sábado, 21 de mayo de 2016

Vertixe

“Would you tell me, please, which way I ought to go from here?'
'That depends a good deal on where you want to get to,' said the Cat.
'I don't much care where -' said Alice.
'Then it doesn't matter which way you go,' said the Cat.
'- so long as I get SOMEWHERE,' Alice added as an explanation.
'Oh, you're sure to do that,' said the Cat, 'if you only walk long enough.”

Lewis Carrol, Alice’s Adventures in Wonderland.

Choices. Scelte. Decisiones.

De ellas depende el sonido de la llave en tu próxima cerradura, tu siguiente código postal, la marca de la leche en tu nevera, los adaptadores de enchufes, el idioma que usarás para pedir un té (avec du citron, s’il vous plaît – Tusind tak, perdón, graciñas) y la moneda con la que lo pagarás.

Ellas definen el peso y el número de maletas y cajas –si las hubiera o hubiese–, condicionan en qué piscina nadarás pasado mañana y dictan la fuerza con la que abrazarás a quienes dejes atrás –si llegas a irte. Salvo que no son ellas quienes definen, condicionan o dictan, sino tú.

Las decisiones severas cursan con síntomas febriles: causan escalofríos, sequedad bucal, taquicardia e incluso (a veces) dolores de cabeza. En el prospecto pone que también pueden provocar vértigo. De pronto suena el móvil, o recibes un correo electrónico, o te subes a un tren (o todo al mismo tiempo) y te das cuenta de que no tienes más alternativa que optar. La ubicuidad no existe. You can’t have everything te repetía a menudo alguien que, finalmente, decidió no elegirte a ti. Ahora tampoco puedes tenerlo todo.

Intentas ganar tiempo. Necesitas racionalizar y analizar, o sea, engañarte un rato convenciéndote que eres capaz de controlar todas las variables. Las preguntas del test tienen una única solución, ¿verdad, profe? Seguro que si lo pienso un poco lo saco. Eres consciente de que cada respuesta afirmativa implica también un montón de negativas tácitas y las áreas grises siempre te han dado miedo. Decidir hacia adelante sería mucho más sencillo si lograses eliminar de la ecuación todo lo que no estás eligiendo. Las opciones son unos malditos animales gregarios y tú eres una malabarista desastrosa cuando se trata de descartar mazas.

El teléfono vuelve a sonar. El correo necesita una contestación. El tren no se detiene. No puedes seguir escondiéndote. Del otro lado del Whastapp vibran los consejos de quienes escriben con dedos menos temblorosos que los tuyos. No estás segura de lo que vas a hacer, pero cómo podrías estarlo si las únicas bolas ocho que has comprado en tu vida han sido regalos (aunque, en realidad, bastaría con que alguien te abrazase y te dijese que todo va a salir bien; lástima que en este vagón no te conozca nadie). Temes equivocarte pese a que objetivamente sepas que, dado que nunca sabrás cómo habrían salido las cosas si hubieses elegido la otra puerta, jamás tendrás información suficiente como para definir esta encrucijada como acierto o fracaso.

Finalmente devuelves la llamada. Tu interlocutora electrónica por fin recibe una respuesta. La cobertura oscila entre embalses y montañas mientras el paisaje se va volviendo verde y tú piensas en lo bonita que es tu esquina del mundo. Al menos puedes disfrutar de ella unos días más. El alma se te encoge un poco. Intentas respirar hondo pero es demasiado pronto para eso: la semana todavía no ha terminado y aún quedan decisiones por tomar. Como Alicia, tú tampoco encuentras tu camino porque no tienes claro cómo conciliar los dos destinos, aparentemente divergentes, a los que te gustaría llegar. Lo sé, ojalá todo(s) aquello(s) (a los) que adoras en tu entorno fuese(n) igual de fácil(es) de transportar que esta ardilla que te psicoanaliza. 

Siamo spiacenti, the show must go on.


sábado, 7 de mayo de 2016

Gira il mondo gira...

