sábado, 5 de marzo de 2016

In somno veritas

Ayer mi ama soñó con vos. Lo sé porque soy una ardilla muy sufrida y me despierto con facilidad. Hacía tiempo que no le pasaba, cosa que resulta bastante comprensible porque sus sueños suelen girar en torno a sus peripecias cotidianas, y vos hace mucho que no intervenís en ellas.
La capacidad onírica de los bípedos es algo que siempre me ha fascinado. Será que cuando convives con una humana que te narra sus ensoñaciones noche sí y noche también tienes que entretener tus horas de vigilia de algún modo, y la interpretación de los sueños es un tema igual de válido para psicoanalistas barbudos que para roedores desvelados.
En ocasiones mi ama sueña con personas lejanas con tal intensidad que al despertar todavía es capaz de evocar su tacto, sus voces, su olor o incluso su sabor. A menudo me pregunto si, dada la rareza de los homo sapiens, semejante sinestesia es recíproca: si soñar con alguien implica que ese alguien también está soñando contigo. Sería bonito que así fuera, que bastase con cerrar los ojos y dejarse llevar para acortar el espacio entre la gente que quieres. Es una de las pocas cosas que estaría dispuesta a envidiar de estos simios pelones (por no mencionar el ahorro en billetes).
Permitidme, pues, realizar una pequeña comprobación a este respecto: mi dueña, en efecto, soñó con vos anoche. Sí, con vos, que me leéis pese a que no os atreváis a escribirme. No os preocupéis, sé que os caigo bien. La incógnita es si vos también la soñasteis a ella, si al recuperar la consciencia todavía recordabais haberla tocado y haberos reído juntos (algo que, visto desde fuera, doy fe de que puede dar incluso miedo).
Si no os molesta, por favor sacadme de dudas dado que, en el fondo, desearía que mi teoría fuese cierta. “¿Por qué?” os preguntaréis (quizás). Además de porque me gusta tener razón, porque sé que en su sueño mi ama os abrazó y os dijo que os echaba de menos, y me parece muy triste rodear con tus brazos el vacío que ocupaba alguien que ha dejado de extrañarte a ti.

viernes, 4 de marzo de 2016

(...) prós que viron chorar unha nena, prós que viron un barco marchar!

