventanilla. Aferrarse al punto de inflexión es un mecanismo profundamente simio porque no hay nada más humano que intentar aprehender lo inaprehensible.

Por otro lado, ignoro si tras una estancia prolongada los calendarios llegan a difuminarse de tal manera que resulta imposible recordar cuándo se produjo el cruce de fronteras. No me sorprende que a mi dueña le de un poco de miedo averiguar los efectos de los relojes sobre los almanaques: teme que el intervalo entre la fecha de inicio y el presente se distancien tanto que deje de tener sentido contabilizar su duración. Ella también es de esas personas que responde a las dos preguntas citadas más arriba con una fecha determinada. En su cabeza, perder la cuenta equivaldría a una renuncia tácita al retorno. Ya ven ustedes, ni siquiera como emigrante es original.

Hoy se cumple un año de nuestra llegada a Norwich. Hace 365 días solicité para mi ama un cargamento de migas con las que no perderse por el camino. Poco sabía yo que aquella era también una petición nutricional porque en esta isla no saben hacer pan de verdad, pero ese es otro tema. De lo que no era consciente entonces era de que estaba enfocando las cosas del modo equivocado: los recuentos no deberían hacerse progresiva sino regresivamente. No se trata de ir sumando momentos de ausencia a partir de una fecha concreta; el juego no consiste en decir “hoy hace tanto que me fui”, sino al revés. Nuestro corte tuvo lugar el 20 de junio de 2016 y desde ese día lo que deberíamos hacer es descontar: cada veinticuatro horas falta una jornada menos para el retorno definitivo, sea cuando sea, transcurran meses o años. Puede parecer una distinción irrelevante en lo que al tiempo transcurrido se refiere, pero entre ambas oraciones hay una diferencia fundamental: la primera mira hacia atrás con nostalgia; la segunda, hacia adelante con esperanza.

Así pues, hoy no hace un año que nos marchamos.

Hoy queda un año menos para que volvamos.

[Por mi parte, este otoño cumpliré cinco años persiguiendo a mi humana, y no sé qué me inquieta más, si el llevar tanto tiempo en compañía de semejante engendro disfuncional o el estarme humanizando hasta el punto de haber hecho los cálculos – la cosa es que, por ahora, no me sale decir “quedan cinco años menos para librarme de ella”].  

domingo, 11 de junio de 2017

Grocery Shopping (II)

Los lectores asiduos de este blog recordarán que en una entrada reciente narré las fatigas que pasamos a principios de este año a causa de la crisis de verduras y hortalizas que recorrió la isla y cómo, a consecuencia de ello, mi dueña se transformó en coleccionista de calabacines.

Esto último, en realidad, no es completamente exacto: el ansia acumuladora de mi humana no es nueva, como sabrá cualquiera que la conozca personalmente. Mi simia colecciona cosas de lo más variopintas, desde libros a variedades de té, pasando por puntos de lectura o postales, y cosas completamente innecesarias, como tarritos de cristal vacíos, velas perfumadas que nunca se acuerda de encender o un sinfín de cajitas de lentillas (solamente tiene dos ojos, ¡¿cuántos envases pretende usar simultáneamente?!).

En el caso que nos ocupa esta tendencia congénita se traduce en la necesidad constante de hacer acopio de vituallas. No importa que la despensa ya esté llena para el resto de la semana: siempre habrá sitio para otras tres latas de atún, medio kilo de kiwis y un kilo de arroz, no vaya a ser que se le terminen al mismo tiempo el arborio y el basmati y encima aparezcan invitados a cenar. ¡Tal eventualidad supondría una deshonra para ella! Pese a todo, debo decir en defensa de mi bípeda que rara vez se le pone algo malo, aunque no es la primera vez que algún amigo, una servidora y SinNombre (sí, todavía no hemos bautizado a la ardilla roja, ¡necesitamos ideas!) le echamos una mano para acabar existencias.

Entre sus rituales de abastecimiento habituales, mi dueña ha adoptado la costumbre de comprar una vez al mes a través del portal de una cadena de supermercados isleña que le trae el pedido a casa. Suele aprovechar para encargar los artículos más pesados con el objetivo de ahorrarse cargar con ellos a la espalda. Hasta aquí todo bien. El problema surge cuando las personas responsables de gestionar las solicitudes de los clientes cometen algún error y la clienta en cuestión es mi humana, porque entonces una simple transacción comercial deviene en sainete o en tragedia griega, según.

