lunes, 20 de junio de 2016

Faragullas

Mi dueña me leyó un cuento hace tiempo, cuando vivíamos en Madrid. En él dos niños salían con su padre al bosque en jornadas sucesivas, dejando tras de sí un sendero marcado inicialmente con piedrecitas y después con migas de pan. La primera vez lograron regresar a casa sin problemas, pero en la segunda ocasión los pájaros se comieron las migas y los dos hermanos se perdieron irremisiblemente en la espesura.
Nosotras también nos vamos a internar en un sitio verde y lleno de árboles. Pese a que a priori esta perspectiva no debería disgustarme (y no lo hace), soy consciente de que mi dueña no es tan buena rastreadora como yo. Cada vez que nos vamos nunca sé si lo que arroja tras sus pasos son piedras o migas.
Si son piedras, entonces no hay de qué preocuparse y esta entrada por sí misma no tiene razón de ser. Si son migas, en cambio, temo que la lluvia incesante de nuestro nuevo destino las disuelva y, de ese modo, confunda nuestro camino. Por esto, porque no me fío de mi humana para ser capaz de volver sola, es por lo que os pido vuestra colaboración:
Enviadnos migas de celulosa plagadas de garabatos, rígidas y satinadas, o dentro de sobres de colores (sabéis de su debilidad por el azul). Enviadnos migas que hagan vibrar un móvil y dibujen sonrisas. Migas que suenen a vuestro último descubrimiento musical, que nos enseñen nuevos pasos de baile y que comenten el episodio semanal de una serie que seguimos a la vez aunque estemos a más de mil kilómetros de distancia. Enviadnos migas con sabor a casa y a otras estaciones, migas que nos cuenten qué ha cambiado y qué no, en dónde beberemos nuestro próximo chai juntos, quiénes sois ahora que no podemos presenciar vuestra evolución diaria. Enviadnos migas con nimiedades, con tonterías, con detalles insignificantes y cotidianos que os parezcan irrelevantes pero que nos sirvan para transportarnos allá donde estéis. Porque cuando estemos lejos y solas necesitaremos saber que todavía no nos habéis olvidado, que todavía no nos hemos borrado por completo de vuestro presente, que aún importamos. Enviadnos migas que nos recuerden que todavía tenemos un hueco porque, para querer encontrar el camino de vuelta, lo primordial es tener un destino al que regresar.
Lo mismo funciona a la inversa. No hay que olvidar que cada dirección tiene dos sentidos. Enviad migas, por favor, que yo corresponderé con bellotas, castañas y palabras, y mi dueña, conociéndola, con retahílas de sinsentidos, onomatopeyas y tulipanes de papel. Me comprometo a morderla en las orejas cuando parezca no escucharos y a guiar sus dedos con mis garras si tarda en responderos, pero no dudéis de su memoria ni siquiera en los silencios. Enviadle migas dentro de seis meses, de un año, o de cinco, porque ella seguirá preguntándose qué tal estáis. Ambas somos endiabladamente tercas sumando y rematadamente malas restando. De este modo tal vez dentro de seis meses, de un año, de cinco, os narraremos otro cuento en el que una viajera y una ardilla lograron volver a su hogar siguiendo las ráfagas luminosas de los faros que encendieron aquellos que nunca permitieron que se marchasen del todo.

Próximas entregas del otro lado del Canal de la Mancha.

[Por cierto, también aceptamos migas sin franqueo y con entrega en mano].


jueves, 16 de junio de 2016

Vertixe (II)

[Disclaimer: esta entrada estaba pensada para ser publicada a continuación de Vertixe, pero los recientes acontecimientos han provocado que quede cronológicamente desubicada].

Suena el teléfono y se te pasa la parada del bus.
Cuelgas y tu vida ha vuelto a ponerse patas arriba.