El capitán miró más allá de la proa del navío. A su espalda, los marineros bostezaban ociosos sobre la cubierta. Hacía dos días que el viento se había quedado sin fuerzas para soplar y las velas pendían desmadejadas, como colgajos inútiles, a la espera de que Céfiro viniese a enredarse entre ellas. El calor del estío golpeaba la quilla y se colaba, preñado de humedad, por las troneras de las baterías, empapando las camisas de la tripulación.
Más arriba, sobre el palo mayor, un grumetillo metido a vigía oteaba incansable un horizonte mudo. El sol caía en perpendicular sobre la lisa superficie del agua, arrancándole destellos intermitentes a distancias dispares. El capitán apartó de su mente el recuerdo ominoso que estos le inspiraban: náufragos desesperados provistos de cristales rotos a guisa de espejos; tan pronto podían suponer tu salvación como aliviarte ad aeternum del peso de tu alma.
Lo peor de la calma chicha, pensaba, no eran el tedio, ni la pesadez de la canícula o la humedad pegajosa y salada que parecía envolverlos como si hubiesen sido lamidos por una bestia gigante. Sin lugar a dudas, lo peor de todo era la incertidumbre de la espera; no saber cuánto tiempo transcurriría hasta que las velas volviesen a hincharse. Horas, días, semanas... Recordó que era menester imponer cierta mesura que racionase los alimentos y el agua en previsión de una parálisis prolongada.
Se volvió hacia la marinería. Eran hombres aguerridos y leales, curtidos en innumerables lances. No temía por su desgaste físico sino por un enemigo mucho más temible y sibilino: el desaliento. Qué hermosa palabra, se dijo fugazmente, que encapsulaba a la perfección la imagen de una apnea apenas perceptible, casi como un suspiro letal. Le preocupaba que aquella calma pudiese tener mayor capacidad torácica que cualquiera de ellos porque los vientos, tarde o temprano, siempre regresaban, pero él los había visto soplar sobre cadáveres. 
Como de costumbre, el sopor y la inacción traían en sus clepsidras, entre otras cosas, momentos de introspección. Resultaba mucho más complicado meditar sobre el tempus fugit con los cañones retumbando de fondo o con el oleaje barriendo furiosamente el castillo. En su camarote, al reparo del sol, el capitán escuchaba el quedo clac clac del agua contra el casco y viajaba mentalmente hasta los canales de la Serenissima, donde una dama embozada se apeaba de una góndola de felze negro acompañada del frufrú discreto de su vestido. Otras mareas, otras estaciones.
Sus misiones lo habían llevado desde las costas de la República hasta los lejanos puertos de las Indias pasando por las gélidas aguas del Mar del Norte, sin recalar jamás en Ítaca. Había visto perecer y claudicar a otros compañeros mientras que él, por quién sabe qué caprichosos designios del Destino, había logrado sobrevivir. Su áncora jamás había servido de criadero de corales puesto que rara vez permanecía echada más de unos meses antes de volver a zarpar. Ahora que sus sienes comenzaban a encanecer el marino bendecía que no hubiese una esposa aguardándole del otro lado de las galernas, ni retoños a los que no ver crecer entre cada retorno. Se felicitaba con la misma efusividad de quien se ha persuadido de que su suerte es la mejor de las posibles por no condenarse a la amargura de saberse insatisfecho.
Sobre su mesa, las cartas de navegación se desplegaban perezosas e indolentes. Tras una ojeada distraída, el capitán las apartó con gesto hastiado. Frente a ellos, más allá de ese horizonte que el grumete escudriñaba infructuosamente, existía la tierra. No necesitaba catalejos ni mapas para saberlo. Había oído hablar de varias de ellas en largas conversaciones a altas horas, a la luz de velas, cuando el vino difuminaba los contornos de los rostros y mezclaba las voces. Ninguna representaba una perspectiva halagüeña. Las había evitado deliberadamente en el pasado, cuando todavía quedaban fondeaderos y bahías ignotos por explorar, pero si aquella endiablada bonanza duraba demasiado la falta de víveres los obligaría a refugiarse en alguno de esos muelles.
¿Provisionalmente? Resopló con sorna. Si algo había aprendido el capitán a lo largo de sus años de servicio, es que hay transiciones que devienen permanencias. Incluso el nomadismo es un hábito crónico. Si precisamente había rehuido aquellas ensenadas durante tanto tiempo era porque se le antojaban un kraken de tierra firme: una vez entre sus tentáculos sería casi imposible zafarse. Tal vez su inquietud fuese también reflejo de aquella inmovilidad forzosa, pero el murmullo intimidante del mar no hacía sino devolverle, amplificados, sus propios interrogantes: ¿De qué habría valido presentar batalla, haber puesto tus brazos a disposición de esta o aquella armada, para rematar tus días sellando legajos en una aduana? ¿A qué sacrificar casa y patria, juventud y pujanza, para regresar al punto de partida? ¿No era esa una forma mucho más sutil de capitulación?
Pero ¿acaso podía permitirse el lujo de no rendirse? Apretó los dientes y crispó los puños sobre la mesa. ¿Y su tripulación? No podía someterlos a una deriva perpetua bajo la promesa, quizá ilusoria, de hallar una rada más benévola en la que atracar. Podría ser que esta no llegase nunca y los cantos de sirenas no hiciesen sino precipitarlos hacia escollos en los que zozobrar. ¿Qué derecho tenía él a exponerlos de aquel modo? ¿Por qué habrían de pagar ellos por su tozudez y su orgullo? Y si, pese a todo, así fuera, ¿cuánto tiempo lograría mantener la impostura que ocultase su total ausencia de certeza en arribar a buen puerto?
El capitán dudaba, dudaba como no había dudado nunca, como se duda cuando te encuentras en la necesidad de elegir un rumbo y ninguno de ellos es el deseado. Ocultó la cabeza entre las manos. Gotas de sudor se deslizaban por su nuca y corrían espalda abajo. Se sentía incapaz de tomar una decisión. Aquel maldito calor lo agotaba. Estaba sediento. Del otro lado de la puerta, el contramaestre golpeó suavemente con los nudillos para verificar que su superior se encontraba bien. Este replicó con una reafirmación seca y breve. No le apetecía ver a nadie. Sabía que lo abrumaría la confianza de los demás en que tomaría la decisión correcta. Por primera vez se dio cuenta de que el fin de la calma chicha lo atemorizaba casi tanto como su duración indeterminada. No había opción buena, en suma. Volvió a acordarse de los náufragos de los cristales rotos, en sus frágiles esquifes, y se preguntó si no sería posible también naufragar en seco, callada y estoicamente, manteniéndose en pie sobre el puente de mando pero sosteniendo una brújula sin aguja. 