Situémonos en un tranquilo lunes por la noche. Mi ama ha vuelto de nadar, sus ardillas dormitan plácidamente en el sofá y la cena está casi lista. El repartidor del supermercado llama al telefonillo, llega hasta nuestra puerta, entrega a mi bípeda la lista de artículos y ella recoge uno por uno sus cartones de leche, las redes de naranjas y los pomelos que ha adquirido esa semana. El repartidor y ella se dan las gracias mutuamente, como es prescriptivo en este país, y cada uno retorna a sus respectivas ocupaciones.

Dos días más tarde en el extracto bancario de mi simia aparece un cargo adicional a nombre del supermercado que no se corresponde con ningún pedido reciente. Tras una somera investigación, mi dueña repara en que en el justificante entregado por el repartidor, y que ella no leyó detenidamente en su momento, pone que le han servido 49 kilos de pomelos y por lo tanto le están cobrando la diferencia con respecto a su pedido original. 49 kilos, no obstante, repartidos en las siete unidades que encargó, es decir, que basándonos en los cálculos del supermercado cada pomelo pesa siete kilos.

Siendo evidente que ni nuestra nevera ni mi bípeda habrían sido capaces de soportar tamaña carga, esta última se apresuró a llamar a la centralita de atención al cliente para dar parte de la situación. Tras media hora de explicaciones y de mucha confusión por parte de la pobre telefonista que no acababa de entender que sus compañeros nos hubiesen entregado un cargamento de pomelos de plomo, mi dueña logró que le pidiesen disculpas y le devolviesen el importe cobrado por equivocación.

Unas semanas más tarde mi simia volvió a realizar un pedido online. Confiada en que el error se habría subsanado a raíz de su llamada, encargó nuevamente provisiones de pomelos pero esta vez, escarmentada, comprobó el justificante de compra que le enviaron por correo electrónico unas horas antes del reparto. Para su sorpresa, ahora sus ocho pomelos pesaban 64 kilos y los del supermercado se habían quedado tan anchos. Además, la inmediata llamada a la centralita resultó ser completamente inútil porque la telefonista la informó amablemente de que hasta que no se hubiese efectuado el reparto ellos no podían hacer nada al respecto.

Ante semejante despropósito, cuando los repartidores llegaron aquella noche a nuestra puerta mi bípeda les explicó amablemente que no estaba interesada en 64 kilos de fruta y que por lo tanto prefería no aceptar esa parte del pedido. Los repartidores consideraron bastante justo que una de sus clientas no desease llenar su casa de cítricos, y procedieron a notificar la devolución del producto. Mientras ellos conversaban, yo intentaba imaginarme cómo serían los árboles de los que pendiesen tales frutas, dado que a ocho kilos por pieza las ramas deberían ser como mínimo de acero. De hecho, llegué a la conclusión de que casi era una pena que no nos hubiesen traído de verdad 64 kilos de pomelos porque al precio que nos los cobraban aún podríamos haberlos revendido y sacado beneficio.  

Entonces, en un giro inesperado de los acontecimientos, tras gestionar la devolución de la compra ambos repartidores le dijeron a mi dueña que ya que los ocho pomelos de la discordia habían salido del centro de distribución podía quedárselos como disculpa por las molestias. Mi ama se mostró renuente a aceptarlos porque le parecía poco ético quedarse con un producto que acababan de reembolsarle (y porque recelaba de que acabasen acusándola de apropiarse de la mitad de las existencias de cítricos de East Anglia), pero acabaron por convencerla.

Desde esta aventura, y ante el riesgo de que los del supermercado aparezcan con un volquete lleno de fruta, mi ama ha dejado de comprar pomelos online. Su rutina de aprovisionamiento presencial ahora supone algo más de peso, pero al menos todavía no le han vendido una manzana de diez kilos. 