¿Dónde estoy? ¿Qué está sucediendo? Hace un momento todo estaba en calma y yo dormitaba, pero de pronto estoy rodeada de un ruido ensordecedor. No oigo la voz de mi ama. No nos movemos. ¿Me habrá dejado sola? Tengo miedo de asomar la cabeza por la rendija de la cremallera: no sé quién hay del otro lado.

Siento una sacudida. Escucho un chirrido. Un golpe. Inmovilidad de nuevo. Risas. El barullo atronador se intensifica. Sigo sin ser capaz de identificar voces familiares.

Un impulso repentino me empuja hacia atrás, hacia la pared del bolso. ¡Algo me arrastra! Durante un breve instante parece que voy a estrellarme contra la fuente de ese sonido terrorífico. Me siento entonces oprimida contra la base de mi habitáculo, como si de improviso pesase varias toneladas. Miro hacia arriba y la rendija iluminada que me conecta con el exterior me resulta lejana e inalcanzable. Tengo que hacer un esfuerzo sobreardillil para volver a incorporarme sobre las patas. El ruido se va alejando paulatinamente y es reemplazado por un rumor sordo semejante a un soplido.

El movimiento se detiene lentamente. No sé cuánto tiempo permanezco estática, intentando deducir mi posición en función de las ráfagas de viento. No recordaba que la brisa fuese tan intensa cuando salimos de casa. ¿Cuánto tiempo he dormido? A mi alrededor sigo escuchando risas y varios chasquidos. No entiendo nada. ¿Le habrán robado el bolso a mi dueña?

¡Me caigo! Siento un vacío horroroso en el estómago y me doy cuenta de que me estoy precipitando hacia abajo. Oigo unos gritos en el exterior. Intento agarrarme inútilmente a uno de los bolsillos internos, pero todo cae conmigo. Tengo la garganta seca y las garras crispadas. Tiemblo de las orejas a la cola. La algarabía se acerca vertiginosamente como si fuese a tragarme y la percusión de la música no me deja distinguir los latidos de mi propio corazón.

¡No quiero morir, no quiero morir!

¡Por favor, hay una ardilla en este bolso!

¿No me oyen?

¡No quiero morir!

Pero no muero. El sonido me engulle, mis sienes palpitan frenéticamente y mi pelaje está de punta, pero no muero. Siento de nuevo el empuje horizontal, atravieso de nuevo la cortina cacofónica y risueña, y me envuelve otra vez el silencio ficticio del viento. Me siento mareada.

Solo entonces escucho por fin la voz de mi ama. “Nueve años” dice en un susurro cuya inflexión estoy demasiado aturdida para interpretar debidamente. Aún no comprendo, continúo aterrada, pero jamás me he sentido más aliviada de tenerla a mi lado. Por alguna extraña razón me siento menos desamparada sabiendo que, de morir, moriremos juntas. Haciendo acopio de valor, trepo dificultosamente por el interior del bolso (tiemblo demasiado para hacer gala de mi agilidad habitual) y asomo despacito la cabeza al exterior.

Estamos altas, muy altas. Mucho más altas que sobre cualquier árbol al que hubiera podido subirme. La ciudad a nuestras patas se extiende serena y pétrea como si fuese una maqueta de sí misma. El sol acaba de ocultarse y el cielo a nuestra izquierda se ha vuelto rosado. Mi primera reacción es el asombro, la segunda el vértigo, la tercera el pánico. Cierro los ojos. El estómago vuelve a encogerse, el corazón me da otro vuelco y la gravedad nos atrae nuevamente hacia la música chillona.

Mi cuarta emoción es la ira. ¿Qué hago yo allí? ¿Por qué me ha traído? ¿Pretende matarme de un susto? Sabe que odio volar, que no me inspiran confianza esos cacharros mecánicos con complejo de ave, y no se le ocurre mejor idea que meterme en un artilugio giratorio todavía más endeble. Ya se puede ir preparando: ¡en cuanto el mundo deje de dar vueltas tramaré mi venganza roedora!