domingo, 28 de febrero de 2016

Al safar ila addjanub

Muyalsur es un pueblecito chiquitín de casas blancas. Se extiende como una serpiente albina a lo largo de un kilómetro por la ladera de una montaña cuya cúspide ha sido bautizada, en un alarde de picardía geográfica, como la Tetita. Bajo la pálida línea urbanizada de Muyalsur teóricamente discurre un río, que en realidad es un lecho de piedras que de cuando en cuando se moja un poco. Para encontrar agua conviene acercarse a la vecindad de al lado, donde se halla una balsa con supuestas cualidades medicinales y termales y que funciona a la par como piscina de uso público y abrevadero para cabras, con escalerillas de acceso para los humanos y una rampa para el ganado.
En Muyalsur no hay muchos habitantes pero para asegurarse de que todos tienen la conciencia tranquila tienen una iglesia y cinco ermitas en las que confesar sus culpas. Como estas últimas son pequeñas está plenamente justificado que haya cinco porque los nativos no caben todos a la vez en ellas. También hay varios bares, un par de pastelerías, una fuente de mármol con leones y una antigua plaza de abastos reconvertida en depósito de libros (que no biblioteca). Si se desea pernoctar en la zona, Muyalsur no dispone de hoteles en los que alojarse, pero existe una tranquila casa rural en lo alto de un otero con unas hermosas vistas al cementerio municipal.
Muyalsur posee, además, tradiciones de honda raigambre, como sus Carnavales o sus fiestas patronales. Uno de sus santos patronos, San Sebastián, es particularmente apreciado por los lugareños, quienes lo agasajan copiosamente en el día de su onomástica. El fervor popular manda que mientras el santo pasea por las calles de la localidad (en ocho, puesto que no hay tantas calles por las que procesionar), una lluvia de roscos de pan se derrame sobre propios y extraños, cubriendo a costaleros, a devotos y a señores de Murcia que pasaban por allí. Aquellas familias muy temerosas del santo, por granjearse su favor, llegan al extremo de arrojar paletillas de jamón desde sus balcones, por esto de que San Sebastián tenga algo que poner dentro del rosco. Como no podía ser de otro modo, el 20 de enero es un día en el que el dispensario del pueblo trabaja con denuedo para recomponer esguinces y dedos rotos por impacto contra pan.
Los muyalsureños son gente campechana y alegre, acogedora y amable como pocas. Aprecian la buena compañía y son avezados conversadores, especialmente alrededor de una copa de vino y de una tapa de su famoso pescado. Disfrutan narrando los avatares locales al viajero de paso con una mezcla de sorna y orgullo. Quien atienda a sus palabras oirá hablar de las cuevas que habitan los gitanos más arriba, en la montaña, o de los paseos que reputados miembros de la farándula patria realizan por la plaza del ayuntamiento en los meses estivales. Pero sin lugar a dudas la repanocha absoluta será la historia del policía municipal que, habiéndose escapado una vaquilla durante las fiestas, se la topó corriendo arriba y abajo por el pedregal del río, la encañonó con su arma reglamentaria y la interpeló con un “¡Alto, o disparo!”. Evidentemente aquella noche el dispensario también hubo de arreglar los rotos que el noble animal produjo en las fuerzas vivas de la localidad. Algunas fuentes aseguran que esta historia no se desarrolló exactamente como se cuenta aquí, pero los cronistas oficiales de Muyalsur no han logrado alcanzar un consenso en este punto.
Muyalsur es, sin lugar a dudas, el emplazamiento perfecto para una temporada de asueto durante la que gozar de las excelencias de su paisaje, sus gentes y su gastronomía. ¡Jamás experimentará más de cerca la sensación de un genuino maná!