Las emociones se suceden y se superponen mientras tu mente se inunda de cientos de pensamientos simultáneos. Dentro de ti hay pánico, hay frustración, hay tristeza, hay expectación y en algún rincón, todavía pequeño, hay alegría. Ha sido tal la sobreexposición a sentimientos contradictorios de los últimos tiempos que aún no has recuperado la capacidad de experimentar una única cosa.
¿Pánico? ¿Por qué? Porque te vas, y esta vez te vas de verdad. Te vas ya, inminentemente, casi sin margen para respirar hondo antes de la zambullida. Vuelves a dejarlo todo, un todo que está en el lugar y con la gente adecuada pero que desgraciadamente no da de comer. Vuelves a empezar de cero. Y no es que temas no saber hacerlo porque estás cansada de reiniciarte en latitudes diversas: lo que temes es lo definitivo que parece. Te aterra el desarraigo de saberte extranjera en donde vives y foránea donde naciste.
Sin embargo, ¿no buscabas eso? ¿Permanencia? ¿Estabilidad? Sí. Llevas tanto tiempo siendo ave migratoria que tienes curiosidad por saber qué se siente cambiando de especie. La frustración procede, entonces, de la incapacidad para conciliar sueños. Por qué no aquí. Por qué no yo. Por qué debo tirar la toalla en este maldito país si siempre he intentado ser la mejor versión de mí misma para poder aportar mi granito de arena.   
Pero peor que admitir la derrota es asumir las ramificaciones de la deserción. Hay demasiadas cosas que ni caben en maletas ni se pueden meter en cajas: hogueras que no saltarás y fuegos artificiales que estallarán sin ti, ciudades que no son plegables, personas que seguirán adelante cuando ya no estés y a las que no podrás cuidar del mismo modo, o que desaparecerán -literal y figuradamente- sin que puedas hacer nada por evitarlo salvo llorar de impotencia del otro lado de la línea.
¿Línea? ¿Qué línea? Todavía no te has ido. Esa línea a través de la que recibir noticias distantes, por ahora, no existe. Aún no sabes cómo será vivir en tu nueva ciudad, ni qué tal te encontrarás en tu nuevo empleo. No conoces bien a tus compañeros de oficina, ni has visto las caras de los que serán tus futuros amigos -porque los habrá, no lo dudes. Todavía no has encontrado un hogar por el que aprender a moverte con soltura en la oscuridad. Admite que te pica el gusanillo de descubrir si serás capaz de volver a pedalear por la izquierda sin que te atropellen.
Ahí, al fondo, al lado de tu potencial bici de segunda mano, está esa sensación remolona que se resiste a aflorar, ahogada por el peso de todo lo demás: la alegría. Lo has logrado. Por fin un trabajo de verdad, por fin vas a poder ser lo que querías ser. Y te das cuenta de que si te cuesta tanto sentirte contenta es porque todavía no te lo acabas de creer. Con todo lo que ha ocurrido últimamente, quién podría culparte de temer gafarlo. Durante una temporada es probable que sigas acogiendo las buenas noticias con cierto recelo, no vaya a ser que el universo decida equilibrar la balanza arrebatándote a alguien más.
Por fortuna para ambas, mudanza tras mudanza hay algo que has aprendido a no sacar de tus alforjas porque, si lo hicieras, sencillamente serías incapaz de marcharte. No hay viaje ni aventura que den comienzo sin ella, por muchas contradicciones que quepan en tu metro sesenta y cuatro. Sospecho que cualquier emigrante te dirá que las tuyas ni siquiera son mínimamente originales.
¿Sabes lo que es?
Te daré una pista: dicen que es del mismo color que la tierra a la que vas. Del mismo color que aquella que dejas a tu espalda.  

Saca tus propias conclusiones.   

domingo, 5 de junio de 2016

Sit tibi terra levis

Hay palabras por escribir. Palabras que no quieren salir, que se enquistan en las garras y se adhieren a la caja torácica para ponerle la zancadilla a los latidos del corazón. Palabras que resecan los ojos, crispan las manos y endurecen el perfil de una mandíbula. Palabras inconexas, etéreas, sin destinatario:

