viernes, 15 de julio de 2016

Divider Over Troubled Water

Es cosa sabida que mi dueña va nadando allá por donde pasa y, por una vez, no me refiero a sus poderes mágicos climatológicos para anegar ciudades. Poderes, por otra parte, que siguen plenamente vigentes: habrá que ver lo que pasa este año en Norfolk al llegar el invierno.
Norwich tampoco podía ser una excepción en sus aventuras acuáticas, de modo que antes incluso de tener casa mi ama ya se había informado de la localización, horarios y precios de la piscina más cercana a su trabajo. Es más, ya se lo traía mirado desde España porque ella es así. Techo, irrelevante; bañador y chanclas, fundamental.
Es cosa también sabida que mi humana tiene cierta tendencia a toparse con situaciones (o instalaciones, o personajes) desconcertantes cuando va a nadar. En el caso concreto que nos ocupa, el desconcierto surgió antes incluso de poner un pie en el edificio: para empezar, ¿cuántas piscinas había allí dentro? En algunas partes se hablaba de una piscina olímpica y en otras de dos piscinas de 25 metros cada una, todas con horarios distintos. Después, ¿cómo funcionaban las tarifas? Yo personalmente no veía nada claro que mi bípeda tuviese que convertirse en un metal precioso o en una aleación sin piedra filosofal de por medio. Además, ¿no se supone que los metales no flotan? Vamos, que para mí toda la lista de precios era un despropósito desde el inicio.
El misterio de la(s) piscina(s) quedó desvelado una vez mi dueña se hubo cambiado en unos vestuarios muy ingleses (es decir, con unos estándares de limpieza diferentes) y hubo asegurado su taquilla con un candado alquilado, porque entre todas las cosas que metió en sus Samsonites y en sus cajas no se le ocurrió traerse el que se compró para el mismo efecto en Nueva York. Resulta que la piscina, en realidad, es una sola. Consiste en un vaso único con un divisor sobre raíles que la parte en dos mitades de 25 metros cada una y de distintas profundidades, si bien lo primero habría que medirlo porque cuando mi dueña hace el mismo número de largos en una de las mitades tarda más que si los hace en la otra, y me resulta muy difícil de creer que tenga días supersónicos. La disparidad de horarios surge del hecho de que cada sección está destinada a usos distintos excepto cuando se elimina el divisor y queda convertida en una única piscina.
Una piscina olímpica.
Espero que este detalle haya quedado claro porque es importante. De hecho, los arquitectos que la diseñaron lo tenían clarísimo también: 50 metros de largo, 25 de ancho. Ni uno más, ni uno menos. Y así la trazaron, sin desperdiciar centímetros, con la típica solvencia que caracteriza a los isleños.
Terminada la obra, se felicitaron ante el feliz acontecimiento: Norwich tenía una piscina olímpica en la que poder celebrar competiciones relevantes como, por ejemplo, las de los Juegos Olímpicos de hace cuatro años. Además, la compartimentación otorgaba flexibilidad al espacio para diversificar el abanico de actividades disponibles y, con ellas, los clientes. Todo era ganancia.
Entonces midieron la anchura del divisor que, cosas de la vida, no es de papel de fumar precisamente; entonces se dieron cuenta de que, por unos centímetros, al desplazar este hacia un lateral del vaso los 50 metros de longitud ya no eran exactamente 50. Se habían olvidado de incluir la pantalla separadora en sus cálculos. ¡Recibamos con una ovación a los egregios técnicos responsables de la criatura, herederos del linaje de Paxton, geniales vástagos de la patria de Stephenson!
Para despistar, decidieron poner a los usuarios a nadar alternadamente en sentido horario y antihorario. Es decir, en una calle se nada en sentido de las agujas del reloj, mientras que en la de al lado se nada a la inversa. Hay unos dibujitos con flechas muy ilustrativos en la cabecera de cada calle para que quede claro si estás en una calle europea o en una calle británica. Pese a que se aprecia el esfuerzo por conciliar tradiciones natatorias diversas, es probable que esta sea la organización más ineficiente de la historia de las piscinas (solo superada, quizás, por la abierta anarquía). ¿Por qué? Porque tanto si vas como si vienes siempre hay alguien nadando a tu vera del otro lado de la corchera, con el riesgo que eso conlleva. Ahora bien, esto obliga a los nadadores a estar tan pendientes de no golpearse mutuamente de una calle a otra que no les queda tiempo de reflexionar sobre el molesto asunto de las medidas.
Si alguien cree que exagero, he aquí la prueba de los peligros que acechan a mi ama cada vez que se mete en el agua: en cuatro sesiones ya ha salido coja del pie izquierdo, con un golpe en el costado derecho y con una patada en la mano izquierda. Por su parte, ella ha repartido también un par de puntapiés, de modo que el marcador se va igualando paulatinamente. Aún así, se admiten apuestas de lo que tarda en ganarse una tendinitis o un dedo roto.
Así fue como Norwich se quedó sin participar en Londres 2012 y mi bípeda encontró una piscina no apta para simios con problemas de lateralidad. Eso sí, todo el mundo sigue llamándola olímpica, supongo que porque cambiar la rotulación a pensamosqueeraolímpicaperono debe de ser costoso, amén de consumir mucho más espacio.



