Hay seres humanos mediocres.
Mediocre, del latín mediocris,
definido por la RAE como "de calidad media" o, en su segunda
acepción, como "de poco mérito, tirando a malo". En efecto, hay
simios de calidad y mérito dudosos que, por alguna razón que me cuesta
comprender (comprender tal vez no sea aquí el término correcto, cambiémoslo a
digerir), gobiernan naciones, dictan leyes, lideran ejércitos o capitanean
empresas.
Los humanos parecen confusos cuando un congénere de estas características
consigue ostentar una posición de poder, como si no lograsen explicarse cómo
bellotas ha llegado hasta ahí. Gran misterio, en efecto. No seré yo quien
aventure engorrosas conjeturas que pudieran herir las frágiles
susceptibilidades de la especie sapiens sapiens. Será que la densidad media de
un simio mediocre hace que floten con mayor facilidad o quizás evolutivamente
estén dotados de uñas más resistentes que les permiten trepar con mayor
eficacia.
Lo peor de la mediocridad no es su existencia, sino lo contagiosa que resulta.
La mediocridad engendra mediocridad. Si se piensa bien, es un fenómeno lógico:
qué sentido tienen conceptos como la tenacidad, el esfuerzo o la superación
cuando a la derecha, entre esos árboles, hay un atajo mucho más rápido para
llegar al mismo sitio o, si cabe, incluso más lejos. Solo es necesario seguir
los protocolos precisos o tener amigos en los lugares correctos y (po)se(e)r un
buen community manager que pregone las bondades de un talento ficticio o
magnificado. Para qué preocuparse por la calidad de tu trabajo o la integridad
de tus acciones si la fidelidad a tan vetusto código de conducta solo ofrece
como magra recompensa un sentimiento consolatorio de superioridad moral (por
otro lado ampliamente contestada desde cualquier enfoque relativista que se
adopte).
El conflicto surge cuando el talento real (el absoluto e inequívoco, ese que ni
yo ni mi ama tenemos y que resulta deslumbrante cuando se tropieza contra él)
se da de bruces con la mediocridad y no dispone de herramientas para sustraerse
a su influjo. La mediocridad alumbra individuos temerosos de las consecuencias
de despuntar, de distinguirse de sus semejantes, de ser diferentes y, por ende,
parias, porque, por muy en alza que esté el individualismo, los simios siguen
siendo criaturas gregarias que necesitan pertenecer a algo, llámesele sociedad,
cultura, país, familia o equipo de fútbol. Si la aceptación ajena fuese
realmente irrelevante nadie se preocuparía de sus me gusta de Facebook, sus
retuits o sus seguidores de Instagram (efectivamente, soy una ardilla con
presencia en redes sociales). Yo misma no echaría un ojo a las estadísticas de
visitas de este blog si no tuviera un punto narcisista enfocado hacia la
reacción del vecino de la pantalla de enfrente. La mediocridad se regodea en la
homogeneidad porque es mucho más sencillo camuflarse cuando todos se parecen.
Por extensión, la mediocridad universal garantiza que nadie puede sentirse
amenazado por un súbito arrebato de talento del vecino de al lado.
La mediocridad genera individuos desencantados, derrotados de antemano ante la
certeza de que plantar batalla es inútil porque no pueden desbancar al sistema,
derrocar al gobierno o zafarse de los mandatos de un superior. La perseverancia
en darse de cabezazos contra muros es directamente proporcional al idealismo o
a la tozudez de cada quien. La mejor arma contra la insurgencia es la
desmotivación. La mediocridad amamanta minisimios que crecerán ciegamente
convencidos de que esta es buena y deseable porque la discordancia puede dar
lugar a la disidencia, y la disidencia al desequilibrio. No olvidemos que el
desequilibrio provoca incertidumbre y la incertidumbre da miedo. Aún más,
llegarán a la edad adulta creyendo en la falacia suprema, el triple mortal sin
red de la neolengua que adormece conciencias persuadiéndolas de que la
mediocridad alberga un espacio, una suerte de rincón con sillón y chimenea,
donde cada uno es especial. Especial a su manera única e irrepetible, qué duda
cabe, siempre que sea dentro de una saludable isocefalia digna de un
bajorrelieve mesopotámico. Nadie hablará de Ministerio del Amor, por supuesto:
los herederos de Orwell podrían interponer un pleito por vulneración de
derechos de autor.
Desembocamos de este modo en la paradoja perfecta, la consigna sagrada: sé
mediocre, my friend, pero sé el mejor mediocre que puedas llegar a ser, y te
prometo que tendrás tu empresa, tu ejército, tu tribunal y tu silla
presidencial.