sábado, 27 de febrero de 2016

Afouteza

Creo que jamás me cansaré de repetirlo: no entiendo esa fascinación de los humanos por inventarse piedras con las que hacerse tropezar por el camino. Deben de ser los únicos simios que, en vez de usar guijarros como herramientas simples, hacen todo lo posible por transformarlos en chinas en los zapatos. Tantos milenios de evolución para desperdiciar los pulgares prensiles de ese modo.
No me miréis con esos ojitos inocentes: quien esté libre de culpa que dé inicio a la lapidación del roedor. Seguro que vosotros también habéis caído en la trampa: la tentación de buscar un número de teléfono que sabéis que no marcaréis, el cosquilleo en las yemas de los dedos al pasar sobre un nombre en la lista de contactos de Whatsapp, un cursor apuntando callada y acusadoramente sobre el punto verde del chat de Facebook, o la clásica -y cada vez más anacrónica en esta era hipertecnológica- mirada de soslayo con la que un observador confiesa que, en el fondo, es él quien desea ser observado. ¡Lo que os cuesta a veces decir las cosas!
¿No os reconocéis en ninguna de estas situaciones? De ser así, os felicito. Por favor, valorad mi candidatura como vuestra futura mascota para cuando me canse de la afición de mi ama por los argumentos circulares. Las ardillas cuando queremos ir desde A hasta B solemos ir en línea recta (sobre todo si en B hay una bellota). Lo que es mi humana, en cambio, no se escapa de ninguno de los supuestos anteriores: por cada palabra que escribe muy probablemente haya cuatro o cinco que se le marchitan entre los labios y los dedos. ¿Por qué será, me pregunto, que unas pocas frases simples os queman la garganta hasta volverse impronunciables? ¿Qué es lo peor que podría pasar si se os escapasen?
Os desafío a que hoy, ahora mismo, nada más terminar de leer esto, os atreváis a cometer la locura imprudente de articular ese pensamiento que hace tiempo que os ronda la cabeza. Yo me hago responsable del cataclismo y de las siete plagas bíblicas que se produzcan como consecuencia de vuestras acciones. Si sale mal, culpad a la ardilla. Todo el mundo creerá que sois víctimas de una enajenación pasajera.
[Suspiro] 
No os entiendo, bípedos, de veras. Y mirad que lo intento, empezando por mi dueña, aunque su mutismo es más bien patológico porque lo que ella es incapaz de decir en voz alta lo narran sus historias en voz escrita. Tened cuidado con ella, os lo advierto: podéis terminar convertidos en personajes.

viernes, 12 de febrero de 2016

Arremeyo los güeyos...