miércoles, 13 de julio de 2016

Home, sweet? home

Buscar casa: deporte extremo que practica mi ama cada vez que se cambia de país.
No, ni la RAE ni el María Moliner lo definen así, pero deberían.

Terminé mi entrada anterior diciendo que en la estación de Norwich nos aguardaba un ancianito. Este bípedo canoso nos trasladó a una habitación luminosa y clara en lo alto de una casa de tres plantas, con nuestro propio baño y una salita repleta de objetos de otros continentes donde nos servía el desayuno cada mañana. Durante diez días esa fue la base de operaciones desde la que mi dueña coordinó el operativo de caza y captura de alojamiento permanente. Nuestro anfitrión se convirtió en nuestro asesor (y en chófer voluntario cuando finalmente nos mudamos) y tres bípedos generosos y amables se erigieron en nuestras escoltas.
En ese tiempo vimos muchas menos casas de lo que nos habría gustado. Si por algo se distingue el mercado inmobiliario de Norwich es por su celeridad: tomarte dos horas para pensarte las cosas puede redundar en que la propiedad que has visto ya no esté disponible cuando te decidas (como, de hecho, nos sucedió). También están, por supuesto, los pisos compartidos con personajes peculiares, como el publicista cuyo gato era más limpio y ordenado que él (y para que una ardilla diga esto de un felino pueden ustedes imaginarse la cantidad de mugre que tenía el lugar) o el electricista obsesionado con aprender italiano el cual, cuando mi dueña le dijo que le interesaba su habitación, respondió que había encontrado a un nativo con el que practicar y que lo sentía mucho. En Dinamarca me quedó claro que hay una primera vez para todo, y esta fue la primera ocasión en la que un criterio lingüístico y un pasaporte nos dejaron sin techo. Curiosamente, esto fue el día en que Italia eliminó a España de la Eurocopa, así que mi simia se sintió doblemente agraviada por el mismo país.

Al precio que se cotiza el metro cuadrado en Norwich,
estoy segura de que hasta las palomas pagan alquiler.
Tras dar vueltas arriba y abajo por la ciudad durante una semana se volvió evidente que no podíamos permanecer con nuestro ancianito afable eternamente porque mi bípeda le tiene aprecio a sus riñones y una servidora a su pelaje, de modo que le propusimos a la casera de uno de los pisos que habíamos visto (que parecía la más normal y razonable, además de pulcra) una solución intermedia: dos meses de contrato en los que seguir buscando una casa más tranquilamente. Pese a que nosotras no estábamos plenamente convencidas de la decisión, la casera aceptó. Ante la falta de opciones viables a corto plazo nos mudamos, pues, a un piso compartido con otros dos humanos, cercano al trabajo de mi dueña pero en mitad de la nada.
Un día antes de la mudanza, mi ama fue a ver una casita amueblada (dato importante: aquí casi todo se alquila vacío) que se quedaba libre a finales de agosto y nada más salir de la visita decidió que esta no se la quitaban: llamó inmediatamente a la agencia, les dejó un mensaje en el buzón de voz, les envió un e-mail y a la mañana siguiente, tras una breve negociación y antes siquiera de mudarse a nuestro alojamiento temporal, fue a la inmobiliaria a cubrir el papeleo.
En resumidas cuentas, si todo sale según lo planeado viviremos retiradas del mundo hasta finales de agosto, mientras que septiembre ya lo empezaremos cerquita del centro. De aquí a entonces, compartiremos casa con una puerta cerrada (tras la cual se supone que hay una habitación cuya ocupante está de vacaciones) y con un humano isleño que nunca sabemos si está o no está porque tiene unos horarios de trabajo completamente anárquicos.
¿Se volverá Volunti una ardilla de suburbio tras este retiro monacal? ¿Acabará sintiendo la necesidad imperiosa de comprarse el equivalente para roedores de un Volvo?
Lo descubriremos en el siguiente episodio…


viernes, 8 de julio de 2016

On your marks, ready… go!