La han llevado a críticos. Familiares de XXX, acudan para informar. Está sola del otro lado de la puerta. No he podido despedirme. ¿Qué fue lo último que le dije?
Irreversible. Hemos hecho todo lo posible. Hay que ir haciéndose a la idea. Id a descansar un poco. Nosotros hacemos el primer turno.
¿Alguna novedad? Dicen que ha abierto los ojos, ¿es verdad?
Estamos en la primera planta. Nos oye, pero no nos entiende. Está sedada. No tiene dolor. Es cuestión de tiempo.
No me lo puedo creer, si ayer estaba bien. Sí, fue de repente.
Me voy a casa. Qué suave tienes el pelo. Por si no nos vemos antes: buenos días, buenas tardes y buenas noches.
Se acabó.
¿Está libre? Al hospital, por favor.  
¿Cuánto hace? ¿Ya vienen a llevársela? Todavía estaba caliente cuando le puse la mano en la frente.
Llevo dos noches olvidándome de cenar. Deberías comer algo. No tengo hambre.
Lo siento mucho. Os acompaño en el sentimiento. Mi más sentido pésame. Hablaba mucho con ella. Era muy mayor. Es lo que toca. De esto nadie escapa. Vivió una buena vida. Al menos no sufrió. Tuvo una buena muerte.
Gracias por venir. Cuánto tiempo, siento que sea en estas circunstancias. Cómo habéis crecido, estáis desconocidos. Muchas gracias. Qué bonitas flores.
No voy a llorar. Hay demasiada gente a la que consolar a mi alrededor, tengo que aguantar. Soy la nieta mayor. Debo estar entera. ¿Cómo estás? ¿Cómo te encuentras? Ojalá supiera cómo aliviaros. Sólo puedo abrazaros, pero no es suficiente. Tengo miedo de que os rompáis.
Os lo agradezco sinceramente pero no vengáis, en serio. Sé que estáis conmigo en espíritu. No quiero pararme a pensar si yo también necesito consuelo. Ahora mismo soy un autómata: no siento nada.
¿Pero qué hacéis aquí? ¿No os dije que no vinierais? - ¿Desde cuándo te hacemos caso?

Desde hace unos días este blog tiene una lectora menos.
Y sí, quedan palabras por escribir, pero su volumen nos sobrepasa de tal modo que por ahora solo alcanzamos a inventariarlas y regurgitarlas, sin elaboración. Asfixia por sobreexposición vital, supongo. De todas ellas, mi dueña lleva días aferrándose tenazmente a una que no se le va de la cabeza. Cuando todas las demás hayan salido, sabe que esa permanecerá.
Ella era la única persona que la llamaba larafuzas.

Que la tierra te sea leve.

sábado, 21 de mayo de 2016

Vertixe

“Would you tell me, please, which way I ought to go from here?'
'That depends a good deal on where you want to get to,' said the Cat.
'I don't much care where -' said Alice.
'Then it doesn't matter which way you go,' said the Cat.
'- so long as I get SOMEWHERE,' Alice added as an explanation.
'Oh, you're sure to do that,' said the Cat, 'if you only walk long enough.”

Lewis Carrol, Alice’s Adventures in Wonderland.

Choices. Scelte. Decisiones.

De ellas depende el sonido de la llave en tu próxima cerradura, tu siguiente código postal, la marca de la leche en tu nevera, los adaptadores de enchufes, el idioma que usarás para pedir un té (avec du citron, s’il vous plaît – Tusind tak, perdón, graciñas) y la moneda con la que lo pagarás.

Ellas definen el peso y el número de maletas y cajas –si las hubiera o hubiese–, condicionan en qué piscina nadarás pasado mañana y dictan la fuerza con la que abrazarás a quienes dejes atrás –si llegas a irte. Salvo que no son ellas quienes definen, condicionan o dictan, sino tú.

Las decisiones severas cursan con síntomas febriles: causan escalofríos, sequedad bucal, taquicardia e incluso (a veces) dolores de cabeza. En el prospecto pone que también pueden provocar vértigo. De pronto suena el móvil, o recibes un correo electrónico, o te subes a un tren (o todo al mismo tiempo) y te das cuenta de que no tienes más alternativa que optar. La ubicuidad no existe. You can’t have everything te repetía a menudo alguien que, finalmente, decidió no elegirte a ti. Ahora tampoco puedes tenerlo todo.

Intentas ganar tiempo. Necesitas racionalizar y analizar, o sea, engañarte un rato convenciéndote que eres capaz de controlar todas las variables. Las preguntas del test tienen una única solución, ¿verdad, profe? Seguro que si lo pienso un poco lo saco. Eres consciente de que cada respuesta afirmativa implica también un montón de negativas tácitas y las áreas grises siempre te han dado miedo. Decidir hacia adelante sería mucho más sencillo si lograses eliminar de la ecuación todo lo que no estás eligiendo. Las opciones son unos malditos animales gregarios y tú eres una malabarista desastrosa cuando se trata de descartar mazas.