Hace dos semanas nos trajeron nuestro último pedido a domicilio. La ceremonia fue la misma de siempre y, dado que no compramos pomelos, mi ama se detuvo a charlar animadamente con el repartidor, quien le hizo entrega de la lista de artículos y le tendió la PDA para que firmase la recepción de los mismos. Entre otras cosas, habíamos encargado ocho litros de leche. Llegaron siete. Mi humana estaba tan entretenida parloteando que no se dio cuenta del fallo cuando aceptó la entrega, así que en esta ocasión no puede reclamar.

Dicen, y suscribo, que el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra. Mi simia no solo da tres o cuatro traspiés en el mismo canto rodado, sino que además lo recoge y se lo lleva para casa. ¿No hablábamos antes de coleccionismos innecesarios? ¡Por lo menos las cajas de lentillas tienen cierta utilidad!     

miércoles, 31 de mayo de 2017

In memoriam

Hace un año volví a casa por la noche y habías salido. De pie en la cocina, bañada por una luz blanca semejante a la de un quirófano, sentí que un temor sordo, irreal y tenso se apoderaba de mí. Aquel mes de mayo desquiciante y angustioso había venido para llevarse a alguien por delante y, en su avance ciego, te había elegido a ti.

Han sucedido muchas cosas en este año que te has perdido. Te marchaste sabiendo que me aguardaban otro país y un nuevo trabajo. Cuando te enteraste, apenas cuatro días antes del cataclismo, me abrazaste, me diste la enhorabuena y me preguntaste si estaba contenta. Dudo que a ninguna de las dos se nos pasase por la cabeza que tú te irías antes que yo. 

Me fui, sí, escasamente tres semanas tras tu ausencia, con un nudo inmenso en la garganta y una maleta llena de culpabilidad: qué hacía yo en un avión si mi lugar estaba en tierra, prestando brazos y hombros. Esta vez no era solamente una emigrante sino también una desertora y, como tal, merecedora de un escarmiento: fui sentenciada a la humedad y al frío o, lo que es lo mismo, al recordatorio continuo de que estaba lejos de cualquier cosa vagamente parecida a un hogar. En el fondo, probablemente sintiese que se trataba de una penitencia justa.

Un trasplante de realidad tan repentino hizo que tardase un tiempo más largo del habitual en asimilar que la rutina había cambiado radicalmente del otro lado del Skype. Era tentador, cómodo y sencillo cumplir con mis obligaciones diarias sin pararme a pensar. Tan solo en momentos determinados, a veces sin venir a cuento, me golpeaba la conciencia del vacío, y un escalofrío de incredulidad y de desazón me subía por la espalda.

Desde que ya no estás he transitado por calles que nunca antes había pisado, he conocido a personas maravillosas que me han adoptado sin reservas y he contemplado cielos profundos que invitan a mantener la esperanza en futuros todavía por escribirse. En este año sin ti he descubierto que las masas que nunca preparamos juntas se me dan algo mejor de lo que pensaba y me pregunto si quizás, sin saberlo, lo habré sacado de ti. Sigo recordando tus historias sobre parientes que no conocí y sobre guerras que no viví, y todavía no he olvidado el timbre de tu voz. Tu paraguas verde me protege de la lluvia en los días grises y, puestos a apropiarme de cosas, también he plagiado tus recetas: hago croquetas con mayor frecuencia que antes, ya casi sé adobar salchichas y quizás algún día me atreva con la pepitoria. Soy igual de testaruda, orgullosa y egoísta que cuando te fuiste, e igual de impía. Tengo más canas y más arrugas pero sigo sin ser capaz de cortarme las uñas de la mano derecha con las tijeras, así que empiezo a sospechar que nunca valdré para casada. Sigo llenando cuadernos de tinta de colores y sigo bailando con mis propios fantasmas. En mi pequeño universo de papel y palabras te he buscado un nuevo oficio para que no te aburras porque, a fin de cuentas, siempre dijiste que era una cuentista. No sé si te gustaría tu versión de celulosa, pero no poseo otra manera de redimir y de redimirme.

En definitiva, abuela, quería decirte que estoy bien. Sé que no resulté la nieta que te habría gustado que fuera, pero quisiera pensar que he ido saliendo a flote. Aunque el navío no sea como habrías deseado, doce meses después del último naufragio su casco está calafateado con tus recuerdos.