Un lunes por la tarde, a eso de las seis, mis odiadas Samsonites, mi dueña, un portátil y una servidora nos encontramos recluidas en la terminal de un aeropuerto. El avión que tendría que haber salido hora y media después decidió que no era procedente cumplir su horario; de hecho, consideró pertinente aparecer rodando por la pista allá sobre las nueve. Su tripulación, que debía de tener ganas de cenar como todo hijo de vecino, cogió sus bártulos y abandonó la aeronave aduciendo que habían llegado al límite de sus horas de vuelo. Pasajeros y roedores asistimos boquiabiertos al fantástico absurdo de disponer de un avión pero no contar con nadie para pilotarlo. Tuvimos que esperar a que otro vuelo de la misma compañía llegase desde un destino distinto con una tripulación diferente para poder despegar a eso de las diez y media de la noche.
Ahí podría haberse terminado esta aventura, pero con mi ama de por medio las cosas nunca pueden ser tan sencillas. En Inglaterra hay una hora menos con respecto a España, así que pese al retraso mi dueña todavía se las prometía relativamente felices: llegaríamos a Gatwick, cogeríamos el primer tren al centro de Londres y desde allí iríamos a casa de los humanos que nos hospedarían aquella noche.
Sedientas y hambrientas, hicimos nuestra entrada triunfal en la Gran Bretaña un par de horas después. Logramos esquivar las colas del control de pasaportes, recogimos nuestra Samsonite facturada, saltamos en el primer trenecito que conecta las terminales del aeropuerto y nos plantamos en la estación de trenes con el objetivo de abordar el primero que fuese hasta London Bridge.
Primer problema: no hay trenes a London Bridge pasadas ciertas horas de la noche. Segundo problema: los trenes que sí funcionan van hasta London Victoria, que queda prácticamente en la punta opuesta de la ciudad a la que teníamos que ir nosotras. Tercer problema: a medianoche empezaba una huelga ferroviaria que afectaba a las conexiones entre Gatwick y Londres. Cuarto problema: eran las 23:56.
Por si alguien lo dudaba, efectivamente, nos pilló la huelga. Tras la correspondiente cola para comprar billetes, llegamos a un andén atestado de gente y de maletas y esperamos por un tren que, ya de por sí, llegaba retrasado. La idea era coger el más rápido para llegar cuanto antes, pero no hubo manera. Por fortuna dentro del infortunio la cafetera a la que nos subimos logró cubrir el trayecto que nos separaba de Victoria en poco más de cuarenta minutos y sin averiarse.
Ya en Victoria, y rodeadas por conductores de minicabs que nos ofrecían sus servicios, buscamos por callejuelas laterales a una amiga de mi ama. Esta, ya fuese por piedad hacia nosotras o porque empezaba a desconfiar de que fuésemos a salir enteras de tantos retrasos consecutivos, había optado por venir a recogernos en coche. Finalmente concluimos la primera parte del periplo rozando las dos de la madrugada.
La segunda parte dio comienzo a la mañana siguiente. Mi ama me despertó tras cinco horas de sueño y, por esto de seguir sumando medios de transporte, me encaramó a un autobús rojo que nos llevó hasta otra estación de tren distinta de todas las anteriores. Pensándolo bien, me sorprende que no se le ocurriese cubrir el trayecto hasta Norwich en patinete o en globo aerostático.
Esta vez, menos mal, no hubo incidencias. Nuestro tren pertenecía a una empresa diferente que no estaba en huelga, de modo que salimos puntuales y no sufrimos ningún percance. En la estación de Norwich nos aguardaba un anciano delgado y sonriente cubierto con un gorro rojo de lana (para que lo reconociésemos). Nos condujo hasta su coche, nos ayudó a meter los bultos en el maletero y nos dio un breve paseo por el centro de la ciudad antes de dejarnos en el que sería nuestro primer alojamiento temporal: su casa.