El teléfono vuelve a sonar. El correo necesita una contestación. El tren no se detiene. No puedes seguir escondiéndote. Del otro lado del Whastapp vibran los consejos de quienes escriben con dedos menos temblorosos que los tuyos. No estás segura de lo que vas a hacer, pero cómo podrías estarlo si las únicas bolas ocho que has comprado en tu vida han sido regalos (aunque, en realidad, bastaría con que alguien te abrazase y te dijese que todo va a salir bien; lástima que en este vagón no te conozca nadie). Temes equivocarte pese a que objetivamente sepas que, dado que nunca sabrás cómo habrían salido las cosas si hubieses elegido la otra puerta, jamás tendrás información suficiente como para definir esta encrucijada como acierto o fracaso.

Finalmente devuelves la llamada. Tu interlocutora electrónica por fin recibe una respuesta. La cobertura oscila entre embalses y montañas mientras el paisaje se va volviendo verde y tú piensas en lo bonita que es tu esquina del mundo. Al menos puedes disfrutar de ella unos días más. El alma se te encoge un poco. Intentas respirar hondo pero es demasiado pronto para eso: la semana todavía no ha terminado y aún quedan decisiones por tomar. Como Alicia, tú tampoco encuentras tu camino porque no tienes claro cómo conciliar los dos destinos, aparentemente divergentes, a los que te gustaría llegar. Lo sé, ojalá todo(s) aquello(s) (a los) que adoras en tu entorno fuese(n) igual de fácil(es) de transportar que esta ardilla que te psicoanaliza. 

Siamo spiacenti, the show must go on.


sábado, 7 de mayo de 2016

Gira il mondo gira...

¿Dónde estoy? ¿Qué está sucediendo? Hace un momento todo estaba en calma y yo dormitaba, pero de pronto estoy rodeada de un ruido ensordecedor. No oigo la voz de mi ama. No nos movemos. ¿Me habrá dejado sola? Tengo miedo de asomar la cabeza por la rendija de la cremallera: no sé quién hay del otro lado.

Siento una sacudida. Escucho un chirrido. Un golpe. Inmovilidad de nuevo. Risas. El barullo atronador se intensifica. Sigo sin ser capaz de identificar voces familiares.

Un impulso repentino me empuja hacia atrás, hacia la pared del bolso. ¡Algo me arrastra! Durante un breve instante parece que voy a estrellarme contra la fuente de ese sonido terrorífico. Me siento entonces oprimida contra la base de mi habitáculo, como si de improviso pesase varias toneladas. Miro hacia arriba y la rendija iluminada que me conecta con el exterior me resulta lejana e inalcanzable. Tengo que hacer un esfuerzo sobreardillil para volver a incorporarme sobre las patas. El ruido se va alejando paulatinamente y es reemplazado por un rumor sordo semejante a un soplido.

El movimiento se detiene lentamente. No sé cuánto tiempo permanezco estática, intentando deducir mi posición en función de las ráfagas de viento. No recordaba que la brisa fuese tan intensa cuando salimos de casa. ¿Cuánto tiempo he dormido? A mi alrededor sigo escuchando risas y varios chasquidos. No entiendo nada. ¿Le habrán robado el bolso a mi dueña?

¡Me caigo! Siento un vacío horroroso en el estómago y me doy cuenta de que me estoy precipitando hacia abajo. Oigo unos gritos en el exterior. Intento agarrarme inútilmente a uno de los bolsillos internos, pero todo cae conmigo. Tengo la garganta seca y las garras crispadas. Tiemblo de las orejas a la cola. La algarabía se acerca vertiginosamente como si fuese a tragarme y la percusión de la música no me deja distinguir los latidos de mi propio corazón.

¡No quiero morir, no quiero morir!

¡Por favor, hay una ardilla en este bolso!

¿No me oyen?

¡No quiero morir!

Pero no muero. El sonido me engulle, mis sienes palpitan frenéticamente y mi pelaje está de punta, pero no muero. Siento de nuevo el empuje horizontal, atravieso de nuevo la cortina cacofónica y risueña, y me envuelve otra vez el silencio ficticio del viento. Me siento mareada.

Solo entonces escucho por fin la voz de mi ama. “Nueve años” dice en un susurro cuya inflexión estoy demasiado aturdida para interpretar debidamente. Aún no comprendo, continúo aterrada, pero jamás me he sentido más aliviada de tenerla a mi lado. Por alguna extraña razón me siento menos desamparada sabiendo que, de morir, moriremos juntas. Haciendo acopio de valor, trepo dificultosamente por el interior del bolso (tiemblo demasiado para hacer gala de mi agilidad habitual) y asomo despacito la cabeza al exterior.