Cuando abro los ojos volvemos a estar arriba, con el viento, rodeadas de azul. Su color favorito. Me tranquilizo un poco. Al tercer ascenso finalmente he constatado que mi vida no corre peligro. Mi dueña me mira disimuladamente y me sonríe. Las ardillas no palidecemos así que es incapaz de darse cuenta del miedo que tengo. Con un leve gesto me señala la ciudad y de pronto comprendo. Nueve años.

Casi una década es mucho tiempo para cualquier cosa, buena o mala. Mientras descendemos, esta vez más lentamente, la observo con la vista enredada en las callejuelas graníticas y me doy cuenta de que no nos limitamos a girar alrededor de un eje: el eje se ha quedado abajo, fragmentado en casitas blancas con tejados rojizos, ilusoriamente inmóvil, dolorosamente hermoso e inaprehensible en su materialidad. La veo repasar ávidamente los rincones conocidos y recorrer con curiosidad los nuevos, esforzándose por memorizar todo aquello que ha cambiado en su ausencia. Todo aquello que seguirá cambiando inexorablemente, estemos aquí o no para presenciarlo.

Por fin sé qué hacemos allí, mi humana y yo, encaramadas a una cabina amarilla a la luz crepuscular. No se trata de infartar roedores, ni de capturar la instantánea perfecta, ni de resucitar fantasmas o de inventariar recuerdos. Es mucho más sencillo que todo eso: simplemente, la única manera de abrazar a una urbe es abarcarla con la mirada.

Crédito foto: A.C.

viernes, 29 de abril de 2016

Danzad, danzad, malditos

Quienes me conocen desde hace tiempo saben que hay pocas cosas que envidie de los humanos. Al fin y al cabo, no es culpa mía que los roedores seamos claramente superiores a los simios. Reclamaciones a Sir Charles Darwin o, para los creacionistas, a su respectivo demiurgo.

De entre todas las especies de roedores, las ardillas concretamente somos bonitas, graciosas, livianas, gráciles y, así en general, adorables. Considero que todas estas virtudes de una servidora han quedado suficientemente demostradas en entradas previas con la humildad y modestia que me caracterizan.

De los bípedos, no obstante, envidio un detalle: su capacidad para la belleza deliberada. Nosotras no tenemos eso. Somos magníficas, en efecto, pero no lo hacemos aposta: simplemente somos así. Hay quien dirá que eso es una fortuna porque no tenemos que esforzarnos en ser deslumbrantes, nos basta con existir. No negaré que es muy cómodo levantarse cada mañana con un pelaje impecable y no necesitar maquillaje para tener una mirada cautivadora, pero ahí se queda todo.

Los humanos, en cambio, pueden generar belleza ex novo. Cierto, no siempre utilizan sus poderes para hacer el bien (mi ama lo ha probado con creces aquí y aquí), pero cuando lo hacen una les perdona momentáneamente lo irritantes que pueden llegar a ser. Tras casi cuatro años persiguiendo a mi dueña por eventos culturales de medio mundo he llegado a la conclusión de que mis patas de tres garras jamás poseerán el talento necesario para rozar siquiera el nivel de maestría de un hominino (con excepción de las dotes literarias de mi humana, a la que le sigo dando mil vueltas). Durante un tiempo incluso intenté dedicarme a la talla de nueces y bellotas, pero enseguida me di cuenta de que había prácticamente un continente entero de bípedos sacándome ventaja, así que dejé de desperdiciar comida y regresé a mis viejos hábitos recolectores.