Dos días más tarde, aquel nuevo país al que habíamos llegado de forma tan accidentada decidía que ya no quería seguir formando parte del resto del continente. Esa mañana me levanté imaginando a una nación entera armada con remos intentando navegar en dirección opuesta al Canal de la Mancha.
Cinco días más tarde, nuestro país, el que acabábamos de abandonar con tanta dificultad, se instalaba nuevamente en el día de la marmota sin que quedase muy claro si la cosa tenía visos de cambiar de roedor. Que, por sugerir, digo yo, podría ser tranquilamente una ardilla, que somos bastante más ágiles.
Recién llegadas y casi apátridas. Empezamos bien.

¡No se pierdan nuestras próximas entregas!


martes, 5 de julio de 2016

Smelly Cat

Es sábado por la tarde y ella está plantada en mitad del pasillo de un supermercado; un lugar tan válido como cualquier otro para echar raíces. Examina detenidamente varias botellas de plástico con líquidos de colores hasta que finalmente toma una del estante. Su contenido es viscoso y de color amarillo. La destapa con cuidado y la acerca despacio a sus orificios nasales.

Ahí está. Ahí sigue. El mismo perfume de hace siete años. Aquel en el que perderse al cerrar los ojos y que aspirar ávidamente entre brazos ajenos. El que la recibía al subir las escaleras de una casa que llegó a denominar hogar y la embriagaba con promesas de reencuentros. El mismo que hubo que reemplazar con aromas distintos cuando su pervivencia se convirtió en recordatorio permanente de la ausencia: es demasiado doloroso vestirse de deserción cada mañana.

Dicen que el olfato es el sentido con mayor poder de evocación. Es una lástima que uno no pueda elegir a qué huele cada memoria.

Ella devuelve el envase amarillo a su balda y alarga la mano hacia una botella de color azul. Una apuesta segura. Además, la elección debería ser evidente si nos atenemos a la gama cromática. Entonces se detiene. Duda. ¿Seguro que no se puede elegir? Quizás sea el momento de hacer la prueba: los recuerdos puede que estuviesen en régimen de gananciales, pero desde hoy su fragancia va a pasar a pertenecer a un presente todavía en construcción. Da un paso atrás, coge de nuevo el contenedor amarillo y lo coloca en su cesta de la compra antes de encaminarse resueltamente hacia la caja.

Es sábado por la tarde y, a veces, en un supermercado cualquiera, hay pequeños actos de valentía que pasan completamente desapercibidos.

lunes, 20 de junio de 2016

Faragullas

Mi dueña me leyó un cuento hace tiempo, cuando vivíamos en Madrid. En él dos niños salían con su padre al bosque en jornadas sucesivas, dejando tras de sí un sendero marcado inicialmente con piedrecitas y después con migas de pan. La primera vez lograron regresar a casa sin problemas, pero en la segunda ocasión los pájaros se comieron las migas y los dos hermanos se perdieron irremisiblemente en la espesura.
Nosotras también nos vamos a internar en un sitio verde y lleno de árboles. Pese a que a priori esta perspectiva no debería disgustarme (y no lo hace), soy consciente de que mi dueña no es tan buena rastreadora como yo. Cada vez que nos vamos nunca sé si lo que arroja tras sus pasos son piedras o migas.
Si son piedras, entonces no hay de qué preocuparse y esta entrada por sí misma no tiene razón de ser. Si son migas, en cambio, temo que la lluvia incesante de nuestro nuevo destino las disuelva y, de ese modo, confunda nuestro camino. Por esto, porque no me fío de mi humana para ser capaz de volver sola, es por lo que os pido vuestra colaboración:
Enviadnos migas de celulosa plagadas de garabatos, rígidas y satinadas, o dentro de sobres de colores (sabéis de su debilidad por el azul). Enviadnos migas que hagan vibrar un móvil y dibujen sonrisas. Migas que suenen a vuestro último descubrimiento musical, que nos enseñen nuevos pasos de baile y que comenten el episodio semanal de una serie que seguimos a la vez aunque estemos a más de mil kilómetros de distancia. Enviadnos migas con sabor a casa y a otras estaciones, migas que nos cuenten qué ha cambiado y qué no, en dónde beberemos nuestro próximo chai juntos, quiénes sois ahora que no podemos presenciar vuestra evolución diaria. Enviadnos migas con nimiedades, con tonterías, con detalles insignificantes y cotidianos que os parezcan irrelevantes pero que nos sirvan para transportarnos allá donde estéis. Porque cuando estemos lejos y solas necesitaremos saber que todavía no nos habéis olvidado, que todavía no nos hemos borrado por completo de vuestro presente, que aún importamos. Enviadnos migas que nos recuerden que todavía tenemos un hueco porque, para querer encontrar el camino de vuelta, lo primordial es tener un destino al que regresar.
Lo mismo funciona a la inversa. No hay que olvidar que cada dirección tiene dos sentidos. Enviad migas, por favor, que yo corresponderé con bellotas, castañas y palabras, y mi dueña, conociéndola, con retahílas de sinsentidos, onomatopeyas y tulipanes de papel. Me comprometo a morderla en las orejas cuando parezca no escucharos y a guiar sus dedos con mis garras si tarda en responderos, pero no dudéis de su memoria ni siquiera en los silencios. Enviadle migas dentro de seis meses, de un año, o de cinco, porque ella seguirá preguntándose qué tal estáis. Ambas somos endiabladamente tercas sumando y rematadamente malas restando. De este modo tal vez dentro de seis meses, de un año, de cinco, os narraremos otro cuento en el que una viajera y una ardilla lograron volver a su hogar siguiendo las ráfagas luminosas de los faros que encendieron aquellos que nunca permitieron que se marchasen del todo.