Estamos altas, muy altas. Mucho más altas que sobre cualquier árbol al que hubiera podido subirme. La ciudad a nuestras patas se extiende serena y pétrea como si fuese una maqueta de sí misma. El sol acaba de ocultarse y el cielo a nuestra izquierda se ha vuelto rosado. Mi primera reacción es el asombro, la segunda el vértigo, la tercera el pánico. Cierro los ojos. El estómago vuelve a encogerse, el corazón me da otro vuelco y la gravedad nos atrae nuevamente hacia la música chillona.

Mi cuarta emoción es la ira. ¿Qué hago yo allí? ¿Por qué me ha traído? ¿Pretende matarme de un susto? Sabe que odio volar, que no me inspiran confianza esos cacharros mecánicos con complejo de ave, y no se le ocurre mejor idea que meterme en un artilugio giratorio todavía más endeble. Ya se puede ir preparando: ¡en cuanto el mundo deje de dar vueltas tramaré mi venganza roedora!

Cuando abro los ojos volvemos a estar arriba, con el viento, rodeadas de azul. Su color favorito. Me tranquilizo un poco. Al tercer ascenso finalmente he constatado que mi vida no corre peligro. Mi dueña me mira disimuladamente y me sonríe. Las ardillas no palidecemos así que es incapaz de darse cuenta del miedo que tengo. Con un leve gesto me señala la ciudad y de pronto comprendo. Nueve años.

Casi una década es mucho tiempo para cualquier cosa, buena o mala. Mientras descendemos, esta vez más lentamente, la observo con la vista enredada en las callejuelas graníticas y me doy cuenta de que no nos limitamos a girar alrededor de un eje: el eje se ha quedado abajo, fragmentado en casitas blancas con tejados rojizos, ilusoriamente inmóvil, dolorosamente hermoso e inaprehensible en su materialidad. La veo repasar ávidamente los rincones conocidos y recorrer con curiosidad los nuevos, esforzándose por memorizar todo aquello que ha cambiado en su ausencia. Todo aquello que seguirá cambiando inexorablemente, estemos aquí o no para presenciarlo.

Por fin sé qué hacemos allí, mi humana y yo, encaramadas a una cabina amarilla a la luz crepuscular. No se trata de infartar roedores, ni de capturar la instantánea perfecta, ni de resucitar fantasmas o de inventariar recuerdos. Es mucho más sencillo que todo eso: simplemente, la única manera de abrazar a una urbe es abarcarla con la mirada.

Crédito foto: A.C.

viernes, 29 de abril de 2016

Danzad, danzad, malditos

Quienes me conocen desde hace tiempo saben que hay pocas cosas que envidie de los humanos. Al fin y al cabo, no es culpa mía que los roedores seamos claramente superiores a los simios. Reclamaciones a Sir Charles Darwin o, para los creacionistas, a su respectivo demiurgo.

De entre todas las especies de roedores, las ardillas concretamente somos bonitas, graciosas, livianas, gráciles y, así en general, adorables. Considero que todas estas virtudes de una servidora han quedado suficientemente demostradas en entradas previas con la humildad y modestia que me caracterizan.

De los bípedos, no obstante, envidio un detalle: su capacidad para la belleza deliberada. Nosotras no tenemos eso. Somos magníficas, en efecto, pero no lo hacemos aposta: simplemente somos así. Hay quien dirá que eso es una fortuna porque no tenemos que esforzarnos en ser deslumbrantes, nos basta con existir. No negaré que es muy cómodo levantarse cada mañana con un pelaje impecable y no necesitar maquillaje para tener una mirada cautivadora, pero ahí se queda todo.

Los humanos, en cambio, pueden generar belleza ex novo. Cierto, no siempre utilizan sus poderes para hacer el bien (mi ama lo ha probado con creces aquí y aquí), pero cuando lo hacen una les perdona momentáneamente lo irritantes que pueden llegar a ser. Tras casi cuatro años persiguiendo a mi dueña por eventos culturales de medio mundo he llegado a la conclusión de que mis patas de tres garras jamás poseerán el talento necesario para rozar siquiera el nivel de maestría de un hominino (con excepción de las dotes literarias de mi humana, a la que le sigo dando mil vueltas). Durante un tiempo incluso intenté dedicarme a la talla de nueces y bellotas, pero enseguida me di cuenta de que había prácticamente un continente entero de bípedos sacándome ventaja, así que dejé de desperdiciar comida y regresé a mis viejos hábitos recolectores.