Ah, pero después están las disciplinas intangibles, esas que se apoyan en ondas y en aire y que solamente existen en el presente. Posiblemente sean las que más me frustre no poder imitar. Siendo un roedor amante de los brincos y del movimiento, y encima melómano, tiene toda la lógica del mundo. Yo nunca sabré lo que se siente al enfrentarme a mi imagen en mil espejos, peleando con unas patas que parecen estacas o con un arabesco que no quiere salir. No me marearé ensayando giros, no apretaré los dientes con obstinación si no consigo aprenderme un paso concreto ni me reprocharé la torpeza de un boleo similar a una coz equina, como tampoco experimentaré el júbilo al reconocer mi primera maya contra los azulejos del baño, la emoción de componer una coreografía con la que expulsar demonios ni la trepidación de los segundos previos a pisar un escenario. Jamás aprenderé qué hay tras el miedo a exponerse a alma descubierta, ni probaré el riesgo de asirme a una garra para concederle el permiso de que me conduzca, de espaldas y a ciegas, alrededor de un staccato. Nunca me disolveré entre brazos ajenos para forjar juntos un ecosistema de tres minutos.

Os envidio, simios, porque podéis crear algo hermoso con tan solo moveros. Podéis transmitir vuestras emociones según os desplacéis por un espacio. Deberíais hacerlo más a menudo. Qué importa que seáis o no expertos bailarines: no encuentro ningún motivo para renunciar a la oportunidad de erizar una piel. Vosotros, que tenéis ese poder, aprovechadlo.

¡Feliz día internacional de la danza!



[Y ya que os ponéis, si no os importa, marcaos un baile también por esta ardilla celosa de vuestras habilidades psicomotrices].



miércoles, 13 de abril de 2016

Llonxana

La habitación estaba envuelta en una penumbra amarillenta y acogedora que emanaba de una lamparita encendida sobre la mesilla de noche. La cama tenía dos ocupantes, ambas tendidas boca arriba. Una estaba tapada hasta el pecho por la sábana y la colcha, con las manos entrelazadas sobre el vientre; la otra se había tumbado a su lado, en diagonal, con la sien a la altura de su hombro. Entre ellas, en apenas milímetros, cabían casi sesenta años.
Sin mirarse, las dos fijaban sus ojos en la misma dirección. Allá arriba, sobre sus cabezas, multitud de líneas pardas atravesaban caprichosamente el techo de la alcoba. Erráticas e imprevisibles, se cruzaban e interrumpían las unas a las otras como si todas intentasen hablar atropelladamente y al mismo tiempo. Se curvaban en circunferencias imperfectas e inacabadas o se diluían y desaparecían en las sombras. La luz, aprendiz de dibujante, parecía conferirles vida propia.
“Vaya un modo de pasar un viernes noche, aquí conmigo, en lugar de salir por ahí” dijo entonces una de ellas, la más mayor.
La otra se incorporó bruscamente, se giró y la miró con incredulidad mientras protestaba enérgicamente, aunque con menor vehemencia de lo que le habría gustado. ¿Cómo se le ocurría siquiera semejante idea? ¿Acaso pensaba que se aburría? ¿Qué estaba allí por obligación?
Se equivocaba.
Acababan de regresar de un viaje por aquellos senderos marrones que en los últimos tiempos se habían convertido en el firmamento de una de ellas. Un periplo fabuloso en el que se habían topado con bisontes (o vacas, no se habían puesto de acuerdo en ese punto), peces, cabezas de perro y hasta con un trasero enorme dándoles groseramente la espalda. Al volver de la excursión habían bailado un tango como los que sonaban cuando la madre de una de ellas recorría folixes vendiendo dulces. ¿Qué más se podía pedir?
De pronto, la más joven se percató de que la causa de su apasionada reacción al comentario de la primera había sido el miedo. Miedo a que las grietas del techo volviesen a ser solamente eso: grietas. Instintivamente cruzó fuerte los dedos y deseó que todavía quedasen muchos viernes como aquel.
“¡Mira, güela, bueyes!” exclamó tras una pausa la nieta, sonriendo y con voz cantarina. Sobre todo que no le leyese el pensamiento, pensó. Sobre todo eso. Puede que ninguna de las dos se apellidase Sanz de Sautuola, pero de momento todavía tenían su propia Altamira, bicromática y con olor a suavizante. 