Próximas entregas del otro lado del Canal de la Mancha.

[Por cierto, también aceptamos migas sin franqueo y con entrega en mano].


jueves, 16 de junio de 2016

Vertixe (II)

[Disclaimer: esta entrada estaba pensada para ser publicada a continuación de Vertixe, pero los recientes acontecimientos han provocado que quede cronológicamente desubicada].

Suena el teléfono y se te pasa la parada del bus.
Cuelgas y tu vida ha vuelto a ponerse patas arriba.

Las emociones se suceden y se superponen mientras tu mente se inunda de cientos de pensamientos simultáneos. Dentro de ti hay pánico, hay frustración, hay tristeza, hay expectación y en algún rincón, todavía pequeño, hay alegría. Ha sido tal la sobreexposición a sentimientos contradictorios de los últimos tiempos que aún no has recuperado la capacidad de experimentar una única cosa.
¿Pánico? ¿Por qué? Porque te vas, y esta vez te vas de verdad. Te vas ya, inminentemente, casi sin margen para respirar hondo antes de la zambullida. Vuelves a dejarlo todo, un todo que está en el lugar y con la gente adecuada pero que desgraciadamente no da de comer. Vuelves a empezar de cero. Y no es que temas no saber hacerlo porque estás cansada de reiniciarte en latitudes diversas: lo que temes es lo definitivo que parece. Te aterra el desarraigo de saberte extranjera en donde vives y foránea donde naciste.
Sin embargo, ¿no buscabas eso? ¿Permanencia? ¿Estabilidad? Sí. Llevas tanto tiempo siendo ave migratoria que tienes curiosidad por saber qué se siente cambiando de especie. La frustración procede, entonces, de la incapacidad para conciliar sueños. Por qué no aquí. Por qué no yo. Por qué debo tirar la toalla en este maldito país si siempre he intentado ser la mejor versión de mí misma para poder aportar mi granito de arena.   
Pero peor que admitir la derrota es asumir las ramificaciones de la deserción. Hay demasiadas cosas que ni caben en maletas ni se pueden meter en cajas: hogueras que no saltarás y fuegos artificiales que estallarán sin ti, ciudades que no son plegables, personas que seguirán adelante cuando ya no estés y a las que no podrás cuidar del mismo modo, o que desaparecerán -literal y figuradamente- sin que puedas hacer nada por evitarlo salvo llorar de impotencia del otro lado de la línea.
¿Línea? ¿Qué línea? Todavía no te has ido. Esa línea a través de la que recibir noticias distantes, por ahora, no existe. Aún no sabes cómo será vivir en tu nueva ciudad, ni qué tal te encontrarás en tu nuevo empleo. No conoces bien a tus compañeros de oficina, ni has visto las caras de los que serán tus futuros amigos -porque los habrá, no lo dudes. Todavía no has encontrado un hogar por el que aprender a moverte con soltura en la oscuridad. Admite que te pica el gusanillo de descubrir si serás capaz de volver a pedalear por la izquierda sin que te atropellen.
Ahí, al fondo, al lado de tu potencial bici de segunda mano, está esa sensación remolona que se resiste a aflorar, ahogada por el peso de todo lo demás: la alegría. Lo has logrado. Por fin un trabajo de verdad, por fin vas a poder ser lo que querías ser. Y te das cuenta de que si te cuesta tanto sentirte contenta es porque todavía no te lo acabas de creer. Con todo lo que ha ocurrido últimamente, quién podría culparte de temer gafarlo. Durante una temporada es probable que sigas acogiendo las buenas noticias con cierto recelo, no vaya a ser que el universo decida equilibrar la balanza arrebatándote a alguien más.
Por fortuna para ambas, mudanza tras mudanza hay algo que has aprendido a no sacar de tus alforjas porque, si lo hicieras, sencillamente serías incapaz de marcharte. No hay viaje ni aventura que den comienzo sin ella, por muchas contradicciones que quepan en tu metro sesenta y cuatro. Sospecho que cualquier emigrante te dirá que las tuyas ni siquiera son mínimamente originales.
¿Sabes lo que es?
Te daré una pista: dicen que es del mismo color que la tierra a la que vas. Del mismo color que aquella que dejas a tu espalda.  