Abres los ojos, despiertas. Tras la ventana el sol se despereza con la misma lentitud que tú mientras los trenes pasan de puntillas para no sobresaltarte. En tu casa resuenan los sonidos familiares de una cotidianidad que transmite seguridad y serenidad en su continua repetición. El mundo está en calma.
Entonces recuerdas, y la conciencia de la noticia te sacude de nuevo como un mazazo. Este viernes algo es distinto porque hoy sabes algo que ayer ignorabas, algo que te provoca un leve vértigo atemorizado y un escalofrío. El estómago se te encoge y piensas en aquel poema de Biedma que comienza con: “Que la vida iba en serio / uno lo empieza a comprender más tarde”. En tu cabeza se repite la misma idea, pero con menor lirismo: no es una broma.
En efecto, mi querida bípeda, esta vez no. Tú, pequeña ilusa, que te engañabas creyendo que ciertas situaciones perdurarían siempre, que había escenarios cuya caducidad resultaba tan lejana que la distancia podía llegar a volatilizarla, te encuentras ahora en la necesidad de admitir, de admitirte a ti misma, que te mentías. La inminencia o no de la fecha definitiva resulta, hasta cierto punto, irrelevante, porque de lo que se trata hoy es de dejar de negar su existencia ontológica aplicada a individuos concretos. Por qué será que los humanos lleváis tan mal asumir la transitoriedad.
Te conozco, y enseguida recaerás en tus malos hábitos de pagana criada en la esperanza inquebrantable. Buscarás condicionales y adversativas con las que fabricar realidades paralelas en las que el desenlace sea distinto del inevitable. Te esconderás en cada área gris que subsista del otro lado de la incertidumbre para pintarla de verde porque siempre, siempre, habrá alguien que conozca a alguien que haya oído hablar de alguien en quien se obró un milagro. Sin ir más lejos, tú tienes uno en casa. Mientras haya márgenes de error en las estadísticas tú estarás dispuesta a creerte todos los decimales probabilísticos que sean necesarios. Living is easy with eyes closed…
Y, sin embargo, como ser analítico que eres (aunque no lo parezca), no podrás evitar plantearte qué pasará si las matemáticas te fallan, con lo de letras que tú eres. Entonces qué. Entonces aparecerán el nudo en la garganta y los ojos vidriosos (porque a fin de cuentas eres de carne y hueso, olvidas que te he visto sangrar), pero sobre todo aparecerá una sensación de urgencia, de premura: Aún no; todavía no he aprendido lo suficiente. Aún no lo he absorbido todo. Apretarás los puños y maldecirás tu memoria imperfecta por ser incapaz de evocarlo todo, de retenerlo todo, de hacer un vaciado a un disco duro externo en el que poder conservar indefinidamente el tacto, los sonidos, los olores, cada comentario y cada carcajada. Te reprocharás no haber escuchado más, no haber escrito más anécdotas en tus libretas (verdes ellas también), no haber sabido aprovechar mejor el tiempo. Estarás intentando, una vez más, aferrarte a clavos ya no ardiendo, sino intangibles.
Mañana el sol volverá a desperezarse, los trenes seguirán ronroneando a tus pies y la licuadora seguirá haciendo zumo de naranja. Yo, como tu ardilla que soy, continuaré quejándome de tus soliloquios nocturnos aunque también es posible que, cuando no me veas, te haga alguna caricia con la cola porque no quiero arañarte con las garras. Es lo único que puedo ofrecerte. Yo también he leído el poema de Biedma y desgraciadamente no está en mi mano salvarte (salvarla, salvarnos) de la verdad incontestable de sus dos últimos versos.

lunes, 4 de enero de 2016

Bailaches Carolina...?