Ah, pero después están las disciplinas intangibles, esas que se apoyan en ondas y en aire y que solamente existen en el presente. Posiblemente sean las que más me frustre no poder imitar. Siendo un roedor amante de los brincos y del movimiento, y encima melómano, tiene toda la lógica del mundo. Yo nunca sabré lo que se siente al enfrentarme a mi imagen en mil espejos, peleando con unas patas que parecen estacas o con un arabesco que no quiere salir. No me marearé ensayando giros, no apretaré los dientes con obstinación si no consigo aprenderme un paso concreto ni me reprocharé la torpeza de un boleo similar a una coz equina, como tampoco experimentaré el júbilo al reconocer mi primera maya contra los azulejos del baño, la emoción de componer una coreografía con la que expulsar demonios ni la trepidación de los segundos previos a pisar un escenario. Jamás aprenderé qué hay tras el miedo a exponerse a alma descubierta, ni probaré el riesgo de asirme a una garra para concederle el permiso de que me conduzca, de espaldas y a ciegas, alrededor de un staccato. Nunca me disolveré entre brazos ajenos para forjar juntos un ecosistema de tres minutos.

Os envidio, simios, porque podéis crear algo hermoso con tan solo moveros. Podéis transmitir vuestras emociones según os desplacéis por un espacio. Deberíais hacerlo más a menudo. Qué importa que seáis o no expertos bailarines: no encuentro ningún motivo para renunciar a la oportunidad de erizar una piel. Vosotros, que tenéis ese poder, aprovechadlo.

¡Feliz día internacional de la danza!



[Y ya que os ponéis, si no os importa, marcaos un baile también por esta ardilla celosa de vuestras habilidades psicomotrices].



miércoles, 13 de abril de 2016

Llonxana

La habitación estaba envuelta en una penumbra amarillenta y acogedora que emanaba de una lamparita encendida sobre la mesilla de noche. La cama tenía dos ocupantes, ambas tendidas boca arriba. Una estaba tapada hasta el pecho por la sábana y la colcha, con las manos entrelazadas sobre el vientre; la otra se había tumbado a su lado, en diagonal, con la sien a la altura de su hombro. Entre ellas, en apenas milímetros, cabían casi sesenta años.
Sin mirarse, las dos fijaban sus ojos en la misma dirección. Allá arriba, sobre sus cabezas, multitud de líneas pardas atravesaban caprichosamente el techo de la alcoba. Erráticas e imprevisibles, se cruzaban e interrumpían las unas a las otras como si todas intentasen hablar atropelladamente y al mismo tiempo. Se curvaban en circunferencias imperfectas e inacabadas o se diluían y desaparecían en las sombras. La luz, aprendiz de dibujante, parecía conferirles vida propia.
“Vaya un modo de pasar un viernes noche, aquí conmigo, en lugar de salir por ahí” dijo entonces una de ellas, la más mayor.
La otra se incorporó bruscamente, se giró y la miró con incredulidad mientras protestaba enérgicamente, aunque con menor vehemencia de lo que le habría gustado. ¿Cómo se le ocurría siquiera semejante idea? ¿Acaso pensaba que se aburría? ¿Qué estaba allí por obligación?
Se equivocaba.
Acababan de regresar de un viaje por aquellos senderos marrones que en los últimos tiempos se habían convertido en el firmamento de una de ellas. Un periplo fabuloso en el que se habían topado con bisontes (o vacas, no se habían puesto de acuerdo en ese punto), peces, cabezas de perro y hasta con un trasero enorme dándoles groseramente la espalda. Al volver de la excursión habían bailado un tango como los que sonaban cuando la madre de una de ellas recorría folixes vendiendo dulces. ¿Qué más se podía pedir?
De pronto, la más joven se percató de que la causa de su apasionada reacción al comentario de la primera había sido el miedo. Miedo a que las grietas del techo volviesen a ser solamente eso: grietas. Instintivamente cruzó fuerte los dedos y deseó que todavía quedasen muchos viernes como aquel.
“¡Mira, güela, bueyes!” exclamó tras una pausa la nieta, sonriendo y con voz cantarina. Sobre todo que no le leyese el pensamiento, pensó. Sobre todo eso. Puede que ninguna de las dos se apellidase Sanz de Sautuola, pero de momento todavía tenían su propia Altamira, bicromática y con olor a suavizante.