Saca tus propias conclusiones.   

domingo, 5 de junio de 2016

Sit tibi terra levis

Hay palabras por escribir. Palabras que no quieren salir, que se enquistan en las garras y se adhieren a la caja torácica para ponerle la zancadilla a los latidos del corazón. Palabras que resecan los ojos, crispan las manos y endurecen el perfil de una mandíbula. Palabras inconexas, etéreas, sin destinatario:

La han llevado a críticos. Familiares de XXX, acudan para informar. Está sola del otro lado de la puerta. No he podido despedirme. ¿Qué fue lo último que le dije?
Irreversible. Hemos hecho todo lo posible. Hay que ir haciéndose a la idea. Id a descansar un poco. Nosotros hacemos el primer turno.
¿Alguna novedad? Dicen que ha abierto los ojos, ¿es verdad?
Estamos en la primera planta. Nos oye, pero no nos entiende. Está sedada. No tiene dolor. Es cuestión de tiempo.
No me lo puedo creer, si ayer estaba bien. Sí, fue de repente.
Me voy a casa. Qué suave tienes el pelo. Por si no nos vemos antes: buenos días, buenas tardes y buenas noches.
Se acabó.
¿Está libre? Al hospital, por favor.  
¿Cuánto hace? ¿Ya vienen a llevársela? Todavía estaba caliente cuando le puse la mano en la frente.
Llevo dos noches olvidándome de cenar. Deberías comer algo. No tengo hambre.
Lo siento mucho. Os acompaño en el sentimiento. Mi más sentido pésame. Hablaba mucho con ella. Era muy mayor. Es lo que toca. De esto nadie escapa. Vivió una buena vida. Al menos no sufrió. Tuvo una buena muerte.
Gracias por venir. Cuánto tiempo, siento que sea en estas circunstancias. Cómo habéis crecido, estáis desconocidos. Muchas gracias. Qué bonitas flores.
No voy a llorar. Hay demasiada gente a la que consolar a mi alrededor, tengo que aguantar. Soy la nieta mayor. Debo estar entera. ¿Cómo estás? ¿Cómo te encuentras? Ojalá supiera cómo aliviaros. Sólo puedo abrazaros, pero no es suficiente. Tengo miedo de que os rompáis.
Os lo agradezco sinceramente pero no vengáis, en serio. Sé que estáis conmigo en espíritu. No quiero pararme a pensar si yo también necesito consuelo. Ahora mismo soy un autómata: no siento nada.
¿Pero qué hacéis aquí? ¿No os dije que no vinierais? - ¿Desde cuándo te hacemos caso?

Desde hace unos días este blog tiene una lectora menos.
Y sí, quedan palabras por escribir, pero su volumen nos sobrepasa de tal modo que por ahora solo alcanzamos a inventariarlas y regurgitarlas, sin elaboración. Asfixia por sobreexposición vital, supongo. De todas ellas, mi dueña lleva días aferrándose tenazmente a una que no se le va de la cabeza. Cuando todas las demás hayan salido, sabe que esa permanecerá.
Ella era la única persona que la llamaba larafuzas.

Que la tierra te sea leve.