Se ha puesto de moda entre los humanos decir que la vida es eso que sucede del otro lado de tu zona de confort. Aplicándose dicha máxima, mi ama decidió rematar el 2015 haciendo una incursión en terreno inexplorado, pero como con ella no hay término medio acabó por adentrarse como diez kilómetros al oeste tras la frontera de sí misma, quedarse allí un rato y volverse. En lo que respecta a mí, como sigo temiendo que el día menos pensado se me pierda y me deje sin máquina expendedora de alimentos, me vi abocada a seguirla a regañadientes.
En esta ocasión mi dueña nos llevó al sótano de un edificio en la zona nueva de la ciudad. Había mucho ruido, música, comida y bípedos, pero no se trataba de ninguno de esos antros de perdición con estridencias cacofónicas a todo volumen a donde me lleva las noches en las que quiere torturarme. Una hipoacusia es más que suficiente, gracias. Aquí, además de haber menos gente, sonaba una música diferente. Para rematar la extrañeza del caso, mi ama desapareció cinco minutos y volvió con un par de zapatos distintos del que traía puestos. Sería que los otros le hacían daño, qué se yo. No obstante, enseguida me di cuenta de que mi humana no tenía precisamente intención de caminar con el nuevo par porque casi inmediatamente se sentó en una silla al lado de una simia a la que parecía conocer.
He de decir que hasta ahí todo se me antojaba bastante inofensivo. Entonces apareció ante nosotras un bípedo vestido de negro de pies a cabeza con la mano tendida en dirección a mi dueña quien, muy educadamente, se la cedió. Confieso que no me gustó un pelo (y tengo muchos) verla alejarse con aquel individuo con pinta de enterrador, pero preferí mantenerme en un discreto segundo plano. Tampoco me hizo ninguna gracia que el humano no solamente no devolviese la mano que había cogido, sino que además rodease el torso de mi ama con el brazo derecho y la atrajese hacia él porque percibí que ella estaba visiblemente incómoda y nerviosa.
Lo que siguió fue un espectáculo dantesco. Las ardillas tenemos un oído muy fino y yo, concretamente, poseo un muy buen sentido del ritmo. Decir que mi dueña masacró sádicamente cada uno de los acordes de la pobre melodía que aplastó bajo sus tacones es quedarse sustancialmente corto: aquello fue una carnicería. Por momentos tuve que taparme los ojos porque no podía seguir presenciando tamaños despropósitos.
Cuando regresó a su lugar, abochornada y temblorosa tras sus primeras tres piezas en la pista de baile, mi bípeda me contó que había sido incapaz de entender las indicaciones de su pareja, lo que no hizo sino tensarla más, y que esta no dejaba de repetirle que no mirase al suelo y que hiciese lo que le pidiese el cuerpo, sin sospechar que en aquel momento lo que el cuerpo le ordenaba a gritos era salir corriendo escaleras arriba para perderse en la oscuridad de la calle.
Por suerte para nosotras, para el caballero de aspecto córvido y para el noble arte de la danza en general tomó cartas en el asunto una bípeda a la que no había visto antes pero que se dedicó a presentarnos a un pequeño grupito de humanos de su confianza que en adelante se hicieron cargo de la desastrada de mi dueña. Fueron ellos, con paciencia y amabilidad infinitas, los que consiguieron que superásemos la velada con un mínimo de dignidad.
Pese a todo, mi humana todavía tuvo unos cuantos momentos de gloria a lo largo de la noche. Obviando los pisotones recibidos gracias a su ineptitud (que fueron unos cuantos), creo que mi anécdota favorita se produjo cuando, al bailar con uno de estos sufridos mártires de la causa, se dio cuenta de que estaba sorprendentemente equilibrada. Ya estaba a punto de sentirse levemente orgullosa de sí misma cuando súbitamente cayó en la cuenta de algo: tenía un tercer punto de apoyo. Estaban sus dos piernas, por supuesto, pero a mayores se estaba sirviendo de la tripa del señor que la guiaba.
Lo bueno de tocar fondo es que después de eso solo se puede mejorar. Bueno, salvo que te quedes permanentemente en el fondo, evidentemente. Todavía no tengo muy claro en qué punto está mi simia, pero mi resumen de esta experiencia es que:
  • Hay cinco acepciones para la palabra milonga antes de llegar a la de “engaño, cuento” (que es la que yo conocía) y mi ama es negada para todas ellas.
  • Ante cualquier duda sobre indumentaria, el look fúnebre masculino es el último grito. En indumentaria femenina se admiten colores con tal de tener presente que la tensión genera transpiración.
  • Es recomendable asegurarse del número de piezas de que consta una tanda antes de que tu pareja te lleve a la pista y os encontréis con que faltaba una canción antes de la cortina.
  • Asimismo, conviene hacer un control de seguridad de apoyos antes de comenzar una tanda. Los aparatos digestivos ajenos no se consideran puntos válidos.