sábado, 2 de abril de 2016

(…) la princesa persigue por el cielo de Oriente / la libélula vaga de una vaga ilusión

La princesa tiene veintidós años. Dentro de unos meses cumplirá los veintitrés.
Las muchachas de su edad hace tiempo que han encontrado un marido, pero ella sigue soltera. Sus padres, los reyes, se miran en silencio y mueven la cabeza con preocupación cuando su hija no los ve. Ya no es ninguna niña; comienza a ser hora de que encauce su vida. Los monarcas tienen miedo del paso del tiempo y de la velocidad progresiva que este adquiere al transcurrir los años. Temen dejarle en herencia incertidumbre y soledad.
La princesa, sin embargo, no vive cruzada de brazos. Atesora memorias de romances, siempre breves, al amor de cuya lumbre abrigarse en las noches de invierno. Son esos recuerdos a los que se aferra en las etapas de transición, como esta, en las que nada turba la imperturbable linealidad del horizonte. Se repite, cada vez con menor convicción, que no hay nada en el pasado que no permita intuir futuros luminosos y emocionantes.
La princesa reflexiona con la vista perdida en ese mismo horizonte inescrutable: cuatro pretendientes le han ofrecido su mano. Sus cuatro propuestas han sido cuidadosamente estudiadas pero todavía no han recibido respuesta.
“Si me elegís” dijo el primero de ellos, un patricio de buena familia, “os garantizo que en los próximos cuatro años no os faltará de nada. Me acompañaréis a mi tierra y allí me aseguraré de que podáis continuar la formación que deseéis. Cuando esta haya concluido os desposaré y de este modo recuperaré mi inversión”.
“No escuchéis a este charlatán, alteza” se adelantó un caballero engolado, mirando con desdén al patricio: “Sus lisonjas pueden resultar tentadoras, pero nada os certifica que este botarate vaya a seguir manteniéndoos una vez celebradas las nupcias. Yo, en cambio, os propongo algo mucho mejor: como sabéis, soy heredero de mi propia dinastía y poseo abundante patrimonio. Lo pongo a vuestros pies a condición de que cumpláis una condición: aún no sois lo suficientemente instruida como para ser mi esposa. Exijo, por tanto, que permanezcáis bajo la tutela de vuestros padres hasta que regrese a evaluar vuestros progresos. Si lográis satisfacer mis demandas me casaré con vos y me ocuparé de que podáis vivir con holgura el resto de vuestra vida”.
“¿Y cuánto tardaréis en regresar, señor?” replicó el patricio con sorna. “Conozco relatos de doncellas que llevan uno, tres, cinco e incluso diez años aguardando vuestra aprobación. ¿Qué sucederá si, tras haber empleado tiempo y esfuerzo en amoldarse a vuestro capricho, vos decidís que la dama no está a la altura del elevado concepto que tenéis de vos mismo?”.
El caballero lo miró con condescendencia, casi admirado de que el patricio osase dirigirle la palabra, e ignoró altivamente los interrogantes.
“Mi proposición es más humilde que las anteriores, mi señora” habló entonces un artesano corpulento de manos callosas: “Cierto es que deberíais aprender mi oficio y trabajar conmigo desde el primer día, mano a mano, para ganaros el sustento. Cierto es, sin duda, que no todos los meses percibiríamos el mismo salario, pero también lo es que, con suerte, viviríamos dignamente. Yo no os pido que me guardéis ausencias: si me aceptáis, estoy dispuesto a desposaros mañana mismo y a aceptaros tal y como sois”.
Los dos primeros pretendientes pusieron los ojos en blanco. La nobleza de espíritu quizás funcionase en los cuentos de hadas pero a todas luces el artesano no tenía nada que hacer en aquel caso.
Por último, dio un paso al frente el último candidato, entre murmullos y risitas disimuladas. A la princesa le costó un poco reconocerlo, pues hacía mucho que no se veían: se trataba del antiguo mozo de cuadra del palacio: “Alteza, yo no tengo fortuna que ofreceros, enseñanzas que impartiros, ni oficio que enseñaros. No puedo haceros ninguna promesa de futuro ni desterrar la posibilidad de padecimientos y estrecheces. A pesar de ello, os conozco desde que éramos niños y estoy convencido de que sería capaz de haceros feliz”.
Los otros tres aspirantes estallaron en carcajadas ante la ingenuidad del argumento de su competidor. La princesa no dijo nada. Los reyes agradecieron a cada galán su presencia y los despidieron con buenas palabras.
Esa misma tarde y en los días siguientes se sopesan las cuatro opciones. Entre los consejeros reales no hay un consenso: los hay que abogan por el primer candidato y por su estabilidad durante casi un lustro, mientras que otros ven mucho más interesante la seguridad vitalicia del segundo a pesar de la incierta fecha del matrimonio. Algunos más pragmáticos, no obstante, son firmes defensores del pájaro en mano y, por lo tanto, creen que el artesano sería una solución veloz y tangible al dilema sobre la mano de la joven. Ninguna voz se pronuncia en favor del mozo de cuadra.
La muchacha escucha las razones de unos y otros y reconoce que todas rebosan sensatez. El único problema es que ninguno de los pretendientes la convence plenamente. Siempre se ha imaginado casándose por amor y, de todos ellos, el mozo de cuadra es el único que podría ocasionarle taquicardias. “El amor está sobrevalorado” le dice alguien cuando expresa sus dudas en voz alta. “Se puede tener un matrimonio perfectamente satisfactorio sin necesidad de sensiblerías. Si tanto os preocupa el tema, alteza, podéis casaros con cualquiera de los otros tres y gozar del mozo discretamente, como vuestro amante”. Algunos de los presentes asienten, mostrándose en clara connivencia con esta alternativa híbrida. Incluso hay quien apunta, puestos a barajar opciones, que la princesa podría desposar al artesano mientras continúa su formación en secreto, con el fin de repudiar a este más adelante para aceptar al patricio o someterse a los dictados del caballero.
“Sea como fuere, debéis tomar una resolución” añade otra voz. “No podemos forzar vuestra mano pero es menester que entendáis que no podéis prolongar vuestra soltería indefinidamente. Tenéis que elegir a uno de ellos”. Pese a que no intervengan en el debate, la joven sabe que los monarcas tienen a sus favoritos y que son conscientes, como ella, de que los limbos no son lugares de residencia permanente.
Con la vista todavía fija en el horizonte, la princesa se rebela tácitamente contra su destino. Como Penélope, día tras día teje y desteje las mismas justificaciones ante sus interlocutores en un intento de ganar tiempo. Mientras, cada noche lanza al mar mensajes en botellas de vidrio con la esperanza de que algún amante del reciclaje encuentre sus peticiones de auxilio y le brinde la posibilidad de ilusionarse de verdad.

sábado, 5 de marzo de 2016

In somno veritas

Ayer mi ama soñó con vos. Lo sé porque soy una ardilla muy sufrida y me despierto con facilidad. Hacía tiempo que no le pasaba, cosa que resulta bastante comprensible porque sus sueños suelen girar en torno a sus peripecias cotidianas, y vos hace mucho que no intervenís en ellas.
La capacidad onírica de los bípedos es algo que siempre me ha fascinado. Será que cuando convives con una humana que te narra sus ensoñaciones noche sí y noche también tienes que entretener tus horas de vigilia de algún modo, y la interpretación de los sueños es un tema igual de válido para psicoanalistas barbudos que para roedores desvelados.
En ocasiones mi ama sueña con personas lejanas con tal intensidad que al despertar todavía es capaz de evocar su tacto, sus voces, su olor o incluso su sabor. A menudo me pregunto si, dada la rareza de los homo sapiens, semejante sinestesia es recíproca: si soñar con alguien implica que ese alguien también está soñando contigo. Sería bonito que así fuera, que bastase con cerrar los ojos y dejarse llevar para acortar el espacio entre la gente que quieres. Es una de las pocas cosas que estaría dispuesta a envidiar de estos simios pelones (por no mencionar el ahorro en billetes).
Permitidme, pues, realizar una pequeña comprobación a este respecto: mi dueña, en efecto, soñó con vos anoche. Sí, con vos, que me leéis pese a que no os atreváis a escribirme. No os preocupéis, sé que os caigo bien. La incógnita es si vos también la soñasteis a ella, si al recuperar la consciencia todavía recordabais haberla tocado y haberos reído juntos (algo que, visto desde fuera, doy fe de que puede dar incluso miedo).
Si no os molesta, por favor sacadme de dudas dado que, en el fondo, desearía que mi teoría fuese cierta. “¿Por qué?” os preguntaréis (quizás). Además de porque me gusta tener razón, porque sé que en su sueño mi ama os abrazó y os dijo que os echaba de menos, y me parece muy triste rodear con tus brazos el vacío que ocupaba alguien que ha dejado de extrañarte a ti.