Os outros comerciantes

 –¿Cuántos años tiene esta tienda? –preguntó ella.

 –Ciento dos –replicó la dueña con una sonrisa y un deje de orgullo.

Dos mil quince menos cien… mil novecientos quince. Menos dos, mil novecientos trece. Sus matemáticas aún no habían cambiado de año. El comercio, con su mostrador de madera envejecida y sus paredes cubiertas de arriba abajo con estanterías, pareció exhalar de pronto un aliento húmedo proveniente de añejas cajas de cartón y de libros de cuentas escritos a mano.

Había sido el abuelo de la actual propietaria quien fundara el negocio familiar. “Él sí que lo tuvo difícil” contaba su nieta: le habían tocado dos guerras mundiales más una contienda española y se había arruinado dos veces. En una de esas ocasiones pasó tres días encerrado en un cuarto mientras su mujer palidecía de miedo tras el otro lado de la puerta pensando en que su marido quizás no saliera vivo de allí. Pero lo hizo. Había comenzado a trabajar a los trece años vendiendo zapatos en unos grandes almacenes y había tenido la paciencia de ahorrar laboriosamente durante otros quince para abrir su propia zapatería. No era de los que se rendían fácilmente.

La zapatería hubo de reconvertirse para sobrevivir a las balas y al plomo, pero también logró salir adelante. El abuelo tuvo un hijo letrado que mantuvo el negocio y compró el edificio en el que se encontraba, a pesar de que la angustia por no tener dinero suficiente para pagar las letras le robase el sueño a él y a su esposa. Por suerte las cosas marcharon y la economía familiar aguantó. La tienda fue viendo desgranarse los años y las décadas mientras la madera de sus estantes se oscurecía con el paso del tiempo.

En el centenario de su inauguración, la nieta, tercera generación de una saga comerciante, colocó un letrero en el escaparate proclamando la senectud de su establecimiento. En el interior, sobre uno de los viejos mostradores, colgó una fotografía en blanco y negro tomada al poco de la apertura del local, cuando todavía era zapatería. En ella, varios dependientes aguardan la entrada de algún cliente mientras un caballero de poblados y encerados bigotes enfundado en un traje claro observa serenamente al espectador. Tenía veintiocho años y ni la más remota idea de que un siglo más tarde su recuerdo serviría de inspiración para alguien que ni siquiera había nacido aún y a quien no llegaría a conocer.

La nieta, con sobriedad pese a la evidente emoción, te dice entonces que esa memoria que ella no posee pero que ha heredado, como la tienda, es la que la ayuda a relativizar las dificultades y la crisis de los últimos años. Mira a su alrededor, piensa en lo que trabajaron quienes la precedieron y se repite que no será ella quien permita que todo ese esfuerzo haya sido en vano. Sostiene que no puede presentarse allá arriba frente al joven trajeado del mostacho para contarle que cerró la tienda sin haber plantado batalla antes. Ella, aunque tal vez no sea consciente, ha salido al abuelo más de lo que parece: tampoco es de las que se rinden. No queda sino aferrarse a la esperanza y confiar en la física: la madera, generalmente, tiende a salir a flote.


[Historias reales que mi ama y yo tomamos prestadas cuando salimos a comprar un paraguas en un día de lluvia].