viernes, 4 de marzo de 2016

(...) prós que viron chorar unha nena, prós que viron un barco marchar!

El capitán miró más allá de la proa del navío. A su espalda, los marineros bostezaban ociosos sobre la cubierta. Hacía dos días que el viento se había quedado sin fuerzas para soplar y las velas pendían desmadejadas, como colgajos inútiles, a la espera de que Céfiro viniese a enredarse entre ellas. El calor del estío golpeaba la quilla y se colaba, preñado de humedad, por las troneras de las baterías, empapando las camisas de la tripulación.
Más arriba, sobre el palo mayor, un grumetillo metido a vigía oteaba incansable un horizonte mudo. El sol caía en perpendicular sobre la lisa superficie del agua, arrancándole destellos intermitentes a distancias dispares. El capitán apartó de su mente el recuerdo ominoso que estos le inspiraban: náufragos desesperados provistos de cristales rotos a guisa de espejos; tan pronto podían suponer tu salvación como aliviarte ad aeternum del peso de tu alma.
Lo peor de la calma chicha, pensaba, no eran el tedio, ni la pesadez de la canícula o la humedad pegajosa y salada que parecía envolverlos como si hubiesen sido lamidos por una bestia gigante. Sin lugar a dudas, lo peor de todo era la incertidumbre de la espera; no saber cuánto tiempo transcurriría hasta que las velas volviesen a hincharse. Horas, días, semanas... Recordó que era menester imponer cierta mesura que racionase los alimentos y el agua en previsión de una parálisis prolongada.
Se volvió hacia la marinería. Eran hombres aguerridos y leales, curtidos en innumerables lances. No temía por su desgaste físico sino por un enemigo mucho más temible y sibilino: el desaliento. Qué hermosa palabra, se dijo fugazmente, que encapsulaba a la perfección la imagen de una apnea apenas perceptible, casi como un suspiro letal. Le preocupaba que aquella calma pudiese tener mayor capacidad torácica que cualquiera de ellos porque los vientos, tarde o temprano, siempre regresaban, pero él los había visto soplar sobre cadáveres. 
Como de costumbre, el sopor y la inacción traían en sus clepsidras, entre otras cosas, momentos de introspección. Resultaba mucho más complicado meditar sobre el tempus fugit con los cañones retumbando de fondo o con el oleaje barriendo furiosamente el castillo. En su camarote, al reparo del sol, el capitán escuchaba el quedo clac clac del agua contra el casco y viajaba mentalmente hasta los canales de la Serenissima, donde una dama embozada se apeaba de una góndola de felze negro acompañada del frufrú discreto de su vestido. Otras mareas, otras estaciones.
Sus misiones lo habían llevado desde las costas de la República hasta los lejanos puertos de las Indias pasando por las gélidas aguas del Mar del Norte, sin recalar jamás en Ítaca. Había visto perecer y claudicar a otros compañeros mientras que él, por quién sabe qué caprichosos designios del Destino, había logrado sobrevivir. Su áncora jamás había servido de criadero de corales puesto que rara vez permanecía echada más de unos meses antes de volver a zarpar. Ahora que sus sienes comenzaban a encanecer el marino bendecía que no hubiese una esposa aguardándole del otro lado de las galernas, ni retoños a los que no ver crecer entre cada retorno. Se felicitaba con la misma efusividad de quien se ha persuadido de que su suerte es la mejor de las posibles por no condenarse a la amargura de saberse insatisfecho.
Sobre su mesa, las cartas de navegación se desplegaban perezosas e indolentes. Tras una ojeada distraída, el capitán las apartó con gesto hastiado. Frente a ellos, más allá de ese horizonte que el grumete escudriñaba infructuosamente, existía la tierra. No necesitaba catalejos ni mapas para saberlo. Había oído hablar de varias de ellas en largas conversaciones a altas horas, a la luz de velas, cuando el vino difuminaba los contornos de los rostros y mezclaba las voces. Ninguna representaba una perspectiva halagüeña. Las había evitado deliberadamente en el pasado, cuando todavía quedaban fondeaderos y bahías ignotos por explorar, pero si aquella endiablada bonanza duraba demasiado la falta de víveres los obligaría a refugiarse en alguno de esos muelles.
¿Provisionalmente? Resopló con sorna. Si algo había aprendido el capitán a lo largo de sus años de servicio, es que hay transiciones que devienen permanencias. Incluso el nomadismo es un hábito crónico. Si precisamente había rehuido aquellas ensenadas durante tanto tiempo era porque se le antojaban un kraken de tierra firme: una vez entre sus tentáculos sería casi imposible zafarse. Tal vez su inquietud fuese también reflejo de aquella inmovilidad forzosa, pero el murmullo intimidante del mar no hacía sino devolverle, amplificados, sus propios interrogantes: ¿De qué habría valido presentar batalla, haber puesto tus brazos a disposición de esta o aquella armada, para rematar tus días sellando legajos en una aduana? ¿A qué sacrificar casa y patria, juventud y pujanza, para regresar al punto de partida? ¿No era esa una forma mucho más sutil de capitulación?
Pero ¿acaso podía permitirse el lujo de no rendirse? Apretó los dientes y crispó los puños sobre la mesa. ¿Y su tripulación? No podía someterlos a una deriva perpetua bajo la promesa, quizá ilusoria, de hallar una rada más benévola en la que atracar. Podría ser que esta no llegase nunca y los cantos de sirenas no hiciesen sino precipitarlos hacia escollos en los que zozobrar. ¿Qué derecho tenía él a exponerlos de aquel modo? ¿Por qué habrían de pagar ellos por su tozudez y su orgullo? Y si, pese a todo, así fuera, ¿cuánto tiempo lograría mantener la impostura que ocultase su total ausencia de certeza en arribar a buen puerto?
El capitán dudaba, dudaba como no había dudado nunca, como se duda cuando te encuentras en la necesidad de elegir un rumbo y ninguno de ellos es el deseado. Ocultó la cabeza entre las manos. Gotas de sudor se deslizaban por su nuca y corrían espalda abajo. Se sentía incapaz de tomar una decisión. Aquel maldito calor lo agotaba. Estaba sediento. Del otro lado de la puerta, el contramaestre golpeó suavemente con los nudillos para verificar que su superior se encontraba bien. Este replicó con una reafirmación seca y breve. No le apetecía ver a nadie. Sabía que lo abrumaría la confianza de los demás en que tomaría la decisión correcta. Por primera vez se dio cuenta de que el fin de la calma chicha lo atemorizaba casi tanto como su duración indeterminada. No había opción buena, en suma. Volvió a acordarse de los náufragos de los cristales rotos, en sus frágiles esquifes, y se preguntó si no sería posible también naufragar en seco, callada y estoicamente, manteniéndose en pie sobre el puente de mando pero sosteniendo una brújula sin aguja.